Baudó aguas abajo

Azotada por una cruenta confrontación entre guerrilleros y bandas criminales, y condenada al abandono estatal, la pobreza y la corrupción, los pueblos de la cuenca del río Baudó, en el suroccidente del Chocó, viven hoy sus días más oscuros.

especial-baudo-1Foto: VerdadAbierta.comAunque ninguno de ellos se conocía de antemano, los dos hombres y las tres mujeres sentados en la parte delantera de la embarcación hablaban con desparpajo de los pueblos donde habían nacido, muchos de ellos enclavados en el corazón de la húmeda selva chocoana. En sus rostros se dibujaba una sonrisa tan amplia y tan profunda como el cauce del río que surcaban en aquel momento. Desde que abordaron la lancha en Puerto Meluk, como nombran los chocoanos al municipio de Medio Baudó, ninguno de los cinco ahorró elogios para describir su tierra.

Decían que difícilmente en otro lugar del mundo se podrían combinar de una manera tan majestuosa la costa, la sierra y la selva como allí en la cuenca del Baudó, un paraíso natural ubicado en el suroccidente del Chocó, bañado por las aguas de un río que parte en dos una serranía que se erige paralela al litoral pacífico colombiano. Era, sin duda alguna, el único tema de conversación que aquellos hombres y mujeres podían sostener en esa lancha sin reticencias, sin prevenciones, sin lamentos de ninguna índole. Y sin miedos.

Desde hace cinco años, el río que navegaban en ese momento con dirección a Pizarro (Bajo Baudó), se convirtió en escenario de una fuerte disputa entre el Frente Cimarrón del Eln y a la banda criminal ‘Autodefensas Gaitanistas de Colombia’, también conocida como ‘Los Urabeños’ o ‘El Clan Úsuga’.

El trasfondo de esa confrontación armada no es otro que el control de los cultivos ilícitos de hoja de coca y el dominio de un corredor estratégico para los intereses de los grupos armados ilegales. Como el río resulta esencial para las actividades de ‘gaitanistas’ y ‘elenos’, navegar por él después de las 5 de la tarde no es un derecho permitido para las comunidades que habitan los pueblos levantados a orillas del río Baudó. Desafiar la orden, por el motivo que sea, ni siquiera es un opción.

Por ello, cuando el reloj marcó las 5 y 30 de la tarde de aquel 15 de septiembre, y faltando 40 minutos más de viaje, un tenso mutismo se apoderó de las personas que, tres horas antes, conversaban cordialmente.

El repentino temor lo paliaba, en parte, el hecho de que la embarcación portara sendas banderas de la Defensoría del Pueblo y la Diócesis de Istmina-Tadó, indicando que aquella delegación hacía parte de “Baudoseando”, una movilización humanitaria programada por las organizaciones étnicas, sociales y derechos humanos del Chocó, con el fin de brindar acompañamiento y hacer visibles los problemas de unas comunidades azotadas por la guerra y la pobreza.  

-Hace como tres años veníamos desde Buenaventura para Pizarro, y ¡mire usted! Nos varamos. –dijo una de la mujeres, como para romper el silencio que se había apoderado de los viajeros.

-¿Y entonces, qué pasó?- preguntó uno de los hombres.

-Pues tocó esperar a que llegara una panga con gasolina. Y entonces llegamos a Pizarro como a las 7 de la noche. Y ese miedo de todos nosotros. ¡Y no nos dejaron bajar! Nos tocó seguir derecho hasta Nuquí. ¡A esa hora! ¡Y lloviendo y todo que estaba! Eso ha sido lo más miedoso que me ha tocado en la vida- relató la mujer.

Nadie preguntó quién impidió el desembarco, pues todos saben que allí, en Pizarro, un pueblo levantando justo donde el océano Pacífico y el río Baudó unen sus aguas, quien manda no es precisamente la Fuerza Pública. Son ‘Los Urabeños’, quienes se han convertido en ‘Dios y Ley’ en el Bajo y Medio Baudó mientras que sus enemigos, los ‘elenos’ han sido históricamente fuertes en el Alto Baudó.

