Alias 'El Panadero' señaló que varios miembros de la Fuerza Pública, DAS y Ejército en Barrancabermeja, presuntamente colaboraron con los paramilitares para realizar la masacre del 16 de mayo de 1998 en la que fueron asesinadas 32 personas.
 | La masacre fue ordenada por Camilo Morantes que luego fue asesinado por órdenes de Carlos Castaño. Foto Vanguardia Liberal.
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En la versión entregada por Mario Jaimes Peña, alias ‘Panadero’, quien coordinó la masacre del 16 de mayo de 1998 en Barrancabermeja, el ex paramilitar ratificó la vinculación en el crimen de miembros de las fuerzas militares, pero esta vez aclaró que fueron un capitán y un mayor del Ejército adscritos al Batallón Nueva Granada y además, el director del DAS de la época en el Puerto Petrolero, y un coronel y un teniente de la Policía del Magdalena Medio, los que facilitaron la incursión paramilitar.
Hace 11 años, en un recorrido por varios barrios populares del nororiente de Barrancabermeja, un grupo de cerca de 20 paramilitares comandado por ‘Panadero’, asesinó a 7 personas y se llevó en dos camionetas a 25 más que fueron asesinadas en las semanas siguientes en una zona rural cercana al corregimiento San Rafael de Lebrija, base de los paramilitares de las Ausac (ver Masacre por error).
En versiones anteriores, ‘Panadero’ afirmó que para la masacre contaban con la complicidad de la fuerza pública, y precisó que les dieron 30 minutos para entrar a la ciudad “a pescar al que reconociéramos como guerrillero” y salir a refugiarse en San Rafael de Lebrija. Sin embargo, hasta el momento solo había involucrado al cabo primero Luis Alfonso Salcedo, quien murió baleado un año después de la masacre en un atentado de la guerrilla. Salcedo fue quien el día de la masacre advirtió a los hombres de las autodefensas que “no dejaran muertos que recoger” (ver Masacre en Barranca en las Cortes constitucionales).
Lo nuevo de su versión es el señalamiento directo de cómo fue la participación del Ejército, el DAS y la Policía. ‘Panadero’ le aseguró a la fiscal de la Unidad de Justicia y Paz, que se contactó con un capitán retirado del Ejército, quien le hizo el enlace con un mayor y otro capitán del Batallón Nueva Granada, con sede en Barrancabermeja. “Con el capitán y el mayor nos reunimos varias veces en las oficinas del B2. En esas reuniones les conté los planes de hacer una ‘limpieza’ de guerrilleros en algunos barrios, para la cual necesitábamos que ellos cuadraran su gente para que ese día no hicieran retenes ni desplazamientos en el sector”
Asegura ‘Panadero’ en su versión, que el mismo intermediario, un capitán retirado del Ejército, lo contactó a él y a su gente con el entonces director del DAS de Barrancabermeja.
“Le dijimos lo mismo que a los del Ejército. La idea era que ese día la Fuerza Pública no reaccionara y nos diera el tiempo necesario para cometer la masacre. El director del DAS se comprometió con nosotros y nos dio su palabra de no reaccionar. Sin embargo nos traicionó y días después le pasó un informe al Ejército en el que denunciaba la incursión”, dijo ‘Panadero’.
Días después, a través del mismo intermediario, afirmó ‘Panadero’, el director del DAS se comprometió seriamente a darle el tiempo necesario al comando armado de paramilitares para que cometieran la masacre.
“El capitán retirado me contactó con un coronel de la Policía y un integrante de la Sijín. Ellos se comprometieron a darnos el tiempo necesario pero nos pidieron que no le dejáramos los muertos en la calle”, dijo. Sin embargo, en la huída dejaron siete muertos.
El primer militar vinculado al proceso, cuya investigación lideró la Unidad Nacional de Derechos Humanos de la Fiscalía el mismo año de la masacre (ver La investigación de la masacre), fue el cabo segundo del Ejército, Rodrigo Pérez Pérez, que pertenecía al Batallón Nueva Granada con sede en Barrancabermeja.
A Pérez se le dictó medida de aseguramiento el 12 de agosto del mismo año de la masacre, por los delitos de homicidio múltiple agravado y secuestro extorsivo, como presunto coautor de los 7 homicidios y los 25 secuestros ocurridos el 16 de mayo de 1998 en Barrancabermeja. Sin embargo, a los ocho meses recuperó la libertad provisional bajo el pago de una fianza.
