De las montañas de Chile saldrá monumento a víctimas

En Antioquia se espera que la obra esté lista para finales del 2011 y será instalada en Medellín. El proyecto fue concebido por el Programa de Víctimas de la Alcaldía de Medellín, la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación y la Universidad de Antioquia.
Por Juan Diego Restrepo E.

Fernando Gazitúa, escultor chileno. Foto Juan Diego Restrepo. 
Desde hace varias semanas el escultor chileno Francisco Gazitúa está definiendo qué tipo de obra construirá en Medellín como homenaje a las víctimas de la violencia paramilitar del país. Tiene certeza, eso sí, que brotará de las 60 toneladas de acero surgidas de la fundición de 18.051 armas de fuego, de corto y largo alcance, que entregaron de manera voluntaria 31.671 paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) entre noviembre de 2003 y agosto de 2006.

En su taller en San Juan de Pirque, zona montañosa ubicada en las estribaciones de los Andes chilenos, el maestro Gazitúa se enfrenta a su mayor reto artístico desde que construyó en 1991 el Memorial del Cementerio General de Santiago de Chile en homenaje a las víctimas de desaparición forzada: hacer confluir en una obra monumental en acero todo el dolor de las víctimas del paramilitarismo colombiano y, a su vez, darle forma a una idea que exprese reconciliación.

Este proyecto se gestó hace varios años y será posible gracias a la articulación de esfuerzos del Programa de Víctimas de la Alcaldía de Medellín, la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación y la Universidad de Antioquia. Entre las tres instituciones hay consenso sobre la perspectiva de la obra: lograr que sea a su vez una reparación simbólica y un incentivo para el encuentro de víctimas y victimarios, en un espacio de reconciliación.

Por el volumen de material que deberá usar, la obra será construida en Medellín y se instalará en el futuro Parque Bicentenario, que construye la Alcaldía de Medellín en la zona centroccidental de la ciudad en un área de 23 mil metros cuadrados. Allí se articulará al Museo de la Memoria, un proyecto de reconstrucción de la memoria sobre la ciudad que hace parte del proyecto urbano. Se espera que todo ello quede listo para noviembre de 2011.

Verdadabierta.com conversó con el maestro Gazitúa sobre el encargo que ha aceptado y, más allá de eso, sobre su visita a Medellín en días pasados para conocer la ciudad, lo que sintió al escuchar a las víctimas y sus reacciones al entrar en contacto con el acero que modeará en los próximos meses para darle forma a su proyecto artístico.

VerdadAbierta.com : Un escultor trabaja con diversos materiales y establece una relación muy fuerte con ellos, pero usted va a construir un monumento con un metal que no es cualquier metal, proviene de armas fundidas. En ese sentido, ¿qué reflexión le provoca ese acero al entrar en contacto con él?

Francisco Gazitúa : Yo vivo con los materiales. Me levanto a las 8 de la mañana y todo el día vivo con las piedras, con los hierros, y uno los hace hablar después de mucho trabajo. Pero cuando toqué ese material en Medellín, sentí al diablo, es un material maldito. Ese acero es bravo. Imagínate lo que hay ahí: una cantidad de muertes, de descuartizamientos. Si tú piensas en cámara lenta qué es matar a alguien, es meterle un pedazo de fierro en su cuerpo, lleno de órganos, de células. Es una brutalidad. Pero ese material también refleja un cansancio de la guerra, una reconciliación posible.

VA: ¿Si bien es muy pronto para hablar de cómo sería la obra, una vez que ha pasado por Medellín y escuchado a tanta gente, cómo empieza a configurar mentalmente el monumento?
FG:
La sensación mía para proyectar este monumento es que estamos rodeados, hay una guerra, y el enemigo en la guerra no es el enemigo nominal, aquí el enemigo de los violentos, de los guerreros, es la gente como nosotros, que trabajamos por la paz. Por ello el monumento tiene que ser en un lugar donde la mayoría silenciosa, maravillosamente amable, diga no a la guerra, y que a su vez refleje la renuncia voluntaria de los guerreros. La idea es que la gente pueda ir allí a poner flores, darle vida al sitio y transformarlo. El material es solemne y no creo que dé para una obra demasiado modelada, podría ser algo muy simple, pero muy fuerte. Aunque aún no tengo ni idea de cómo sería.

