Mujeres resistentes del corregimiento de Puerto Colón, Putumayo

La Ruta Pacífica de las mujeres narra la resistencia de las mujeres de Puerto Colón, un corregimiento de Putumayo donde se han registrado más de cien hostigamientos y el narcotráfico ha sido uno de los negocios ilegales que ha sostenido la presencia de diferentes grupos armados.
El conflicto narrado por mujeres


puerto-colon-300Una violencia constante
El corregimiento de Puerto Colón se encuentra ubicado en el municipio de San Miguel, departamento de Putumayo (al suroeste de Colombia), en la frontera con los países de Ecuador y Perú. Putumayo es reconocido por ser un departamento lejano geográfica y políticamente del centro del poder en el país, epicentro de comercialización de la base de coca y en la actualidad el petróleo es la base fundamental de su economía.

Puerto Colón ha sido un corregimiento caracterizado por los continuos episodios de violencia puesto que ha sufrido más de cien hostigamientos o tomas guerrilleras. Muy diferentes actores del conflicto armado han hecho presencia: desde las FARC y el ELN, pasando por los Combos, los Macetos y los paramilitares, hasta la presencia de la policía, el ejército y la armada.

En Puerto Colón, ha habido aproximadamente 106 hostigamientos o tomas guerrilleras… En 1983 hubo enfrentamientos entre grupos por mafia… donde cada grupo tenía lo suyo: laboratorios, cocinas. Cuando a alguno le iba mal, le tiraba al otro y se enfrentaban. Bajaban a la gente nueva y los mataban en el río porque creían que eran de la ley y no averiguaban. Nadie podía andar después de las seis de la tarde.

Los grupos que ha habido en Puerto Colón en diferentes épocas fueron el M-19, los Rastrojos, Águilas Negras, paramilitares, las FARC. Los enfrentamientos fueron entre guerrilla y paras, guerrilla y ejército, guerrilla y policía.

En este desolador panorama, la violencia ha sido una constante en la historia y cuerpo de las mujeres que manifiestan la existencia de continuos hostigamientos y enfrentamientos entre los diferentes grupos armados desde la década de los ochenta.

El primer susto lo tuvimos en el año 1978 mes de septiembre, cuando la guerrilla atacó a Orito y posteriormente llegó a Puerto Colón. Una toma en San Miguel fue en el 86. Estaba yo embarazada de una niña. Esa niña me nació enferma, debido a eso. Me nació a tiempo. Tuvo tres años que ella no hablaba. La llevamos a Ecuador y allá nos la curaron.

Aunque estos hechos hacen parte de los recuerdos y las vidas de las mujeres de Puerto Colón, el protagonismo de la violencia ha dependido del grupo armado y de mafias vinculadas con el narcotráfico que han hecho presencia en la zona, permanencia que ha variado en los años.

El ejército decía que la gente sabía que había guerrilla… No había policía y el Ejército llegaba de improviso… Las FARC sacaban a la gente encañonados de la casa como estuvieran. Hacían reuniones… Las balaceras entre guerrilla y Ejército eran a cualquier hora.

La reconstrucción de la violencia ejercida contra la población civil de Puerto Colón, donde las mujeres han logrado vivir y persistir, es un intento por reconocer como víctimas principales a las mujeres de todas las edades y de la diversidad étnica y sociocultural del municipio de San Miguel. No sólo es un reconocimiento a sus familiares asesinados o desaparecidos, a los múltiples desplazamientos y amenazas, sino a las mujeres como víctimas resistentes de una guerra declarada al conjunto de la población civil que ha sido por parte de los diferentes actores del conflicto armado.

Las mujeres reconocen que la violencia ha sido una constante en sus vidas, por ejemplo recuerdan que en un solo día mataron a doce personas, identifican el período entre 1986-1989 y la década del 2001-2009 como los más graves, y señalan las dos tomas más dramáticas que han vivido: la del 31 de agosto de 1998 y la del 23 de octubre de 2005.

En 1986 manda al hijo a comprar pescado y se formó la balacera. Ahí mataron a su hijo de 19 años y a otro de 14 años. En 1989 mataron 11 hombres y una mujer. Uno de ellos tenía la sangre intacta como recién matado pero había muerto desde la noche anterior, vivía en calendaría. En 1989 hubo una masacre mientras ella no estaba en la casa. Asesinaron a seis de sus familiares. En el 2001 la guerrilla las FARC mataron a su tío por robarlo en la vía. En el 2005, el 23 de octubre, las FARC tiraron cilindros y tumbaron varias casas, 21 aproximadamente. El 22 de junio de 2009, un bote bomba afectó 69 casas. Murió ahogado el hijo de Yiyo. El 27 de marzo de 2009, también hubo un bote bomba.

El 23 de octubre de 2005, había una brigada para sacar cédulas. Mientras que hacían el almuerzo, llegan y dicen que hay un herido en el billar y se arma el tiroteo en la Vega, de la guerrilla a la policía. Le pegaron un garrotazo a un señor para que bajara la policía. La auxiliar de la cocina resultó ser enfermera de la guerrilla y ya conocía los movimientos de la policía. Toda la noche dando bala causando daños en las casas. Hubo dos policías muertos y gran cantidad enorme de guerrilla combatiendo.