Pese a los señalamientos incluidos los de ‘Panadero’ en anteriores versiones de Justicia y Paz, hasta hoy ningún miembro de la Fuerza Pública ha sido judicializado por los hechos del 16 de mayo de 1998. Con información de Vanguardia Liberal
Masacre por error
Buscando acumular poder sembrando el miedo al azar, ‘Camilo
Morantes’ ordenó el secuestro y posterior asesinato de 32 personas en
Barrancabermeja en mayo de 1998. La historia va quedando clara, a
medida que los culpables confiesan cómo fue y cómo ninguna autoridad
hizo el menor esfuerzo para salvar a las víctimas.
Por Elizabeth Reyes especial para Verdad Abierta
El ex jefe paramilitar Rodrigo Pérez Alzate, alias ‘Julián Bolívar’, dijo en junio de 2007 que la masacre de Barrancabermeja fue un error. En medio de una borrachera, alias ‘Camilo Morantes’
dio la orden de matar a 25 de los 32 barranqueños secuestrados el 16 de
mayo de 1998, a sabiendas que eran inocentes, según lo atestiguó Mario
Jaimes Peña, alias ‘Panadero’, paramilitar que había desertado de las
Farc, en versión libre en abril de 2008. Le constaba porque fue él
quién comandó esa carnicería.
En el paseo de la muerte que
hicieron los paramilitares ese día fueron asesinados los mellizos Diego
Fernando y Ana María Ochoa de 20 años, unos jóvenes que participaban en
bazar de su barrio.
Con las confesiones de ‘Bolívar’ y de
‘Panadero’, la madre de los mellizos, Luz Marina López, pudo por fin
demostrar desde que ocurrió el crimen, en mayo de 1998, que sus hijos
no eran guerrilleros. La verdad que conoció de boca del ‘Panadero’ fue
demoledora. Dijo que los jóvenes hermanos fueron los últimos que
ejecutaron tras 22 días de secuestro; que Ana María, la única mujer del
grupo, fue violada, y que las fosas donde los enterraron fueron movidas
por informantes en busca de recompensas. Se cree que un hueso que
dejaron es de uno de sus hijos pero aún no ha sido identificado. Esto
último se supo luego que Hermes Anaya Gutiérrez, alias ‘Chicalá’ o
‘Junior’, desmovilizado del Bloque Norte, recorrió en mayo de 2008 con
un fiscal de exhumaciones de Justicia y Paz una extensa zona rural de
Sabana de Torres y la parte baja de Rionegro, municipios cercanos a
Barrancabermeja, donde supuestamente están las fosas de 25
desaparecidos, de los 32 muertos.
Los otros siete fueron asesinados el mismo 16 de mayo.
‘Chicalá’,
un desmovilizado que después de la masacre reforzó la seguridad de las
Autodefensas, fue encargado por el mismo ‘Camilo Morantes’ de
asegurarse que las fosas estuvieran “bien ocultas”.
Sin
embargo, ahora, diez años después, cuando las autoridades han ido a
buscarlas encontraron que los restos de los mellizos y de otras cuatro
personas habían sido movidos de sitio.
Hasta al momento sólo
se han identificado los restos óseos de cinco de los desaparecidos,
todos menores de 30 años, que fueron entregados por la Fiscalía a sus
familiares el pasado 22 de enero, luego de 16 meses de investigación.
Ese
día, durante la misa que se celebró en la plaza principal de
Bucaramanga, encima de uno de los pequeños ataúdes sobresalía la foto
de Ricky Nelson García, cuya hija menor tiene los mismos años que su
papá duró desaparecido. Su esposa, Luz Almanza, tenía cuatro meses de
embarazo cuando los paramilitares se lo llevaron.
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| Luz Marina López es la mamá de los mellizos
de 20 años, Diego Fernando y Ana María Ochoa, la única mujer que
desapareció el 16 de mayo de 1998. Ella trabajaba y estudiaba. Dejó un
hijo de dos años. Diego Fernando también trabajaba y tenía una hija.
Foto Cortesía Vanguardia Liberal |
Cuando ocurrió la masacre, las
Autodefensas Unidas de Santander y sur de Cesar, Ausac, cuyo jefe en
Santander era alias ‘Camilo Morantes’ y en el sur de Cesar era alias ‘Juancho Prada’, veían a Barrancabermeja como un fortín de las guerrillas y por eso la señalaron como su principal objetivo militar.
