Tarso, Antioquia: ejemplo de cómo apostarle a la reconciliación

A finales de la década de los noventa, un par de desmovilizados de la Corriente de Renovación Socialista (CRS) lideraron un proceso de participación ciudadana que terminó convertido en un hito departamental. Su proceso puede servir de modelo de cómo lograr la reconciliación en tiempos de postconflicto.

El municipio de Tarso está enclavado en las montañas del Suroeste antioqueño, región productora de café.

Desde la finca de Gabriel Jaime Gómez se puede apreciar toda la majestuosidad del llamado Suroeste antioqueño: una región dominada por imponentes montañas de las cordillera occidental que, al ingresar al departamento, son atravesadas por las caudalosas aguas del río Cauca formando así fértiles valles de climas templados.

150 años atrás, estas agrestes montañas fueron domadas a punta de hacha y machete por cientos de campesinos que se asentaron en ellas con la ilusión de tener tierras propias. Así fue como nacieron pueblos como Tarso, una pequeña localidad de poco más de siete mil habitantes que aún conserva ese aire típico de la colonización antioqueña.

Fue precisamente en Tarso donde se asentó la familia de Gabriel Jaime, hace tantos años que ya él ni recuerda. Aunque él nació en Medellín en medio de todas las comodidades citadinas, pudo más su amor por la tierra y hace 30 años decidió radicarse en este pueblo para dedicarse a la actividad económica de la región: el café. No tardó mucho tiempo para que su nombre fuera uno de los más respetados del municipio y su finca, bautizada como La Linda, una de las más admiradas.

Su prestigio como próspero empresario cafetero también lo convirtió en blanco de los grupos armados. “Estuve secuestrado como cuatro meses. Eso fue en el año 1991”, recuerda. La responsabilidad del plagio se la atribuyó una columna del Eln que para esa época se movía entre el Suroeste y el departamento del Chocó. Tras pagarles una gruesa suma de dinero a los subversivos, recuperó su libertad.

Pese a su traumática experiencia, nunca pensó abandonar la región. Quizás fue ese apego al pueblo el que lo llevó, varios años después, a trabajar “hombro por hombro” con un numeroso grupo de habitantes de Tarso empeñados en salvar al municipio de la quiebra financiera y la crisis social en que se encontraba sumido por cuenta de las malas prácticas políticas. Quién lo convenció de participar en este proceso, que terminó dándole la vuelta al mundo, fue el mismo que años atrás se lo llevó secuestrado al monte.

De la lucha armada a la movilización social
¿Qué cómo fue mi secuestro? Pregúntele a Alirio que fue él quien me llevó”, responde Gabriel Jaime en el tono jocoso propio de las anécdotas. Y es así como quiere recordar ese episodio de su vida. Y prefiere referirse a su carcelero, Alirio Arroyave, como el hombre que le dio vida a un movimiento de participación ciudadana sin precedentes en Antioquia que se conoció como Asamblea Municipal Constituyente de Tarso y que logró sacar al municipio del atolladero en que se encontraba.

Este tipo de asambleas centraban sus acciones en la deliberación pública de aquellos temas de interés púbico en el que todos los ciudadanos ofrecían soluciones a los problemas del municipio, en este escenario se hacían aportes a los destinos del presupuesto local de manera democrática y participativa.

William Zapata, sobrino y fiel escudero de Alirio, lo define como un hombre que desde muy joven soñó con una sociedad más equitativa, más justa, más democrática, aspiraciones que también él comparte. Claro que en su caso particular, podría decirse que es algo que lleva en la venas. Su abuelo y su padre participaron activamente, cada uno en su momento, en las movilizaciones que dieron origen a las organizaciones campesinas regionales que luego se aglutinaron en la conocida Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (Anuc).

“Yo soy hijo de todos esos procesos de movilización que viví en el Suroeste, que fueron muy fuertes además”, relata William. Al igual que sus predecesores, padeció la represión militar y la estigmatización social con la que el Estado combatió las luchas campesinas de finales de los años 70. Llegó un momento en que él y Alirio creyeron que la única forma de cambiar el orden de cosas en Colombia era por la vía de las armas. “Terminamos haciendo parte del Movimiento de Integración Revolucionario –MIR- y después terminamos como una unidad del Eln. Eso fue por allá en la década de los ochenta y parte de los años 90”, agrega.