Las voces de las mujeres expresan la situación en el cual se han visto inmersas durante casi cuatro décadas, que no es otra que la de estar en medio de los diferentes actores armados. El primer testimonio, lo ilustra para el caso de la guerrilla y el ejército, y el segundo para el caso de la guerrilla.

En 1997 la guerrilla entró y puso una bomba. Se arrastraban por su casa. Las tocaron. Les dijeron que iban por la policía y no por ellas. Les pidieron cerveza y gaseosa. Otro día llega la guerrilla y las mandan a dormir atrás preguntando dónde estaba la policía. Llegó una guerrillera y les dijo que estuvieran tranquilas, con un fusil. Por la loma bajaban muertos y heridos. Al otro día llega el ejército echando plomo e insultando al pueblo porque la guerrilla estaba por ahí. Que eso era lo que querían.

No recuerdo la fecha que la guerrilla se metió. Sacaron hartísimos cilindros, como unos 50 cilindros al hombro. Por el lado del chorro subieron los cilindros al hombro. Entonces los vi como marañeros, uno detrás de otro. Eso fue cuando lanzaron solo cilindros. Eran cilindros grandes para la policía.

Ha sido tal el grado de hechos y permanentes violaciones de derechos humanos e infracciones al derecho humanitario, que las mujeres señalan acciones de muy diversa índole que los grupos armados ilegales perpetradas en dicho corregimiento.

Un bote bomba. Mirar pasar un bote y más abajo éste estalló. Principalmente las masacres fueron más por la mafia, por los grupos armados como el Conejo. El poder de la mafia generó las masacres a punto de llegar a cobrarles vacunas a los campesinos. Los grupos de los Combos obligaban a la gente a ir a Puerto Asís a declarar que era la guerrilla la de las masacres. El Seis entró, emboscó a un grupo de la guerrilla, de los cuales quedaron tres. Luego en seis años formaron un grupo y vengaron al Seis haciendo una masacre enorme.

Una vez, bien por la mañanitica, me levanté a tomar tinto. Yo vi unos que parecían policía. Me dijo mi hijo: “no, es la guerrilla mami, por favor no se asome”. Entonces yo bien curiosa, a quererme asomar. Cuando los vi subiendo, subiendo, sentí tiros bien duro. A lo que echaron los tiros, nos pasamos a una casa de material a ver si nos podíamos esconder, porque mi casita era de tablas. Esa vez se metió la guerrilla.

No es fácil diferenciar el tipo de violencia ejercido por uno u otro actor armado ilegal en un contexto donde las incursiones y las acciones han tenido un carácter tan indiscriminado. Según los testimonios de las mujeres, la guerrilla buscaba estar en medio de la población para atacar a la policía y allí cometían atropellos contra ella.

En 1997 la guerrilla entró por la loma a atacar la policía. Se metían por las casas, por querer más plata. Traían coca del Perú… Otra ocasión que duró desde las dos de la tarde. Veíamos como los guerrilleros se metían a Guajiros, al frente, y se tomaban el licor. Casi le dan un tiro a mi mamá. Que mi mamá iba subiendo y pum le dispararon. Quedó como a 20 centímetros el tiro.

La muerte ha asolado más de una vez a una misma familia. En el siguiente caso, una mujer cuenta de cómo cuatro hermanos, una cuñada y un sobrino han sido víctimas fatales del conflicto armado.

A mi hermano lo mataron por abajo y lo arrastraron hasta arriba a la policía. Me acuerdo que alcancé a llegar. Él me miro, me cogió los dedos, me los apretó y lleno de lágrimas. Un 6 de enero… Después me desapareció un hermano de los mayores. Bajó al pueblo y no apareció. Ahora último mataron el mayor de mis hermanos. Son cuatro hermanos, la cuñada, y un sobrino… Cuando al otro día me dijeron que lo tenían amarrado los paracos, ¿cómo así? Me alisté con un poco de gente, buscando a alguien que hablara porque a uno le da miedo enfrentarse a esa gente. Llevar alguien como de la Junta que sepa llegarles. Cuando fui ya lo habían desaparecido.

Violencia sexual contra las mujeres
La violencia contra las mujeres era ejercida por todos los grupos armados no estatales, sin embargo, los testimonios hacen referencia a abusos perpetrados por los grupos paramilitares. El abuso sexual es un arma de guerra y un medio de castigo para disputarse el cuerpo de las mujeres.

Muchas niñas y jóvenes fueron víctimas de todos los grupos armados ya que quedaron algunas embarazadas, madres solteras. A las jóvenes les fue mal con los grupos armados porque ellas los buscaban, los paramilitares. Planearon [pegar con la parte plana de un machete] a una señora por dejar su niña sola en la casa mientras iba a comprar arroz.

Los paramilitares quitaban bebidas, pegaban a las mujeres por chismosas, groseras, por abandonos de sus hijos. Querían abusar de las mujeres. Algunos jefes paramilitares eran Carranza, Taison, Costeño, Caleño, Garganta, el Cura. No solo ellos ejercían el poder con respecto a la violencia sexual, también los subalternos lo hacían.

Las mujeres vivían con un miedo constante de ser abusadas sexualmente. Esa zozobra era producto de vivir en un lugar con unos niveles de violencia permanentes donde la violencia sexual era frecuente y porque los actores armados proferían amenazas en ese sentido.

