Guacoche, un ave Fénix en Cesar

A la comunidad afrodescendiente de este corregimiento el paramilitarismo le mató un líder querido y la humilló durante varios años, pero el sufrimiento los unió más que antes. Esta es su historia.
614guacoche   
La titulación de la tierra es uno de los sueños de los guacocheros. Foto VerdadAbierta.com  

Fue un domingo 6 de abril de 1996 el día en que llegó la muerte Guachoche un corregimiento del municipio de Valledupar, asiento de un consejo de comunidades negras,  situado entre la Sierra Nevada de Santa Marta y la Serranía del Perijá. Ese día llegaron a la una de la tarde cinco camionetas, con las placas tapadas y un montón de hombres enmascarados y armados.

Se bajaron de sus vehículos y fueron de casa en casa ordenándoles a sus habitantes que se dirigieran a la plaza principal porque venían a hacerles algunos anuncios. Así lo hicieron niños, mujeres, hombres y ancianos. Sólo quedaron en casa las personas que por alguna discapacidad no podía movilizarse.

Cuando estaban en la plaza, los hombres armados sacaron una lista y comenzaron a llamar a cada uno de los nombres, pero ninguna de las personas que mencionaban estaba en la plaza. Eso pareció enfurecerlos y ordenaron una fila, en la que pedían identificación para confirmar quién era quién. Se llevaron a un grupo de hombres aparte y llamaron por teléfono pidiendo información.

Buscaban a los hermanos Quiroz Márquez, a Javier Romero y Euclides Marín. Los acusaban de robar y sacrificar ganado y vender la carne en la carnicería del pueblo que era de propiedad de los Quiroz. Entre el tumulto de gente estaba temblando, Algemiro Quiroz Márquez, propietario de la fama.  Era un hombre bueno que, como recuerda hoy una vieja conocida suya, “ayudaba al que le pedía ayuda, eso era lo único que hacía”. La gente los llamaba cariñosamente ‘Miro’ Quiroz. Ese día se quedó en la plaza, diciendo: “el que nada debe, nada teme”.

Al no encontrar a sus otras víctimas,  los encapuchados se llevaron a ‘Miró’ Quiroz a recorrer el pueblo de 200 casas, y alrededor de las cinco de la tarde regresaron a la plaza, donde aún esperaba angustiada la gente. Se bajaron de su camioneta, irreverentes e impetuosos y mataron delante de todos a ‘Miro’ Quiroz, dizque para darles una lección a los guacocheros. Cerca del sitio del fusilamiento del hombre bueno, estaba, un poco borracho, Omar Castilla. Un hombre armado  lo desafió: “¿Usted sabe quiénes somos nosotros?”. Castilla, con la lengua enredada contestó: “Yo a los únicos que he visto en mi vida así enmascarados son a los guerrilleros y eso por televisión”. Eso fue suficiente para que también lo mataran delante de todos.

Era paradójico que los confundieran con guerrilleros, cuando en realidad se habían erigido cómo su antítesis. Eran hombres de las Autodefensas de Castaño y de Mancuso y los asesinatos de Quiroz y de Castilla, unos de los primeros que cometieron al norte del Cesar. Pronto siguieron dejando su sello de terror en otros corregimientos cercanos, en Guacochito, Badillo, Las Raíces, La Vega.  

Después fueron a Atanquez, el pueblo principal de los kankuamos, donde arrasaron con furia a esa comunidad, como si se tratara de una venganza personal. Por varios años fueron de aldea en aldea matando a gusto, la mayor de la veces a gente de bien, como en el corregimiento de Los Venados, donde un 10 de abril de 2000, sacaron de su casa al rector del colegio, Fernando Salas Polo, a la señora Carmen Camacho, vendedora de pescado y al campesino Freddy Álvarez Salcedo, y asesinaron a los dos primeros y al último lo desaparecieron.

En Guacoche, la tragedia siguió. Todos los fines de semana llegaban los paramilitares al pueblo, obligaban a la gente a limpiar la plaza y las calles; a quitar la maleza en lotes abandonados; y raparon a las mujeres que ellos consideraban chismosas.

Según documentó el Observatorio de Territorios Étnicos de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la  Universidad Javeriana, aún antes de que llegaran estos paramilitares de Urabá y Córdoba, ya en 1996 terratenientes y ganaderos de la zona ya habían organizado unos grupos armados para protegerse de la extorsión y el abigeato guerrilleros. “Después de 1996, Rodrigo Tovar Pupo, alias ‘Jorge 40’, con la ayuda de Carlos Castaño y Salvatore Mancuso, unificaron estos pequeños grupos en todo el departamento y se inició el control paramilitar del territorio”, concluye el Observatorio y, explica que los paramilitares persiguieron a líderes políticos, a campesinos que habían apoyado marchas, paros y tomas de tierras, y a sindicalistas, porque los consideraban aliados de la insurgencia.

“Con el sólo hecho de llegar ellos aquí, mucha gente quedó sufriendo del corazón”, dijo un líder actual de la comunidad de Guacoche a VerdadAbierta.com, cuando recordó esos años tremendos. Las noches se volvían eternas, con sólo escuchar el rugir de los motores de las camionetas, todos salían a esconderse, pues no sabían a quién irían a buscar.

Hoy todavía con miedo y en voz baja, algunos pobladores dicen que ese mediodía de abril de 1996, el que llegó encapuchado y comandando al grupo de hombres era ‘Jorge 40’, y que una de las camionetas era suya. Los que descubrieron al enmascarado en esa época les tocó huir para salvar sus vidas, y ni siquiera hoy, que ya las Autodefensas de ‘40’ se desmovilizaron y éste está preso en una cárcel de Estados Unidos, se atreven a regresar.

La muerte de ‘Miro’ Quiroz fue emblemática, no se trató de cualquier habitante, sino de un líder querido por todo el pueblo. Todavía hoy, después de 17 años, la gente hace una ceremonia para recordarlo.  Pero ahora Guacohe es distinto. Ya no se sienten arrinconados, al contrario, la barbarie paramilitar que sufrieron los hizo unirse y organizarse, según le dijo a VerdadAbierta.com, Arodis Castilla, representante legal de la Asociación de Comunidades Negras Los Cardonales de Guacoche.

Hoy Valledupar tiene seis Consejos Comunitarios de Comunidades Afrocolombianas y el más organizado y activo es el de Guacoche.

Desde el 2010 trabajan en el fortalecimiento de conciencia ciudadana, liderazgo, participación comunitaria, crecimiento personal, arraigo y cimentación de la cultura, con el apoyo de un programa de Naciones Unidas.  

Están reconstruyendo su historia desde los tiempos antiguos, apelando a lo que recuerdan los viejos y con la información de los historiadores de la región. Además están construyendo su caso para que el Estado les titule colectivamente sus tierras, según lo contempla la Ley 70 de 1993 que reconoce a las comunidades negras a poseer colectivamente sus territorios. Sería el primero de los 21 Consejos Comunitarios del Cesar que tendría un título colectivo. Además están gestionando ante el Estado que les otorgue la reparación colectiva a la que tienen derecho por los daños sufridos bajo el terror paramilitar.

Además, las alfareras y artesanos de Guacoche, están empezando a retomar las técnicas ancestrales de artesanía que ya casi se habían perdido, para retomar su senda de alegría y buena vida y renacer de las cenizas en las que la había dejado los años de miedo.

La titulación de la tierra es uno de los sueños de los guacocheros.