Lo peor de la verdad

      
Durante cinco años los paramilitares desmovilizados han contado ante los fiscales de Justicia y Paz centenares de homicidios, masacres y desapariciones. Pero algunos casos muestran el nivel de degradación al que llegaron.

Muchos de los crímenes conocidos en Justicia y Paz han revelado el nivel de barbarie al que llegaron los paramilitares. Foto Semana

William Atencia Coronado, un informante de las autoridades, que vivía en una vereda en la Sierra Nevada de Santa Marta, fue testigo de cómo partes de su cuerpo se consumían en la hoguera antes de morir descuartizado.

Los paramilitares del Bloque Magdalena y Guajira (conocido hoy como Bloque Resistencia Tayrona), supieron que Atencia había declarado en un proceso contra algunos miembros de la organización y entregaba información a la Policía y al Ejército sobre los movimientos del grupo armado. Lo capturaron y lo llevaron hasta un campamento, donde comenzaron a hacerle preguntas y si no contestaba le cortaban partes del cuerpo y las arrojaban al fuego. Mientras lo iban desmembrando, cortando partes de sus brazos y piernas, le decían: “…para que vaya y cuente”.

Casos parecidos, en los que las víctimas eran torturadas, se han conocido muchos en los cinco años de versiones libres ante la unidad de fiscales de Justicia y Paz. El descuartizamiento se convirtió en una práctica habitual porque era la forma en la que desaparecían a sus víctimas y creían que no quedaban rastros del hecho. La coordinadora de la unidad de fiscalías de Justicia y Paz en Barranquilla, Zeneida López Cuadrado, afirma que tienen confesados y documentados varios casos, más propios de prácticas medievales, que de una guerra irregular entre grupos paraestatales y grupos contrainsurgentes.

El caso de Atencia, dice, fue negado por alias ‘El Negro’, un paramilitar del Resistencia Tayrona, quien afirmó que a esta persona el grupo la mató y fue sepultada, pero antes de la desmovilización recibieron la orden de desenterrar los restos de todas sus víctimas, quemarlos y arrojarlos a los ríos para no dejar evidencias.

Otro caso, contado hace poco por el hijo de Hernán Giraldo, uno de los hechos más degradantes que se ha conocido en Justicia y Paz, fue el de una persona a la que amarraron viva por sus extremidades inferiores a un árbol y por sus brazos y cabeza a una camioneta hasta que desmembraron todo su cuerpo al poner en marcha el vehículo.

La fiscal López cree que, con cada muerto o que a través de la forma en que eran asesinadas las personas que consideraban enemigas del grupo armado, enviaban un mensaje. Es decir, de acuerdo con el mensaje que querían enviar, así era la muerte. A otros les colocaban letreros o si eran informantes les cortaban la lengua y se la amarraban al cuello.

La fiscalía tiene documentadas las formas de asesinatos más variadas, siendo el sicariato, por supuesto, la más común.

Y en este proceso, la Fiscalía ha logrado demostrar que en la consolidación del territorio de parte de los grupos armados, todo aquel que se consideraba contrario a sus intereses o que señalaban como enemigo fue asesinado o desplazado.

Por ejemplo, también se conoció en versión el caso de una persona que fue ahorcada en el corregimiento de Mico Ahumada, en San Pedro de la Sierra, Magdalena, pero los paramilitares hicieron creer que se trató de un suicidio porque la víctima era una persona conocida y no querían echarse a la población en contra. Los ‘paras’  ingresaron de noche a su casa y lo colgaron de un travesaño.

Pero las horrorosas prácticas criminales empezaban con el adoctrinamiento de los mismos miembros del grupo.

Fue el caso de Dimas Avendaño, un exmilitante del grupo a quien, como si se tratase de en un rito de iniciación, le hicieron comerse los sesos de la víctima porque no quería descuartizarlo. Este caso fue confesado por varios postulados y tuvo su origen un día en que apareció una estatuilla de una virgen con la cabeza partida.

Los paramilitares preguntaron por el responsable de la ‘herejía’ y algunos miembros de la comunidad señalaron como responsable a un evangélico. Algunos hombres lo fueron a buscar, le preguntaron por el hecho y lo negó; de nada sirvió, porque tenían como prueba “irrefutable” una huella de zapato del presunto autor, la cual compararon con las del carismático, le dijeron que coincidían y lo condenaron a muerte.

El evangélico pidió que lo dejaran rezar y les dijo: “Déjenme orar, porque ustedes sólo me pueden matar si Dios quiere”. Lo dejaron rezar durante unos minutos. Cuando terminó le pegaron un tiro y llamaron a un patrullero nuevo, inexperto, para que lo descuartizara. El nombre de ese patrullero es Dimas Avendaño, quien le dio asco la escena.

Rigoberto Rojas, alias ‘El Escorpión’, hijo del ‘Negro’ Adán Rojas, jefe paramilitar del Magdalena, le cortó lacabeza con un machete y le dijo a Dimas que se comiera los sesos, que si no lo hacía lo mataban a él. Dimas, conocido con el alias de ‘Tribilín’, confesó que tuvo que comerse los sesos del religioso.

Otro caso que demostró la sevicia de los paramilitares fue el crimen de una persona que trabajaba en una droguería en el Magdalena, a quien los paramilitares consideraban auxiliador de la guerrilla y lo señalaban de suministrarles medicamentos. Un día lo secuestraron y lo llevaron a una de sus bases. Hicieron una ronda y lo pusieron en el centro, totalmente desnudo. Quienes lo rodeaban giraban en torno suyo y cuando pasaban a su lado lo chuzaban con las agujas con las que cosían los costales. Le propinaron más de 70 puñaladas. Cuando ya no podía sostenerse en pie, le arrancaron una oreja y se la enviaron al dueño de la droguería como prueba de que lo habían asesinado.

Los anteriores hechos ilustran de la peor manera la verdad que ha logrado conocer la fiscalía gracias a las versiones de los postulados. En algunos casos, les resulta inconcebible que se haya llegado a tal nivel de degradación y desprecio por la vida humana de parte de los victimarios, pero la mayoría de los hechos han sido confirmados con los familiares de las víctimas.