Me acuerdo de las tomas. Yo vivía en una vereda que se llama Puerto del Sol. Me tocaba bajar por la carretera y cerca de la carretera quedaba el tubo [el oleoducto]. Uno bajaba con dos muchachos más, un niñito. Mirábamos en el tubo hartas bombas. Uno con un miedo sin saber dónde meterse. Uno miraba esa gente por ahí. Si uno los saludaba ellos saludaban pero uno con un miedo de que de pronto lo fueran a violar. Así con miedo llegábamos a las casas de todas formas.

Hasta me querían violar. Me dijeron “oiga usted si colaborará”… Yo dije: “yo solamente con mi marido con nadie más”. Me fui a la cocina y tenía harta candela prendida. Yo dije: “si ellos me vienen a coger a la fuerza yo los cojo a tizón les mando… así me maten”.

La violación sexual, fue una expresión de fuerza y poder de los grupos paramilitares. El dominio era manifestado a través de hechos de esta naturaleza, donde se materializa el desprecio por el cuerpo y la humillación de la dignidad de las mujeres.

Del 86 para acá nos las hemos aguantado todas, pero a mí los que más daño me hicieron fueron los paramilitares. En ese año yo había ido a mi tierra y una sobrina quiso venirse conmigo… Cuando entraron esos señores a posicionarse del pueblo… pues una vez yo me fui para el culto y entraron y la violaron. Le dijeron que si me decía a mí, iban y nos mataban a toda la familia… De esa violación había quedado en embarazo. Tiene una niña de 8 años. Eso me dolió harto, porque mi hermano la mandó para acá y puso toda su confianza en mí y eso sí me dolió. Me dejó marcada psicológicamente.

Las niñas las cogían a plan [golpes con la parte plana de un machete] por todo lado. Hartas niñas. Sino que ellas no están tan informadas como nosotras. Pero uno empieza a hablar y ellas empiezan a contar cosas: cómo fueron, cómo las llevaban allá arriba y las violaban, si nos veían hablando [los paramilitares] nos decían: “ustedes están chismoseando o qué. A hacer oficio”. No los podíamos mirar la cara de a mucho. Eso era malo. Todo el mundo adentro de la casa. Allá si vivimos mal, por unos o por los otros.

La violencia perpetrada por los grupos armados ilegales se incrementó por la indiferencia de las autoridades estatales y la carencia de acciones oportunas y eficaces por parte de la policía y al ejército para garantizar la seguridad y la tranquilidad a la población de Puerto Colón:

La policía no hacía nada con respecto a los paramilitares. La policía no hacía nada. Andaban junto con los paramilitares y estaban enterados de todo. El ejército llegaba a echar plomo y no ayudaba.

Impactos traumáticos repetidos
Los efectos de la violencia se perciben en la vida de las mujeres de diversas maneras. Impactos psicológicos y físicos causados por diferentes eventos traumáticos. Los más evidentes tienen que ver con la muerte violenta de sus seres queridos. El asesinato de un hijo para una madre es una experiencia tremendamente dura y dolorosa que causa una profunda soledad, como lo declaran estas tres madres.

A mí me han matado los hijos. Solo uno que le ha pasado sabe cómo es eso, porque es muy duro. Uno siempre le duele, en todas partes… Es una cosa muy dura.

En este momento me siento mal, porque cuando uno pierde un ser querido, es como difícil dar un testimonio o algo. No me siento en condiciones. Para mí fue muy duro perder mi hijo. Pues bueno tengo amigas que me aconsejan, pero me siento sola.

Me siento acabada. Las ilusiones, las alegrías que uno compartía con ellos. Me siento sola, porque a raíz de eso también murieron mis padres. Me siento sola, me siento vacía, acabada. Por momentos quisiera irme lejos pero donde me vaya los recuerdos me atrapan. Uno no encuentra manera de explicar. Es muy duro. No quisiera que nadie sufra… Uno quiere olvidarlo pero le queda marcado para siempre.

Además, en algunos casos los duelos fueron truncados, ya que no pudieron inhumar a su familiar por alguna circunstancia. En el primer caso, la mujer no pudo enterrar a su madre y hermano, y en el segundo, el hijo de la madre fue desaparecido.

El sufrimiento es muy grande, de ver que le maten su madre y no poder ir a recogerla. Uno sepa que se la mataron y se la botaron al río. A su hermano… no poderle dar cristiana sepultura como se merece.

Es que yo tengo una pena muy grande. A mí me desaparecieron un hijito y no sé dónde está. Unos dicen que está vivo. Otros dicen que lo mataron, pero yo no sé de mi hijo.

La ausencia de un hijo es un vacío permanente para una madre. Estas dos maestras explican así la pérdida de sus hijos, la imposibilidad de asimilar esa experiencia y el impacto en el contexto de la familia.

Lo más grande que viví fue la separación de mi hijo. Eso es algo que yo nunca voy a podré olvidar. Sea de noche, sea de día. Mis hijas se ponen bravas: “que mire mamá que estamos nosotras” pero yo a él no lo puedo olvidar.

He perdido a mi hijo. He sufrido. He rodado con mis nietos y resignada a lo que me toque.