Su experiencia en la guerrilla no fue la mejor. Para lograr “que las clases populares se tomaran el poder y así, iniciar una revolución agraria y social en el país”, los “elenos” iniciaron una serie de atentados contra la infraestructura minero-energética del país. La guerra se hace con plata y para obtenerla, este grupo recurrió a la extorsión y al secuestro de comerciantes y finqueros.

“Pero con estas acciones –añade- comenzamos a ver que el que ‘chupaba’ era el de ‘abajo’. Con la quema de un bus, con la tumbada de una torre, el pueblo es que el realmente se afecta. Empezamos a ver que por ahí no era el camino”. La caída del muro de Berlín, el fracaso del modelo socialista, el derrumbe de la Unión Soviética y otros cambios geopolíticos precipitaron una división del Eln, dando origen a la denominada Corriente de Renovación Socialista (CRS). El 9 de abril de 1994, 650 guerrilleros de esa disidencia, entre ellos William y Alirio, se presentaron en la vereda Flor del Monte, municipio de Ovejas, Sucre, para hacer dejación de sus armas ante el Estado colombiano.

Muchos de los antiguos combatientes regresaron a sus lugares de origen a reanudar sus vidas. Para algunos, como William y Alirio, silenciar los fusiles no significó renunciar a sus sueños de justicia social. Fue así como en 1999, al ver cómo Tarso se hundía en una crisis fiscal que amenazaba con reducirlo a corregimiento del municipio vecino de Jericó y ante un fundado temor de la llegada de los paramilitares, Alirio decidió ejercer el principio consagrado en la recién aprobada Constitución del 91: la soberanía reside en el pueblo y de este emana su poder.

Su idea era que el pueblo se organizara, conociera sus derechos como comunidad, participara en la toma de las decisiones públicas y le reclamara a sus gobernantes, algo nunca antes visto en un pueblo donde “política” era sinónimo de prácticas clientelistas y corruptas. “Lo único que hicimos fue poner en práctica la Constitución. Nosotros no inventamos nada”, señala Alirio al recordar esas primeros momentos de convocatoria popular.

Para el campesino del común, todo parecería una estrategia más para conseguir votos. Los políticos tradicionales presentían el surgimiento de un extraño competidor. Para finqueros como Gabriel Jaime, que conocían su pasado guerrillero, no dejaba de despertar sospechas ese discurso. Pero Alirio, con su tono pausado, su claridad mental y su convicción inquebrantable terminó convenciéndolos a todos.

“La cosa era muy sencilla: aquí había mucho finquero que no venía a las fincas por miedo a que lo secuestraran, que le pasara algo. Pero terminamos convencidos de que si el pueblo está bien, si la gente está bien, si todos nos cuidamos, pues a nosotros también nos iría bien y decidimos apoyar la iniciativa de Alirio”, rememora Gabriel Jaime.

Quien también terminó convencida fue Oralia Botero, quien no duda en afirmar que luego de escucharlo, su vida no volvió a ser la misma: “yo pensaba en terminar de estudiar e irme del pueblo. Pero un día, cuando Alirio nos dijo que podíamos formar una Asamblea Constituyente, que podíamos salvar el municipio por la vía de la participación, entonces dije: ‘me tengo que quedar’”.

El proceso que salvó a Tarso

La Asamblea Municipal Constituyente de Tarzo dejó una herencia de participación ciudadana a las nuevas generaciones.

No son pocos los tarceños que aseguran que fue la Asamblea Constituyente la que sacó al municipio de una grave crisis fiscal y política. “Era una propuesta nueva: gobernar entre todos. Si nos equivocamos, nos equivocamos todos”, agrega William.

Gracias a la masiva participación de todos los sectores de la comunidad en la toma de decisiones públicas, se logró reducir el déficit fiscal y se impulsaron importantes obras de desarrollo comunitario. Los alcaldes electos para los periodos 2001-2003 y 2003-2007 planearon, ejecutaron y decidieron el futuro de Tarso junto a los ciudadanos. “El pueblo había tomado las riendas de su destino”, afirma Oralia al recordar esos años de auge de la Asamblea.

