Haciendo el quite a la guerra

Cientos de colombianos que han sido víctimas del conflicto armado se unen, con muy pocos recursos, para salir adelante, ayudarse entre sí y volver a empezar.

Por Camila González

En el municipio de Caldas, Antioquia, los jóvenes no juegan fútbol, ni baloncesto juegan "baloncolí", un deporte inventado por el profesor Tiberio Anaya en el que nadie gana ni pierde. Se juega para jugarlo. Busca educar a los jóvenes para la paz, y por eso los partidos de baloncolí premian buenas acciones con tarjetas verdes y terminan con 144 abrazos de paz en 20 segundos


“La convivencia entre los jóvenes que practican este deporte los ha llevado a mejorar sus relaciones familiares y sociales”, dictamina orgulloso Anaya.

Las iniciativas para superar el conflicto en Colombia son tan diversas como el país y como los daños causados por la guerra. Van desde la resistencia civil a la violencia, el retorno de población desplazada a sus hogares, los proyectos educativos para que los niños conciban que la vida sin guerra es posible, hasta propuestas artísticas y de catarsis para el dolor sufrido y movimientos comunitarios que quieren mejorar la política en sus municipios o recuperar tradiciones de justicia comunitaria.

Han surgido del miedo, del dolor y de la necesidad. Y también de la creatividad y el humanismo de las víctimas.

Están desperdigadas por el territorio colombiano. Las hay bien consolidadas y financiadas como el Laboratorio de Paz del Magadalena Medio; las hay hechas con las uñas como la Asociación de Mujeres Luz y Vida de Bucaramanga. Algunas reciben financiación internacional, otras nacional, otras sólo de las propias comunidades. Es imposible contarlas todas porque muchas sólo son conocidas en sus pueblos. Sus líderes provienen de las mismas comunidades que han aguantado el conflicto armado, madres corajudas como las Mujeres del Salado, maestros ingeniosos como el profe Anaya,  mujeres recias como Soraya Bayuelo de Sucre y Ximena León de Barrancabermeja, jóvenes creativos, sacerdotes místicos. A veces el motor lo han puesto ONGs o movimientos sociales, o incluso los mismos cooperantes internacionales que ayudan a organizar y a movilizar a la gente.

Se han organizado jóvenes para resistir el miedo y ganarle espacio a la vida misma, mujeres para proteger a los hijos y gritar los horrores que han sufrido, pueblos para conseguirle sustento a la comunidad, desplazados para retornar a sus casas que dejaron a la fuerza, maestros para prevenir el odio en las aulas, y esposas para hacer, por fin, el duelo por los seres queridos que perdieron.

Un sitio donde se encuentra quizás el catálogo más completo de estas iniciativas es en el Banco de Buenas Prácticas para superar el conflicto, organizado por  el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud).

“Son acciones, programas o proyectos que en diversos grados y modos contribuyen a ponerle fin al conflicto, disminuir sus efectos mientras dura y sentar las bases para una paz firme y duradera”, dice un documento del Banco. También busca que las experiencias ajenas sirvan de inspiración y de motor a otras comunidades para verse a sí mismas como gestoras de su propia paz, motores de resistencia civil y líderes de la transformación colectiva.

La mayoría de las iniciativas se han recogido en los departamentos de Cauca, Santander, Antioquia, Valle, y la zona de Montes de María, Sucre y Bolívar, en un ejercicio de 10 meses que se hizo en 2006, explica María Teresa Muñoz, coordinadora del Banco del Pnud, pero otras han sido inscritas por las mismas personas que hacen parte de ellas.

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