Una de las modalidades de hostigamientos realizada por los grupos armados no estatales que ha generado mayor intimidación entre la población de Puerto Colón, son los ataques con cilindros bombas. Los testimonios describen lo que sentían las mujeres en el momento mismo que se lanzaban esos explosivos y la zozobra permanente en que viven las madres por la utilización de esos artefactos.

En el 2003 lanzaron granadas. Cayó una granada por donde nosotros trabajamos y quedé sorda, quedé como en el aire. No sentía, mejor dicho estaba volando mejor que la bomba. Sentía dolor de los oídos, dolor de los huesos y quería como ayudar a proteger a los demás porque quería que me sucediera a mí y no a los demás. En la toma del 2005 pensaba que hasta ahí íbamos a vivir. Porque eso, los impactos de los cilindros lo elevan, lo bajan, le cae tierra. Dicen que en los cilindros vienen unos químicos. Esos químicos lo emborrachan, lo hacen vomitar. Uno no resiste el olor a esa pólvora. Le da hambre, le da ganas de ir al baño, de todo. No quiere estar solo quiere estar como acompañado.

Yo casi no salgo porque yo siento que si voy a salir aunque sea al parque siento que me va a caer un cilindro. Yo a los hijos míos siempre les digo: “no me pasen por ahí porque hay un cilindro”. Mantengo con ese miedo, ese temor. No de las balas, sino de los cilindros. A mí me mataron un hijo y no he podido superarlo. No me gusta mucho recordar la muerte de mi hijo. Esas tomas que a una no se le olvidan, que siempre están ahí presentes… son cosas que siempre le van a estar en la cabeza, son cosas que no se van a borrar. Si un ratico eso se le pasa, pero siempre que paso por donde cayó mi hijo, siempre me acuerdo, fue horrible. Uno no olvida, así me vaya. Yo me fui para Cali y no se olvida.

Los repetidos ataques con ese tipo de explosivos, ya sea bombas, granadas o cilindros bomba, han dejado secuelas de un miedo permanente en las mujeres. No han podido desalojar el pánico producido por el uso de esos medios de combate. La vida cotidiana se vuelve incertidumbre y amenazante, las actividades diarias o los lugares que recuerdan a impactos de bombas, asesinatos o enfrentamientos marcan el territorio de vida de estas mujeres y lo convierten en un recuerdo permanente de lo que puede volver a pasar.

Yo he sufrido de nervios y hasta ahora estoy nerviosa porque lo que pasó nunca me olvidaré. Mira que reventó una bomba y yo pegué el brinco. Así soy todo el tiempo. Yo siento algo y estoy brincando. Yo no duermo porque me da miedo y vivo al frente de la base [del ejército].

Tras la toma que ellas dicen, yo quedé muy traumatizada, con nervios. Yo cada vez que escucho digo: “se metieron a San Miguel”. Quedé con ese trauma.

Sea como sea a todo, tiempo uno mantiene atemorizada. Todos los días estamos con miedo. La parte que más impactó, es que uno queda con unos nervios. Para mi todos los grupos son iguales, porque atentan contra la vida de uno.

Todo esto que ha pasado acá en Puerto Colón nos ha afectado mucho. Yo casi no salgo porque yo siento que si voy a salir aunque sea al parque siento que me va a caer un cilindro. Yo los hijos míos siempre les digo, no me pasen por ahí porque hay un cilindro. Mantengo con ese miedo, ese temor…

Otras afectaciones ocasionadas por las partes en conflicto, se traducen en secuelas físicas en las mujeres. Además de los nervios, otras partes del cuerpo resultan lesionadas cuando se dan heridas, problemas auditivos por trauma sonoro, y afecciones psicosomáticas producto de la tensión.

Un mecanismo habitual de defensa es hacer esfuerzos por no recordar lo ocurrido. A las pérdidas de sus seres queridos, se suman las pérdidas materiales, y el impacto de los recuerdos traumáticos. Esas memorias se vuelven recurrentes en un estado de alerta permanente. La concentración de acciones violentas en ese territorio supone un impacto traumático repetitivo y masivo que aumenta el impacto psicológico y la dificultad de adaptación en la vida cotidiana. Hay una activación de las memorias de la pérdida cuando se dan nuevos hechos de violencia que reactualizan el sentimiento de dolor e impiden poner distancia psicológica de los hechos.

Nos vinimos a San Miguel. No teníamos nada, ni casa. Pedíamos posada. Quedamos fue pasando trabajos. No quiero por eso acordarme, porque perder seis familiares. Luego a los dos años, otra vez. Yo no quisiera recordar. A mí me mataron a mi sobrino. Yo cuando me acuerdo me da mucho dolor. Yo no olvido ni para comer, ni para dormir, ni para nada.

Los impactos traspasaron la esfera de lo individual para instalarse también en los escenarios de lo familiar y colectivo. Las muertes de sus hijos, compañeros o personas cercanas, así como la vivencia de otras experiencias de terror, han producido afectaciones en sus hijos, maridos o papás y han tenido un impacto colectivo debido a la existencia de múltiples pérdidas el carácter público y la concentración de la violencia en la comunidad. Los síntomas de reexperimentación y alerta son generalizados en la experiencia de las mujeres.