“Que el país se entere”
En el Baudó conviven en un maridaje malévolo la guerra, la pobreza, el abandono y la corrupción. Pero, para quienes habitan este territorio, más doloroso que todos estos males juntos es saber que todo ocurre en lo profundo de esa selva, sin que nadie se entere, sin que a nadie pareciera importarle.

Desde el 2008 a la fecha más de 6.800 personas han sido desplazadas a la fuerza de sus tierras en 26 eventos masivos, lo que da cuenta de la ferocidad de la guerra que allí se libra. En 2013, esta confrontación entre ‘elenos’ y ‘Urabeños’ obligó al éxodo forzado de 1.800 personas. En lo que va de este año ya se han registrado tres eventos de desplazamientos masivos, dos de comunidades indígenas y un pueblo afro, que han afectado a 384 familias, algo así como 3.000 personas.

La magnitud de la cifra contrasta con el silencio mediático. Aspectos como éste motivaron la realización del “Baudoseando”, un recorrido humanitario que buscaba movilizar todas las comunidades negras, indígenas y mestizas que habitan la cuenca del Baudó, con el fin de que se sintieran acompañadas.  La planeación de la actividad se inició hace aproximadamente un año y estuvo bajo la coordinación de organizaciones sociales y étnicas choconas, entre ellas el Foro Social Interétnico Choco (Fisch), con el apoyo de entidades como Diakonia y la Unión Europea.

Pero la violencia por poco estropea los 365 días de cuidadosa planeación. El 12 de septiembre, Setenta y dos horas antes de que iniciara la jornada, las autoridades reportaron el asesinato de Ernelio Pacheco, presidente de la Organización Indígena del Chocó, así como la desaparición de Miguel Becheche, líder de la Asociación de Cabildos Indígenas del Alto Baudó. Veinticuatro horas después, las mismas autoridades hallarían el cuerpo sin vida de Becheche. Ambos hechos tuvieron lugar en el Alto Baudó, una de las localidades destino de la movilización.

A pesar del temor que generó la trágica noticia, los consejos comunitarios, los resguardos indígenas y los mestizos respondieron al llamado del “Baudoseando”. En Pizarro, por ejemplo, una caravana de no menos doce embarcaciones partió la mañana del 16 de septiembre río arriba buscando al municipio de Puerto Meluk. En una de ellas iba Montañez*, un negro corpulento de voz tan recia como su carácter, cuyas dotes de líder natural saltaban a la vista. Para él, la actividad representaba el despertar del pueblo chocoano.

“Tenemos que mostrarle al país lo que está pasando aquí: la crisis en salud, la crisis en educación y la violencia”, le decía a sus compañeros de viaje, a la vez que lamentaba que en el Chocó, “pasen tantas cosas que en Colombia ni se dan cuenta”.

El hombre no exagera. Los ejemplos surgen en cada recodo que forma el río al romper la serranía. A cuarenta minutos de Pizarro, remontando el Baudó, en un punto a orillas del afluente donde solo se ve maleza en abundancia, hace doce años existió un pueblo llamado San Luis. “Y desapareció por la violencia. Ese fue el primer pueblo del Baudó donde toda la gente se desplazó hacia Pizarro y desapareció. Y no es el único”, recordaba Montañez con sus compañeros de viaje. (Ver: Los pueblos que la guerra borró del mapa)

Otro ejemplo macondiano tuvo lugar en San José de Querá, un pueblo de 50 casas levantadas a espaldas de la serranía del Baudó, a poco más de una hora de Pizarro. Cuatro años atrás, el gobierno nacional incluyó varios municipios chocoanos en su programa “Kiosco Vive Digital”, que buscaba llevar Internet de banda ancha a todos los rincones del departamento. San José de Querá fue uno de los favorecidos.