En su visita a Medellín, tuvo la oportunidad de escuchar a varias víctimas de la violencia, ¿con qué sensación quedó una vez oyó esos dolorosos relatos de guerra?
Me dejaron perplejo y me mete en el misterio de lo que somos los seres humanos. El mal dejó de ser un problema de intelectuales, y salió a la calle. Todas esas mujeres que escuché son de una sensibilidad admirable y concluí que el mal dejó de ser un problema de los libros de metafísica, de ética, y salió a la calle, como esos gigantes de Goya que van matando gente.

VA: ¿Se imaginaba la dimensión de los efectos de la guerra en Colombia?
FG: No, no me la imaginaba. Sabía de la violencia en Colombia y de su impacto en América Latina, pero no tenía clara ni la dimensión ni la complejidad. ¿Cómo les puede pasar esto? Es una guerra inútil.

VA: ¿Después del memorial en homenaje a los desaparecidos que dejó la dictadura militar chilena en la década de los setenta, lo propuesto en Colombia es ahora su mayor reto artístico?
FG:
Estoy haciendo un puente escultura en Toronto, Canadá, de cien metros de largo por siete de ancho. Pero en Medellín estamos hablando de otro tipo de obra, donde que espero que mi interlocutor sean los pobres, es decir, todas esas señoras víctimas con las que hablé: con la que tenía que caminar para irse al trabajo, la que perdió todo en la guerra, la que abandonó el campo y tuvo que adaptarse a la ciudad… A esa gente quiero hablarle. Busco salir del mundo del arte, que en ocasiones solo trabaja para triunfar en New York, y hablarle a esta gente pobre para decirles que son dignas, que tienen nombre.

VA: ¿Cómo llegó a este tipo de obras memoriales que se crean para impedir el olvido y tener fresca la memoria de lo ocurrido?
FG; Militaba en partidos de izquierda y estuve preso, pero a la salida de la cárcel decidí no convertirme en un militar, en un guerrero. En mi época, los jóvenes teníamos la revolución cubana, que  en ese tiempo era sana, bonita; al Ché Guevara, que reinaba. Pero opté por trabajar por la paz y no empuñar las armas. A partir de esa decisión, he estado trabajando al lado de la luz, del bien, de lo que es la cultura. Desde el momento que tú te dedicas a producir cultura, eres un encargado de producir belleza para que la sociedad viva humanamente. Ese es el trabajo de los artistas.

VA: ¿Cómo puede concebirse una obra para ser instalada en un país y en una ciudad donde el conflicto armado aún continúa, sin que se avizore un fin definitivo?
FG: Cuando construimos el Memorial en homenaje a los desaparecidos en el cementerio central de Santiago de Chile no se reveló la verdadera dimensión de la obra y era que muchos años después de lo ocurrido los victimarios deben pasar por allí con sus entierros. Es muy difícil pensar cómo actuará el arte en relación con el proyecto en Medellín. El arte se sitúa justo en esos misterios. Una escultura se enfrenta a la cotidianidad, al paso diario de la gente, y va armando un lenguaje que se demora muchos años en dar su mensaje.

VA: ¿El arte realmente puede propiciar la paz?
FG: ¿Qué quedó de Grecia? Ahí están las esculturas enarboladas. ¿Qué fue de todas las guerras del pasado? Ahí tenemos a Miguel Ángel, quien sobrevivió cinco guerras y ahí están sus esculturas. ¿Qué quedó en Perú? Quedó Machu Picchu, una fortaleza para mantener la paz. Todo eso son señales de paz, eso es lo que hacemos los artistas.