A mi familia la afectó bastante… Mi hijo también permanece con nervios. Cuando oye un tiro se esconde bajo la cama. Psicológicamente les ha afectado. Siempre están con esa angustia. Yo le digo a ella que no salga corriendo cuando hay esas balaceras. Se sueñan que hay explosión. Mi marido se sienta y se pone a pensar. Está como distraído. Él quisiera trabajar. Mis hijas permanecen con dolor de cabeza. Mi esposo mantiene elevado, alejado, pensando donde vivir, con dolor de cabeza por cambio de casa ya que dos veces han construido casa y dos veces la han tumbado. Mis hijos se mantienen tristes. Desanimados hasta para pintar la casa, que para qué la pintan si siempre la van a volver a dañar. Sienten un tirito y corren a esconderse. Mi papá quedó con unos nervios. Pobrecito, quedó con mucha pena. Mi hija era violenta por lo mismo, ella pensaba que las cosas se arreglaban con violencia, yo quede sola porque ellas tuvieron que salir. No quiere saber nada de por acá.

Pérdidas y destrucción comunitaria
En algunos casos, los episodios de violencia mencionados han generado separaciones a nivel familiar. Los desplazamientos forzados, las amenazas de muerte y la necesidad de proteger la vida de algunos/as integrantes de la familia han causado que se aparten unos miembros de otros. Las posibilidades de reunirse y reconstruir su entorno se dificultan por las dinámicas propias de la sobrevivencia y por los impactos propios del conflicto armado.

Cuando pasó el caso de mi hijo, pues me tocó salir del Putumayo. Sacar mis hijos y ya luego pues saqué una hija para el Ecuador. Ahorita están todos desunidos mis hijos por la violencia. Bueno yo me fui para allá, para Samaniego… Por allá se quedó una hija. Todos tan desparramados, y desunida mi familia por la violencia.

Mi familia soy yo sola, porque mi familia está lejos. Yo las siento que me hacen falta. Todo el mundo desparpajado. La nieta la mandé para Quito. Mi familia también está lejos de acá y pues ella quieren llevarme, pero no me quiero ir. Si me muero quiero estar con mi hijo [asesinado]. Yo les digo que no vengan. Compartimos el pensamiento es con las amigas que han sido sufridas. Pero nunca se nos va a olvidar. Con la muerte se les irá a olvidar. Nosotras las mujeres tenemos que aguantar mucho. Si el presidente quisiera la paz en Colombia, él debe empezar por nosotras que estamos de edad.

Otras mujeres han encontrado en el desplazamiento forzado una salida para no seguir sufriendo los embates de la violencia. Para evitar la muerte de más hijos o prevenir el reclutamiento, estas dos madres abandonaron Puerto Colón, la primera retornó y la segunda no quiere regresar.

Qué puedo decir. Ya varias cosas me han pasado. Yo cuando mataron al hijo, o al marido, o al yerno, me tocó irme de ahí, porque me iban a matar dos hijos más. Imagínese. Me fui. Me llamaron. Dejé abandonada la finca. Yo me fui sola con los dos pequeños. Allá estuve como cuatro años. Luego ya me llamaron que la finca estaba remontada, pues me tocó venirme de nuevo, dije: “morir o vivir”.

Allá se quedó todo, toda la tierrita. Por eso digo allá esta todo. Nos vinimos con la ropita disimuladamente, que no vieran que nos veníamos. Si regresamos nos van a decir que por qué nos fuimos. Yo espero que en algo me ayuden, porque no quiero regresar, porque esa gente me convence a los hijos.

Como se indicaba, las pérdidas materiales tuvieron efectos importantes no solo en la economía de las mujeres y sus familias, sino también en sus proyectos de vida. No es fácil rehacer una vida ante la destrucción violenta de unas casas o unos negocios o de sus enseres domésticos. Los impactos psicológicos son obvios con este tipo de pérdidas:

Un golpe duro, porque con esfuerzo levantamos la casa y no la tumbaron. Hace dos años otra vez levantamos casita y no lo tumbaron. Me destruyeron la casa de mi hijo con una bomba y todo. Ahí está destruida. De mi hijo que se perdió todo. Quedó botada la casa. Ya no hubo quien viva en la casa de mi hijo. Con tanto luchar, con tanto sufrimiento que hizo su casa mi hijo para que quede vuelta hueso…

A nosotros nos ha afectado mucho, por ejemplo, los negocios. El negocio quedó sin techo. Las paredes partidas, los baños vueltos nada, acabados. La discoteca también. Todo eso se partió. Volaron las puertas, las ventanas salieron de un lado a otro. Con la poquita ayuda, sinceramente uno queda como a medias sin poder empezar. El trabajo se ha puesto muy duro, porque uno quiere a trabajar pero no hay medios para trabajar. Ahí nos quedamos con todo, llenos de agujeritos y tapándolo con ese icopor. Usted va a mi casa y esta llenita de puro icopor. De las balas, de las balaceras, porque las pipas que tiran de esos cilindros eso cae y eso queda todo huequeado. Toca taparlas porque no llegan ayudas.