Desde
1996, las Ausac comenzaron su campaña de terror en el puerto petrolero
de Barrancabermeja matando líderes sociales y pobladores que
condenaban, sin fórmula de juicio, como supuestos simpatizantes de la
guerrilla.
Los homicidios eran ejecutados por hombres al mando
de ‘Panadero’, quien había sido miliciano del frente 24 de las Farc
hasta 1993 y desde 1996 se pasó a las autodefensas. Se ganó la
confianza de ‘Camilo’ porque conocía como pocos los barrios del Puerto.
Las Ausac, creadas en 1993 por ‘Camilo,’ tenían por entonces
unos 100 hombres regados en grupos de diez por el Magdalena Medio
santandereano que asesinaban principalmente en áreas rurales, según
contó el ‘Panadero’. Tampoco tenían un campamento. No había necesidad
porque en San Rafael de Lebrija (un corregimiento a dos horas de
Barranca) vivían y actuaban a sus anchas. Incluso, dijo, a sólo diez
minutos de éste lugar funcionó una base de entrenamiento en una finca
del ganadero y diputado liberal Celestino Mojica Santos, asesinado en
Bucaramanga en 1998, cuatro meses antes de la masacre. Precisamente
allí, a una casa abandonada de esa base, fueron llevados los 25
retenidos la noche del 16 de mayo, en medio de un aguacero monumental
que no paró hasta el día siguiente.
A la vista de todos y en
pleno día, ‘Camilo’ y sus hombres, vestidos de camuflado y con fusiles,
pistolas y granadas, se reunían en el parque de San Rafael de Lebrija,
a 90 kilómetros de Barrancabermeja y a sólo tres de la Troncal del
Magdalena Medio. No había policía desde que el Eln atacó el puesto que
había en 1986. Y sólo hasta 2005, seis años después de que
desaparecieron las Ausac, no hubo presencia alguna de la fuerza
pública.
‘Camilo’ actuaba por cuenta propia y no hizo parte
del paraguas que cobijó a gran parte del paramilitarismo en Colombia
llamado Autodefensas Unidas de Colombia, Auc, creado por los hermanos
Castaño en 1997. Siguió su arremetida en forma independiente hasta
después de la masacre de 1998, cuando Carlos Castaño no lo toleró más y
ordenó al Bloque Central Bolívar asesinarlo en noviembre de 1999.
‘Panadero’
dijo que ‘Camilo’ buscaba que la masacre le diera mayor poder. “Él
sabía que se volvía más fuerte y más grande en la zona, iba a manejar
más ingreso de dinero, entre otras cosas por el robo de gasolina (a
Ecopetrol)”. Contaban con la complicidad de la fuerza pública, dice el
ex paramilitar, que les daba media hora para entrar a la ciudad “a
pescar al que reconociéramos como guerrillero” y salir a refugiarse en
San Rafael de Lebrija.
Pero ese 16 de mayo de 1998, la
incursión duró 40 minutos, diez más de lo autorizado por miembros de la
Fuerza Pública, cuyas identidades aún no han sido reveladas por los ex
paramilitares en sus confesiones. Los paramilitares salieron del Puerto
a la vista de todo el mundo después de haber masacrado a siete
personas, armados y con 25 secuestrados, en dos camionetas sin que
ninguna autoridad hiciera algo para evitarlo.
‘Panadero’ sólo ha
vinculado al cabo primero Luis Alfonso Salcedo, quien murió baleado un
año después de la masacre, en un atentado de la guerrilla. Salcedo fue
quien el día de la masacre advirtió a los hombres de las autodefensas
que “no dejaran muertos que recoger”. Sin embargo, hubo siete.
Esa
es una de las razones por las que la Comisión Interamericana de
Derechos Humanos (Cidh) admitió el 27 de octubre de 2003, una denuncia
contra el Estado colombiano presentada por el Centro por la Justicia y
el Derecho Internacional (Cejil) y la Corporación Colectivo de Abogados
José Alvear Restrepo, en la cual se alegaba que miembros de grupos
paramilitares con la aprobación y participación de agentes de la Fuerza
Pública, hicieron posible la masacre.