Así, las ideas que Alirio le transmitió a su pueblo en 1999, para el primer lustro de la década de 2000 ya se habían convertido en un movimiento sin precedentes en Antioquia gracias a su capacidad de convocatoria y el haber unido las mentes y los corazones de los tarceños en un torno a un objetivo común. Claro que ello tuvo su costo. Promediando el año 2000, hombres motorizados abordaron a William y Alirio en momentos en que caminaban por las calles de Tarso. Les dieron un plazo perentorio para abandonar el pueblo, de lo contrario, padecerían las consecuencias. La conmoción fue total.

“Lo que se dijo fue que los ‘paracos’ que se movían en el pueblo los amenazaron disque por ser guerrilleros. Hasta ese momento pocos sabíamos del pasado de ellos. Y no faltó quien dijera que no volvía a participar que porque eso era de ‘guerrilleros’”, recuerda Oralia, quien quedó con la responsabilidad de no dejar morir el naciente movimiento.

Para esos años, los paramilitares, bajo el mando de Aldides de Jesús Durango, alias ‘René’, tenían fuerte presencia en municipios del Suroeste como Venecia, Fredonia y Andes. Buscando extender sus dominios, los ‘paras’ instalaron un retén en la vía que comunica a las localidades de Pueblo Rico y Tarso, y mensualmente convocaban a reuniones de las veredas de estos dos pueblos pidiendo “aportes económicos” a la causa contrainsurgente.

“Pero los ‘paras’ nunca lograron meterse a Tarso. Por eso es las amenazas de Alirio siempre nos parecieron muy sospechosas”, añade la mujer. La explicación de ello es bastante singular. Tras las amenazas, Alirio y William se radicaron en Medellín y desde la capital antioqueña comenzaron a buscar el apoyo de la comunidad internacional, que vio con muy buenos ojos la iniciativa. Pronto el municipio se llenó de decenas de representantes de toda clase de organismos internacionales, que fungieron como garantes y protectores.

Con semejante respaldo, el pueblo tuvo la valentía de truncar los planes de alias ‘René’ de echar raíces en esta localidad. “Cuando empezaron a hacer reuniones en las veredas cada mes para cobrar una vacuna nos llenamos de valor y nos fuimos varios personas a hablar con ellos y les dijimos que no íbamos a pagar vacuna y que no queríamos tener grupos armados aquí en Tarso. Lo extraño es que ellos dijeron que no tenían nada que ver con lo de Alirio”.

Fueron varios años de efervescencia que motivaron otras iniciativas como la Asamblea Provincial del Oriente antioqueño, bajo la cual los alcaldes buscaban hacerle frente a la crisis humanitaria que generaba el conflicto armado, y a la Asamblea Constituyente de Antioquia, que pretendía crean un gran escenario de participación ciudadana.

No obstante, esas iniciativas fueron apagándose paulatinamente hasta llegar al punto muerto en que hoy está la Asamblea de Tarso. De acuerdo con Oralia, hace más de seis años que no se convoca a la Asamblea. Sus explicaciones apuntan a divisiones surgidas en la Asamblea cuando comenzaron a llegar recursos económicos provenientes de la cooperación internacional. Para William, la falta de apoyo de los dos últimos gobernadores regionales y de los últimos alcaldes, reacios a la participación ciudadana, podrían explicar la situación actual de esta iniciativa.

Para Alirio, su mentor, “el proceso avanzó mientras tuvo el apoyo de los gobiernos departamental de los Gaviria (Guillermo y Aníbal). Pero los dos últimos gobernadores no le han apostado al tema de la participación. Eso fue lo que pasó”.

Con todo y ello, personas como Oralia afirman, con total convicción, que la Asamblea transformó la mentalidad de los tarceños. Ella, por ejemplo, sueña con ver a su municipio mucho mejor y trabaja para ello. Gabriel Jaime Gómez, el cafetero, busca incursionar en el turismo de naturaleza, aprovechando la riqueza de los paisajes de la región y la paz que se respira desde hace tiempo.

William y Alirio siguen creyendo que para lograr un país mejor, es necesario practicar la inclusión y la participación de los ciudadanos. Y desde diferentes espacios, trabajan en ello. “Es la única forma de conseguir paz en este país. No veo otra forma”, dice Alirio, una persona con toda la autoridad moral en la materia.