En la toma del 2005 estábamos trayendo un maíz para unos pollos, cuando se prendió la balacera. Me arrancaron la ventana de la casa. Se entró una piedra y pasó como cerca de mi pierna. Mi hijo me dijo: “bajémonos para bajo el sótano porque ahora si nos vamos a morir aquí”. Cuando salimos afuera para irnos abajo al sótano, eso era como si me hubieran echado un frasco de ají en la cara, que no mirábamos casi. Nos metimos al sótano y empezaron a atacar las casas que había al pie de la mía. Eso era una cosa tan tremenda que soplaba un viento… Mucho miedo, un temblor, que no podíamos. Cuando estábamos en otra casa, vimos como las casas las arrancaron con los cilindros. Todo se dañó.

Además, las condiciones de vida en la comunidad cambiaron. La disminución de las fuentes de empleo, la educación y en general las dinámicas sociales y los procesos comunitarios de Puerto Colón resultaron totalmente afectados. Las mujeres refieren como el clima de temor afecta a la vida cotidiana desde entonces.

La mayoría de gente se va. Por la fumigación, se acabó el cultivo de pancoger. Antes la vida era buena, trabajábamos. Todo el mundo tenía plata. Cuando empezó la violencia todo se acabó. Todo el mundo sale al Ecuador, porque acá no hay trabajo, no hay estudio. El pueblo era calmado, pero tipo siete de la noche usted no ve a nadie. No hay que vender ni que comprar.

Nadie sale ni por una gaseosa. Un domingo parece un lunes.

Apoyo mutuo y espacios de palabra
Las mujeres encuentran en el compartir una forma de darse apoyo mutuo. La unión entre ellas les permite darse fuerza unas a otras, lo que les ayuda para asumir de manera más compartida los golpes generados por el conflicto armado.

Ese apoyo consiste en darle ánimo a la otra cuando se siente agobiada, pues una esperanza. Decirle “mire, salgamos adelante, esto nos afecta pero no nos puede agobiar, tenemos que sacar fuerza de voluntad”. No dejar que la otra se derrumbe sino que alce la cabeza. No dejarla sentar sino que adelante, que tenemos que ir es para adelante porque así nos toca. No nos podemos detener por las cosas de la vida sino seguir hasta donde la vida nos lleve.

Esta identificación con las otras, con los vecinos, como alguien que sufre los mismos hechos o el mismo destino es una energía de contención del impacto y del apoyo a las otras. A la vez, cuando la persona es la más afectada hay otras que hacen el mismo camino de acercarse, ayudar, animar, compartir.

Nosotras comenzamos como a ser más fuertes cuando un golpe llegaba y al otro día era el del vecino. Entonces nosotras nos levantábamos y nos hacíamos duras y acompañar al otro. Íbamos donde el otro, al otro día era el caso donde el otro. Entonces nunca buscamos ayuda sino que era nosotras mismas a darnos apoyo. Nosotras sufrimos lo mismo porque si dos días antes, estaba por ejemplo en mi familia, al otro día estaba donde el otro vecino, que muerto, que el otro desaparecido. Entonces nosotras mismas nos fuimos dando esa fuerza sin apoyo de nadie, sino entre nosotras mismas colaborándonos.

Por otra parte, los procesos organizativos han sido una de las mejores posibilidades con que han contado estas mujeres para enfrentar sus tristezas, miedos y necesidades. Estas organizaciones les han brindado asesoría y apoyo en la búsqueda de auto-reconocerse y valerse como mujeres, y les ha permitido construir otras vivencias desde la autonomía, la participación y la organización política.

Ya como nueve diez años que llegó la Ruta Pacífica. Entonces ya nos comenzaron a tratar gracias a la Ruta Pacífica. A muchas otras que llegaban y nos hablaban sobre el tema de las tomas. Nos enseñaban como defendernos, como expresar nuestros sentimientos. Antes nos los guardábamos, lo teníamos así adentro en el cuerpo, ahogados. Es el problema en Puerto Colón.

Para muchas mujeres estos espacios colectivos de expresión y confianza a través de talleres de apoyo psicosocial han permitido poder compartir y manejar sentimientos y vivencias escondidas, que a pesar de ser tan generalizados muchas veces no encontraron un espacio para poder ser compartidos. La necesaria contención cuando se viven hechos traumáticos tan repetidos y el nivel de incertidumbre y amenaza, atenazó a las mujeres durante mucho tiempo, y el trabajo psicosocial y de acompañamiento abrió las puertas a nuevas formas de organización y apoyo mutuo.

La verdad es que si nos ponemos a recordar aquellas cosas, es que es demasiado doloroso, pero gracias a dios que nos presentó la Ruta. Esa fue la primera salida que encontramos porque empezaron a llevarnos psicólogos, charlas. Íbamos contando lo que nos iba pasando. También como que íbamos sacando de adentro ese dolor, y como que nos íbamos liberando e íbamos tomando como más fuerza. Hasta que llegamos al punto en que nos dimos cuenta que si podíamos salir adelante, que si teníamos una salida, que no nos podíamos dejar agobiar por la situación, ni por la adversidad. Ya como que esos ataques y esos golpes, ya como que fueron doliendo menos. Ya como que fuimos afrontando, que uno no debe guardarse esas cosas sino sacarlas afuera y que debemos entre nosotras apoyarnos y compartir. Esa unión entre todas, esa unión nos ayudaba a salir adelante. Ese apoyo de la una con la otra nos ha ayudado a salir delante, porque allá tratamos de apoyarnos todas, las unas con las otras.