Hasta hoy ningún miembro de la Fuerza Pública ha sido judicializado por los hechos del 16 de mayo de 1998.
Los informantes
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| Las dos semanas siguientes a la masacre,
Barrancabermeja se paralizó con un paro cívico que buscó presionar la
entrega de los 25 secuestrados. Sólo se diluyó cuando el jefe
paramilitar ‘Camilo Morantes’ aceptó que a todos los habían masacrado.
Foto Cortesía Vanguardia Liberal | Sólo
unos días antes del 16 de mayo, ‘Camilo’ citó en San Rafael de Lebrija
a los hombres del ‘Panadero’ para ordenar la masacre. A cargo dejó al
jefe militar de las Ausac, Elías Estrada, conocido como ‘William’ o
‘Tatareto’, un alumno sobresaliente de Yair Klein.
‘Chicalá’, un
escolta que ‘William’ reclutó desde los inicios de las Ausac, explicó
que la primera reunión se hizo tres días antes en la cancha de bolo
criollo ‘El Campeón’ y que al grupo se unió Miller Bolaños, alias
‘Michael’, un desertor de las Farc que trabajaba como informante del
Batallón Nueva Granada con sede en Barrancabermeja.
El 14 de
mayo se realizó otra reunión donde ‘William’ le ordenó a ‘Chicalá’
buscar munición para pistolas 9 milímetros en una caleta entre Papayal
y La Muzanda, veredas de San Rafael de Lebrija, que luego entregaría a
Javier Cristancho, el sobrino mimado de ‘Camilo’ que todos llamaban
‘Baby’.
“La decisión se tomó de forma tan
discreta que sólo el mismo día los del grupo urbano recibimos la orden
de actuar”, dice ‘Panadero’.
‘Camilo’ tenía esa costumbre y con
sólo tres horas de anticipación, sobre las 5:00 de la tarde de ese
sábado, los 20 hombres que realizaron la matazón recibieron los fusiles
y la munición.
Pero había otro informante, alias ‘Freddy’, que
junto a ‘Michael’ fue sacado del Batallón Nueva Granada por ‘Panadero’,
para llevarlo a San Rafael de Lebrija.
Eligieron el barrio El Campín porque
‘Michael’ supuestamente sabía que los guerrilleros se reunían allí los
sábados a tomar cerveza en un billar frente a la cancha de fútbol del
sector.
Los paramilitares han dicho que le creyeron y que sólo
después se dieron cuenta de que muy pocos de los retenidos tenían
vínculos con la guerrilla.
El 16 de mayo los victimarios
entraron a Barrancabermeja en dos camionetas. Una la robaron en un
retén que improvisaron cuando salieron de San Rafael de Lebrija. La
mayoría iba con un poncho con el que ocultaban sus rostros y otros
vestidos de camuflado.
El grupo lo conformaban 14 patrulleros
urbanos y 6 hombres de la escuadra de alias ‘Danilo’, comandante de
Puerto Cayumba, una vereda de Puerto Wilches, donde también operaban
las Ausac. Su función era apoyar la seguridad de los urbanos. Al frente
iba ‘Panadero’.
En 40 minutos
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El alcalde de Barrancabermeja
de la época, Élkin David Bueno Altahona, decretó un día de duelo y tres
días de ley seca en honor a los 7 muertos que fueron sepultados en el
cementerio Jardines del Silencio, en medio de una multitudinaria
despedida. Foto Cortesía Vanguardia Liberal |
No había nada planeado. Los paramilitares sólo siguieron las
instrucciones de ‘Michael’. Primero entraron al bar La Tora, después al
barrio El Campestre y luego al billar del barrio El Campín. En su
recorrido fueron secuestrando gente que les indicaban sus informantes.
En el barrio El Campestre, los hombres del ‘Panadero’ obligaron a
subir en una de las camionetas a Libardo Londoño Avendaño, un
‘caletero’ que les entregó material explosivo. Lo mismo ocurrió en
diferentes calles, bares y billares, de donde sacaron a la fuerza a
Ricky Nelson García, Wilson Pacheco, Daniel Campos, Luis Jesús
Argüello, Diomidio Hernández, Carlos Enrique Escobar, Melquisedec
Salamanca Quintero, Carlos Alaix Prada, Neir Enrique Guzmán, Eliécer
Javier Quintero Orozco y a Germán León Quintero. Este último intentó
escapar y lo asesinaron en plena vía.