El Estado, que en esta tierra nunca había tomado forma de escuela digna para los niños, centro de salud para los pobladores, un tanque para llevar agua potable a los hogares, ni siquiera de puesto de Policía, se materializó en forma de enormes antenas ubicadas a la entrada de un café-internet de naturaleza selvática, dotado con cinco computadores portátiles, una cabina telefónica para llamadas nacionales e internacionales y una moderna impresora, que además sirve para enviar fax y escanear documentos. Desde Bogotá, los funcionarios oficiales pensaron, y con toda la lógica, que los más beneficiados serían los niños en edad escolar, pues a partir de ese momento contarían con una aliado valioso para el proceso educativo.

Con lo que no contaban en la capital era que en San José de Querá, como otros tantos pueblos de la región, llegó primero el Internet que la energía eléctrica. Allí, la luz artificial aparece cuando se oculta el sol, por espacio de tres o cuatro horas, “y eso si hay gasolina para la planta eléctrica, porque si no, ¡imagínese usted! Aquí nos regalaron cinco computadores y para esa época se dañó la planta. Y esos computadores se dañaron de estar ahí, y me tocó llevarlos a Quibdó a ver qué hacían con ellos”, recordaba Asprilla*, el profesor del pueblo.

El profe, como le dicen sus paisanos cariñosamente, ha contado tantas veces la historia que ya ni rabia le da. Lo que sí le preocupa ahora es la falta de niños en su pueblo a quienes enseñar. “Hace como seis años teníamos 56 niños y éramos dos profesores. Hoy hay 16 alumnos y solo quedé yo de profesor”. La razón, según el profe, es que “la gente se está yendo. Aquí no hay nada que hacer, no hay oportunidades. Cuando no es el hambre es la violencia, porque es que esa es la cosa. Pero todos los días se va una o dos familias”. Paradójicamente, justo ahora que la escuela amenaza con desaparecer por falta de estudiantes, los gobiernos departamental y nacional decidieron mejorar las locaciones que estaban a punto de caer.

Indolencia
Luego de dos días de recorrido por el río Baudó, la caravana del “Baudoseando” llegó a Puerto Meluk, donde se llevaría el cabo el cierre de la actividad con una audiencia pública en el coliseo municipal y a la que estaban invitados los alcaldes de los tres municipios que conforman la región (Alto, Medio y Bajo), funcionarios departamentales, el Defensor Regional del Pueblo y representantes de entidades nacionales.

Allí, las comunidades expondrían ante las autoridades su cotidianidad. Los indígenas pedirían mayor acompañamiento a fin de evitar su extinción, pues la guerra tiene amenazada la supervivencia de varios resguardos. “En este momento hay comunidades como Docampadó, otras que se encuentran en el Bajo Baudó, otras que están en el Medio y Bajo San Juan que están en grave riesgo. Hay mucho miedo, sobre todo después del asesinato de nuestros hermanos indígenas”, dice un líder de la etnia Wounaan, que en esta región constituyen 18 mil habitantes agrupados en 24 resguardos y 56 comunidades.

Los consejos comunitarios, organizaciones afro de carácter autónomo, revelarían todo lo que viene ocurriendo en sus comunidades por cuenta del conflicto armado, pero que no trascienden a la luz pública, entre otras, por el temor de las comunidades a denunciar debido al grado de terror que han sembrado los grupos armados entre la población.

Y es que, según Matilde*, las restricciones a la navegabilidad por el río, única vía de penetración en la zona, los largos periodos de confinamiento a que se ven sometidos negros e indígenas, los fuertes procesos de reclutamiento forzado de menores de edad por uno y otro bando ocurren con más frecuencia de lo que las autoridades sospechan.

“Hace como un mes conocí el caso de una señora de Boca de Pepé (Medio Baudó). Tenía cuatro hijos. El mayor tenía 18 años. Vivía sola con ellos. Allá mandan los ‘Urabeños’. Un comandante de ellos se ‘enamoró’ de la señora. La trataba bien. Pero empezó a ‘echarle’ el cuento al ‘pelado’ y a éste le empezó a gustar el cuento de las armas. Por allá a los pelados se los llevan a las buenas y a las malas. ¿Qué tuvo que hacer la señora para que el hijo no se le fuera con ellos? Irse para una invasión en Quibdó. Lo triste es que en el barrio a donde llegó, llegaron también los ‘Urabeños’”, contó la mujer.