Porque a medida que va pasando el tiempo y los talleres y todo esto que venimos haciendo, nos ha ido sanado todo ese dolor, toda esa angustia que sentíamos. Ya nos sentimos más liberadas, y más autónomas de nosotras mismas. Podemos tomar decisiones por sí mismas y hacer muchas cosas.

Incluso el empoderamiento ofrecido por organizaciones de mujeres les ha permitido conocer las herramientas legales para la defensa de sus derechos. Y junto con esta defensa, estas acciones conllevan una revalorización de su identidad como mujeres.

Nosotras aprendimos a ser mujeres, a aprender las leyes que no sabíamos, o sea para poder llegar a alguna parte, a una oficina, con los derechos que tenemos los colombianos. Antes no los teníamos, porque nos obligaban a callarnos. Porque decían “si usted habla, o usted dice lo que vio tiene problemas. La matamos por la noche a usted o su familia”. Entonces queríamos saber los derechos. Ahora aprendimos eso ya porque entramos hace 10 años a la Casa de la Mujer y a la Ruta. Aprendimos eso, entonces nos valoramos como mujeres.

En la Ruta hemos aprendido como hacer una reclamación para tutela. De eso no sabíamos. Se nos ofrecía algo y teníamos que pagar. Ahorita ya tenemos nuestro papel, no hacemos sino llenarlo y lo enviamos. Eso nunca lo sabíamos entonces para mí eso es un aprendizaje de mucho valor. Ya sabemos por medio de la Ruta. Antes andábamos rodando por ahí, no sabíamos nada. Ahorita ya sabemos y nos sentimos igual a los demás. No nos sentimos inferiores.

Algunas de las estrategias que las mujeres construyen para sobrellevar los impactos causados por la violencia política se basan en el afrontamiento religioso. La participación en iglesias o cultos les permite identificar otras formas de concebir la vida y la posibilidad de abrir otros espacios de socialización que les permitan afrontar sus emociones.

A mí me ha servido la religión. Yo soy ahora de la iglesia pentecostal. A mí me han servido las oraciones. Me han calmado mucho. Eso me ha servido bastante para el alma y también para el cuerpo. Porque es mucho también lo que uno puede orar por las demás personas. Porque nosotras vivimos orando constantemente para que la violencia no nos vuelva a atacar de esa forma que nos estaba atacando, porque la verdad que en San Miguel vivimos fue un infierno.

Yo solo se lo dejo a Dios, que me arrodillo y le pido a Dios. Cuando yo voy al cementerio yo le digo a la gente: “déjelo que llore”, a mí ya me pasó. Todo se lo dejo a Dios.

El apoyo psicológico también ha sido crucial para que algunas mujeres puedan enfrentar con más herramientas los distintos impactos de violencia que se traducen en su cuerpo y su vida.

Enfrentar los problemas, las psicólogas, porque yo a ellas les conté todo lo que le había pasado. Ya uno como que descansa el pecho, porque uno mantiene con eso ahí y he aprendido a enfrentarlos.

Tenemos el apoyo de psicólogas, de abogadas. Nos han ayudado, nos han explicado muchas cosas que en realidad nosotras no sabemos… Vamos teniendo cada día más conocimiento y hemos tratado de ir como dejando el temor, el miedo. Nos sentimos más seguras, con más fuerza para seguir adelante, para luchar invitando a otras amigas que se unan.

Incluso se han dado otras formas más lúdicas y creativas de distracción que han arrojado efectos positivos en la comunidad.

En Puerto Colón hicieron un evento que dio resultados. Todos los 28 sacaron un juego que dura toda la noche. La gente nunca robó nada. Todo el mundo con las puertas abiertas. A nadie le robaron, porque la gente estaba ocupada buscando el premio gordo que era dinero en efectivo.

Sin embargo, el miedo y la ausencia de recursos o conocimientos para poder hacerlo limitaron durante años las denuncias de los hechos sufridos. Los delitos, las violaciones de derechos humanos e infracciones al derecho humanitario no fueron denunciados ante las autoridades gubernamentales ni judiciales. Era tal el temor a los grupos armados que las mujeres preferían callar. La ley del silencio era la fórmula para sobrevivir y no recibir retaliaciones de los actores armados.

Nadie podía ir a quejarse a una autoridad porque iban las autodefensas y la familia entera desaparecida. Lo amenazaban. El miedo. De eso nadie informaba nada, nadie hacia nada. Si se perdía un hijo… era como perderse un animal. Eso no se podía ni decir nada porque venían y lo levantaban de noche. Se lo llevaban y quién daba razón.

Nosotras nunca nos atrevimos a buscar otro apoyo por fuera porque también me daba terror. Usted sabe que lo tiraban. Nosotros no sabíamos a quién era que íbamos a acudir porque también teníamos desconfianza. No era que tuviéramos confianza a la ley porque no podíamos acudir donde ellos, porque también nos daba miedo que ellos nos quisieran hacer más daño todavía, de lo que teníamos. Ese era el problema que teníamos, que no confiábamos. Entonces no pedíamos apoyo de ellos tampoco, porque nos obligaban a no hacer bulla.

En este proceso de afrontamiento las mujeres asumen una actitud positiva y decidida de superar lo ocurrido, no obstante reconocer la existencia y persistencia del dolor y la tristeza. Al recordar los hechos violentos de los cuales fueron víctimas, ellas expresan de manera positiva nuevos sueños y proyectos, y los aprendizajes que sacan en su propia capacidad de enfrentar los hechos.