En El Campín, la
comunidad había organizado un bazar para recolectar fondos para un
grupo de danza infantil en la cancha de fútbol. Los paramilitares que
llegaron al billar que queda enfrente de la cancha a las 9:30 de la
noche se encontraron con la multitud que festejaba.
Ahí estaban
los mellizos Ochoa. Cuando estacionaron las dos camionetas frente al
billar -que estaba casi vacío-, “no íbamos a desaprovechar el bazar”,
dijo ‘Panadero’. Fue él quien tomó la decisión de obligar a un centenar
de participantes a tirarse al suelo, boca abajo, mientras los hombres
de ‘Danilo’ rodeaban la cancha.
Los paramilitares aseguran que
fueron atacados a tiros desde el lugar donde se amplificaba la música,
en uno de los extremos de la cancha, lo que desató la furia que
finalmente arrasó con las 32 personas. En su contra también estaba el
tiempo, que ya casi terminaba según lo pactado con la Fuerza Pública
para su libre movilización.
Entonces, en medio de los gritos,
‘Panadero’ atravesó corriendo la cancha, ordenó apagar la música y con
la gente boca abajo, alias ‘Michael’ empezó su infame tarea de señalar
a los presuntos guerrilleros. Las víctimas afirman que les gritaban
“guerrilleros”, “hijos de puta”, “prostitutas” y “aquí viene la
guerra”, mientras los pateaban y agarraban de los cabellos.
Fue
ahí cuando ‘Baby’, el más sanguinario de los hombres de ‘Camilo’,
degolló a la primera persona. Lo hizo porque se negó a tirarse al suelo
y luego se resistió cuando lo intentaban subir a una de las camionetas.
Su nombre era Pedro Julio Rondón Hernández y estaba de fiesta en el
bazar.
En medio del terror, un vecino llegó a la casa de Luz
Marina Ochoa a decirle que se llevaban a sus mellizos. Ella corrió
hacia la cancha porque pensó que se los había llevado el Ejército y su
hijo tenía la costumbre de dejar olvidada su billetera con los papeles
encima de la nevera. La iba a necesitar, pensó.
Cuando llegó a
la cancha y preguntó por qué Ana María iba en el grupo, le dijeron que
se la habían llevado por no dejar solo a su hermano.
Aurora
Solano, la mamá de Robert Wells Gordillo, alcanzó a llegar a 300 metros
de la camioneta en la que se llevaron a su hijo de 22 años. Se detuvo
cuando un hombre armado le apuntó y le ordenó tajante que se fuera para
su casa. “Esto ya no es ley, es otra cosa”, pensó.
Como la
señora Solano, fueron muchas las mujeres que corrieron a la estación de
Policía y al DAS pero no hubo ninguna reacción. “Fue como si me hubiera
estrellado contra una pared. En el DAS había gente bebiendo, de fiesta.
En la Policía había sólo dos agentes”, recuerda.
Y mientras el
terror se extendía por Barrancabermeja sin ninguna reacción de las
autoridades, los paramilitares en su huida llegaban a la altura de la
vereda Patio Bonito a las afueras de Barrancabermeja, donde ‘Panadero’
tomó la decisión de asesinar a cinco de los retenidos para reducir el
peso de una de las camionetas que estaba a punto de voltearse.
Mataron a los que sobresalían del tumulto, apilados como iban, unos sobre otros.
Los paramilitares salieron de Barranca por el sitio conocido como la
“Y” o “El Retén”, donde esa mañana el Ejército había situado un retén
con vehículos y unidades de infantería. Sin embargo, en la
investigación se estableció que el retén fue levantado a las 9:30 de la
noche, la misma hora en que inició la incursión paramilitar. Por no
haber evitado la masacre, el Centro por la Justicia y el Derecho
Internacional (Cejil) y la Corporación Colectivo de Abogados "José
Alvear Restrepo" señalaron como responsable al coronel del ejército
Óscar Diego Sánchez Vélez.
Una hora después, en la vía que
conduce a la vereda La Muzanda cerca de San Rafael de Lebrija,
‘Chicalá’ vio como pasó un camión cargado que conducía Octavio Camelo
González alias ‘Cuca’, encargado del cartel de la gasolina de las
Ausac, al que habían trasbordado a los 25 secuestrados.