Indígenas, negros y mestizos esperaban también denunciar cómo la guerra está deteriorando aún más los maltrechos indicadores sociales de esta región, condenada desde siempre a una perpetua pobreza, un histórico abandono y una endémica corrupción. Para 2012, según el Dane, un municipio como Alto Baudó tenía una tasa de analfabetismo del 39 por ciento, una tasa de mortalidad infantil del 83 por ciento y ocho camas en todos sus establecimientos hospitalarios para atender a unas 34 mil personas.

Las estadísticas son bastante similares para los municipios de Medio y Bajo Baudó. En esta región selvática tropical, donde cualquiera está expuesto a la mordedura de una serpiente, las existencias de suero antiofídico son escasas, casi que nulas. En el Baudó, la crisis alimentaria generada por los desplazamientos masivos, la presencia de los cultivos ilícitos y las fumigaciones aéreas con glifosato ya comienzan a golpear con fuerza (Ver: La hoja de coca sembró tragedia y desolación).

Los participantes del “Baudoseando” también llevaban propuestas, construidas a lo largo del año de planeación de la movilización. Algunas exigían la competencia del gobierno central mientras que otras solo demandaban sentido común. Y algo llamado voluntad política. Como el que se dotara la región de lanchas-ambulancia que permitieran transportar pacientes ubicados en el corazón de la manigua, donde no hay hospitales, hasta la ciudad de Quibdó; o que se garantizara el suministro de combustible para aquellos poblados donde la energía eléctrica solo es posible gracias a las plantas eléctricas; o que se erradicara los cultivos ilícitos manualmente.

Pero al encuentro con las comunidades solo llegó el Defensor del Pueblo Regional Chocó y el alcalde de Puerto Meluk. Los funcionarios departamentales enviaron asistentes que, en sus intervenciones, demostraron que en Quibdó poco o nada saben de lo que pasa en el Baudó. Uno de ellos, en nombre del Gobernador, prometió la construcción de un hospital de primer nivel para el Medio Baudó, que atendiera pacientes de los tres municipios. Un líder de la región le replicó que no se molestara: “hace tres años comenzaron la construcción de tres hospitales aquí en el Baudó; a ver si mejor lleva la razón para ver si nos los terminan”.

“Tal parece que a las autoridades locales y departamentales del Chocó tenemos que rogarles para que atiendan a sus comunidades”, fue lo primero que atinó a decir Luis Enrique Abadía García, el Defensor Regional del Pueblo, quien nació y creció en uno de los tantos pueblos levantados a orillas del río Baudó y siente como nadie la tragedia que hoy vive su región.

Para él, la explicación de lo que pasa en su región es muy clara: “Este es un corredor natural que conecta fácil, por el sur, con la costa pacífica y, por el norte, con el río Atrato y de ahí con el golfo de Urabá. Y en esta disputa por el control del territorio, los grupos armados al margen de la ley no han traído más que desolación, muerte y cualquier clase de violaciones a los derechos humanos”.

El “Baudoseando” terminó con una lacónica frase de uno de los líderes afro del Medio Baudó presentes en la audiencia, que resume lo que sienten hoy día quienes habitan esta región: “Es que si tuviéramos que escoger entre morirnos de hambre, por falta de atención médica o por un tiro, de seguro escogeríamos lo último. Sería menos doloroso. Y no es que estemos deseando la muerte, pero así nos lo ha puesto la vida”.

-¿Y por qué quedarse en este territorio, donde al parecer, solo hay desesperanza?- le preguntó un periodista presente en la audiencia al líder afro.

-Pues por amor al territorio, no ve que es lo único que tenemos- contestó sin vacilar.

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