Yo he aprendido de todo un poco, de todo lo que he escuchado. Que uno en la vida tiene que ser fuerte, que uno no puede dejarse agobiar por todos los problemas que vengan. Que siempre hay una luz allá adelante que uno no tiene que perder la fe y la esperanza de salir adelante.

He aprendido a luchar y a salir adelante con mi mamá… Apoyarnos en la familia. Aprender a valorarnos, a ser más unidos. Pues salir adelante con los estudios para ver si algún día puedo ser alguien en la vida.

Yo de mi parte, he aprendido a hablar… Quiero defenderme con mi hija que es la única que está ahí en la casa… Esa es la esperanza de una mamá, sacarla adelante. Darle estudio a un hijo porque eso nadie se lo quita.

Yo he aprendido como uno debe valorarse. Respetar las personas. Cómo uno debe educar los hijos. Yo como soy sola yo me mando sola, me voy para donde me da la gana de ir, no le hago caso a nadie. Participé y aprendí ya todo. Les enseñé a las otras compañeras. He olvidado un poquito las penas que sentía.

La paz como parte de la reparación y del futuro
La paz y la no violencia son exigencias repetidas de las mujeres. La convivencia pacífica entre la comunidad y la familia, como presupuesto indispensable para los demás proyectos.

Yo pediría que tengamos paz en el país, con nosotras mismas. Que seamos unidas entre familias, respaldándonos entre nosotras mismas.

Yo sueño con salir adelante. Yo sueño con lo que sueñan todos aquí, soñamos con la paz. Sueño ser una profesional. Que mi familia salga adelante. Sueño que la población de Puerto Colón, más los jóvenes no sigan por el camino del mal como lo están haciendo. Sueño que mi abuelita nunca se me vaya, en serio.

Mi sueño es que no destruyan más mi pueblo donde vivimos. Mis hijos sigan por buen camino, y que no tengamos más violencia.

Las mujeres subrayan de manera especial la educación y el trabajo como necesidades importantes de sus comunidades. La satisfacción de los derechos sociales, una obligación básica del Estado, es requisito indispensable para recuperar lo quitado, para contar con lo nunca otorgado, sobre todo para las nuevas generaciones.

Ver el pueblo realizado. Que nos ayuden con buenos proyectos para la juventud, que es la que más necesitamos sacar adelante. Puestos de trabajo. Queremos ayudas para tener trabajo. Las madres cabezas de familia, para que estudien, realicen sus sueños, que no tengan tiempo para vicios por no tener qué hacer.

Ver realizada mi familia. Tengo tres hijos y quisiera que ellos terminaran de estudiar, es un deseo como mamá. Que se acabe esa drogadicción, donde uno pasa ahí venden. Las niñas de 12 años ya embarazadas. Algo para la juventud.

Educación necesitamos para labrar la tierra, enseñanzas y mejoras en el campo. Trabajo para el campo.

La dicha más grande la tuve ayer, me dice “abuelita ya me gradué de doctora y voy para la Hormiga Putumayo”. Qué buena alegría. Toda mi vida [mi sueño] fue que una hija fuera doctora, pero no se cumplió. Tengo una que es periodista, otra secretaria bilingüe pero la nieta me dio el gusto.

Acá faltan fuentes de empleo, falta una universidad en Puerto Colón… Desinvertir en guerras o en otras cosas que no son necesarias. Por lo menos yo terminar la universidad.

El sueño es que nuestras compañeras soñemos en nuestros hijos, en nuestro corregimiento… Que haya un buen trabajo para nosotras las mujeres, para sacar nuestros hijos adelante…

Si en Puerto Colón hubiera empleo las cosas cambiarían, porque todo el mundo se dedicaría a trabajar. Lo que más pidiera yo es trabajo, con eso se consigue la paz.

El derecho a una vivienda digna y la restitución de las tierras perdidas, son otra demanda de las mujeres. El contar con un techo y una parcela, son necesidades primordiales para estas mujeres que lo perdieron casi todo.

Quiero rancho porque no tengo casita, se me cayó.

Una casita para mí y mi hijo. Porque estoy en la casa de mi mamá que no es mi casa.

Volver a mi finca, volver a sembrar, queda del río para arriba, es peligroso. Irme a vivir a la finca porque me gusta la finca.

Es decir, las mujeres señalan las condiciones de lo que significa la paz para ellas. No más destrucción ni enfrentamientos. No más pérdidas. La reconstrucción de las casas y la restitución de lo perdido. El apoyo para enfrentar el impacto y los duelos. Y sobre todo la restitución de un futuro que les ha sido robado desde hace tantos años convirtiendo el corregimiento en escudo y objetivo militar, y a la gente como vidas que pueden ser truncadas sin más. La reparación es para estas mujeres un trato con respeto que esperan de todos para restituir una convivencia en paz.

*Este texto hace parte del informe "La verdad de las mujeres víctimas del conflicto armado en Colombia" elaborado por la Comisión de Verdad y Memoria de la Ruta Pacífica por las Mujeres.

Historias seleccionadas del informe La verdad de las mujeres:

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Espere mañana otra historia del conflicto armado narrada por mujeres.