Las
dos camionetas llegaron hasta donde las esperaba el camión y luego los
hombres abandonaron la camioneta robada. El recorrido terminó a la 1 de
la madrugada del 17 de mayo cuando ‘William’, el jefe militar, recibió
a los secuestrados.
El camión no entró a San Rafael de Lebrija
sino que continuó vía a Papayal, otra vereda a sólo 15 minutos del
corregimiento, donde retendrían a todos los secuestrados por cuatro
días. A esa hora, mientras Barrancabermeja se preguntaba por la suerte
de los desaparecidos, ‘Baby’ y ‘Panadero’ llegaron a dormir. No muy
lejos, alias ‘William’ empezaba con su parte en esta masacre.
Muerte lenta
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| Mario Jaimes Peña, alias ‘Panadero’ está
actualmente recluido en la cárcel de Palogordo, en Girón Santander.
Tiene 42 años y nació en Barrancabermeja. Desertó de las Farc y luego
ingresó a las Autodefensas. | ‘Camilo
Morantes’ llegó a San Rafael de Lebrija seis días después de la
incursión paramilitar. La orden era mantener vivos a los secuestrados
hasta que él decidiera su suerte.
Llegó a emborracharse como si
se tratara de una celebración, Barrancabermeja, desesperada, realizaba
un paro cívico para presionar la entrega de los secuestrados.
El 17 de mayo, al otro día de la
incursión, ‘Chicalá’ se enteró que ‘William’ y un grupo de
contraguerrilla comandado por alias Ronald, recibieron el camión en la
vieja base de entrenamiento de las Ausac, al borde de la ciénaga Pato,
a solo diez minutos de San Rafael, en el noroccidente de Santander.
Los
paramilitares esperaban que la Fuerza Pública se presentara en la zona
pero nada sucedió. Por eso, sin prisa, ‘William’ reunió a ‘Panadero’ y
a algunos de sus hombres en el parque de San Rafael para que lo
acompañaran a la casa donde permanecían todos los secuestrados. En los
interrogatorios, la mayoría se resistía a aceptar alguna relación con
la guerrilla.
Los paramilitares se desgastaron montando un anillo de seguridad a un kilómetro de la casa abandonada. Pero nadie apareció.
Según
‘Panadero’, ‘Michael’ tuvo que señalar a las personas que había montado
en las camionetas y las razones para hacerlo. “Sí, las careó y llegamos
a la conclusión que a quienes montó ‘Freddy’, el otro informante, eran
inocentes. Por el error ‘William’ ordenó asesinarlo”, recuerda
'Panadero'.
Lo que sucedió allí lo supo ‘Chicalá’ a los tres
días de la incursión por boca de alias ‘William’, quien le contó que de
los 25 retenidos, 5 o 6 confesaron que eran guerrilleros.
Por
radio también se enteró que los cuidaban 15 hombres comandados por
‘Ronald’ y ‘Jorge’ y que los mantuvieron juntos durante los primeros 4
días. Al quinto, separaron a un grupo de 11 que repartieron en tres
escuadras ubicadas cerca de la vereda Mata de Plátano de Sabana de
Torres. Estas personas, aun sin identificar, fueron las primeras que
masacraron por orden de ‘William’.
“A esos 11 los movieron más
adelante de la carretera central y los llevaron al fondo de dos fincas.
‘William’ mismo los repartió, iban amarrados en el platón de su
camioneta. Los sacó y les dio la vuelta por la vereda San Luis de
Magará para evitar pasar por San Rafael (más poblado) y por esa vía
llegó a Mata de Plátano, a 40 minutos de San Rafael. Esa misma noche
los mataron”, contó 'Chicala'.
Al sexto día, cuando finalmente
apareció ‘Camilo Morantes’, ‘Panadero’ informó que en el grupo de los
secuestrados había gente inocente. Fue en ese momento, borracho y sin
inmutarse, que el máximo jefe de las Ausac dio la orden de matarlos a
todos. Sólo argumentó que si los dejaban vivos “el día de mañana iban a
‘sapear’”.
Nadie le refutó a pesar de su estado. Ni siquiera
‘William’, su hombre de confianza. Todos sabían que de negarse, él
mismo mataría a sus propios hombres. En los días siguientes fueron
sacando, por grupos, a los 14 restantes. Tanto ‘Panadero’ como
‘Chicalá’ afirman que los últimos masacrados fueron los mellizos, a los
22 o 23 días.
Ellos fueron los únicos que permanecieron todo
el tiempo en la vieja base de las autodefensas y antes de matarlos, los
arrastraron cerca de un kilómetro para ejecutarlos en la cima de una
montaña.
Durante su agonía, Ana María Ochoa fue violada por
uno de sus carceleros, apodado ‘Pantera’, que meses después fue juzgado
y luego ejecutado por el mismo ‘Chicalá’.
A otro grupo de cuatro
secuestrados lo ejecutaron en el caño Bejuco, muy cerca de la vereda
San Luis de Magará y a dos personas más al lado de una pequeña muralla
de contención que se encuentra a una margen del río Lebrija, en los
límites entre Rionegro y Sabana de Torres.
El 27 de mayo de
1998, Carlos Castaño le hizo saber a la Defensoría del Pueblo que los
hechos ocurridos en Barrancabermeja fueron obra de las “Autodefensas
que operan en Santander” y que ‘Camilo Morantes’ tenía en su poder a
los secuestrados. Incluso pidió al gobierno nacional que brindara al
accionar de las Ausac un tratamiento político similar al que se le daba
a los grupos guerrilleros.
Y aunque al día siguiente, ‘Camilo’
negó enfáticamente cualquier participación en la masacre, desmintiendo
al máximo jefe de las Auc, la esperanza se apoderó de los barranqueños
que continuaron exigiendo su liberación en un paro que se prolongó por
dos semanas: “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos! ¡Vivos se los
llevaron, vivos los queremos!”.
‘Panadero’ afirma que mientras
esto ocurría, Castaño le ordenó a ‘Camilo’ atribuirse los hechos y
afirmar que los desaparecidos habían sido incinerados para quitarse la
presión de los medios de comunicación. Así lo hizo veinte días después
de perpetrar una de las más masacres más masivas y crueles que han
ocurrido en el país.
Con la misma frialdad que lo caracterizaba
y sin inmutarse, Camilo fue capaz de contestarle a las madres y esposas
de los desaparecidos con una escueta frase: “los matamos”.
No dio ninguna pista sobre dónde los
enterraron. Sus hombres también se quedaron callados durante una
década, aunque la mayoría, fueron asesinados por el Bloque Central
Bolívar, entre ellos ‘William’ y ‘Baby’
'Chicalá’ desmintió las
versiones que aseguran que a los desaparecidos los tiraron a los
caimanes. En la última versión que rindió en Bucaramanga en noviembre
de 2008, aseguró que todos fueron asesinados y enterrados. Contó que
‘Camilo’ si tenía un caimán que mantenía en una finca muy cerca de San
Rafael de Lebrija, pero que su tamaño no superaba un metro.
“Nunca
vi que le echaran cadáveres, ni personas vivas. Él tenía la costumbre
de decir, cuando uno la embarraba, “lo voy a echar a los caimanes” y
las víctimas piensan que eso es verdad”.
‘Chicalá’ ha
suministrado información a la Fiscalía de la ubicación de las fosas en
las que aún permanecen 14 de los desaparecidos. Sin embargo, ningún
desmovilizado o paramilitar que participó en la masacre ha dado
información sobre las otras seis personas que también fueron
secuestradas y asesinadas sin que se conozca donde se encuentran sus
restos.
Hoy, Luz Marina, la mamá de los mellizos Ochoa, se
enfrenta a un nuevo dolor. Según ‘Chicalá’ las fosas de sus hijos y
cuatro personas fueron movidas por un desmovilizado y dos paramilitares
que participaron en la masacre y se encuentran libres.
Estos
hombres, que el postulado identifica con los alias de ‘Honorio’, ‘Chino
Niño’ y ‘Alicate’, ofrecieron al DAS mostrarle dónde estaban las fosas
a cambio de una recompensa, pero con la puesta en marcha de la Ley de
Justicia y Paz frustró su plan. Fueron ellos mismos quienes cavaron las
fosas y refundieron los restos.
Ahora Luz Marina espera que el
único hueso que dejaron allí tirado los caza-recompensas sea el de uno
de los hijos. Todos los que perdieron a sus hijos y parientes en esos
días esperan que paramilitares y sus cómplices en la fuerza pública
enfrenten la justicia.
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