Cuando la tuvo al frente, el 鈥楪allo鈥 enred贸 su larga cabellera en su brazo y la arrastr贸 sin piedad por las polvorientas calles del pueblo. Dando tumbos entre las piedras, la llev贸 hasta la cancha de f煤tbol donde se agolpaba una multitud de campesinos, convertidos a la fuerza en p煤blico de la carnicer铆a humana que se avecinaba. Finalizaba la ma帽ana del 18 de febrero de 2000, y un sol inclemente ca铆a perpendicular sobre la plaza. En el piso yac铆a el cuerpo a煤n tibio de Luis Pablo Redondo, un maestro al que hab铆an torturado y asesinado cruelmente. Lo hicieron frente a un centenar de pobladores que miraban estupefactos el espect谩culo. Para empezar le quitaron las orejas con un cuchillo. Luego, lo apu帽alaron decenas de veces entre las costillas y el vientre. A煤n vivo, le pusieron una bolsa negra en la cabeza. Los gritos del atormentado se confund铆an con peque帽os quejidos del p煤blico horrorizado. La voz del hombre se fue apagando y luego un tiro de fusil lo dej贸 todo en silencio. Ni siquiera los perros ladraron. El eco del disparo se sinti贸 en todo el pueblo. La matanza hab铆a empezado. Y ahora Nayibis, apaleada en todo el cuerpo, estaba en el cadalso, atada al 煤nico 谩rbol que le da sombra a la plaza, mirando de frente, con ojos despavoridos, la iglesia de la que hasta Dios hab铆a huido. Algo va a pasar en este pueblo Los hombres sembraban, recog铆an y secaban el tabaco, mientras las mujeres, contratadas por dos grandes empresas 鈥揈spinoza y Tayrona鈥, lo seleccionaban, prensaban y empacaban; lo que le dio una incipiente cultura fabril al pueblo. Edita Garrido, una delgada mujer que pasa los 40 a帽os, de ojos negros vivaces y una sonrisa a la que le asoman unos cuantos dientes, recuerda estas 茅pocas como las mejores de su vida: 鈥淭odos los d铆as est谩bamos all谩 hasta las 4 de la tarde. 脡ramos 80, tal vez 100. En medio del trabajo nos re铆amos con los cuentos de Julia G贸mez, una compa帽era que nos entreten铆a tanto, que varias veces la echaron, pero ten铆an que volver a llamarla, porque el trabajo no era lo mismo sin ella鈥. Edita dice que no se conoc铆a el hambre y que la abundancia era tal, que el rico del pueblo, Don Eloy Cohen, mataba una vaca d铆a de por medio y vend铆a hasta el cuero. La gente ten铆a dinero para comprar lo b谩sico, y aun m谩s. La prosperidad hab铆a hecho que la guerrilla pusiera sus ojos en El Salado. Los frentes 35 y 37 de las Farc hostigaban con frecuencia a la decena de polic铆as que mal armados intentaban defenderse, hasta que un d铆a vino un helic贸ptero y se llev贸 para siempre a los agentes. As铆, El Salado qued贸 expuesto a su suerte y a las Farc. Los salade帽os probaron el amargo sabor de la violencia guerrillera, que ya se hab铆a extendido por todo el pa铆s y que incluso ten铆a acorralados a muchos pueblos. Empezaron las extorsiones a los campesinos m谩s pudientes. Santander Cohen 鈥揾ijo del patriarca Eloy Cohen鈥 se neg贸 a pagarles y de inmediato se convirti贸 en objetivo militar. Cohen ten铆a una estrecha amistad con el teniente coronel Alfredo Pers谩n Barnes, comandante de un Batall贸n de la Infanter铆a de Marina, y recurri贸 a 茅l en 1995, cuando sinti贸 que estaba acorralado en el pueblo y que la guerrilla definitivamente lo matar铆a. El coronel Persand entr贸 a El Salado a rescatarlo, pero cuando sal铆a, a s贸lo unos minutos del pueblo, fue emboscado por los insurgentes. Murieron Cohen y Persand, el teniente Tony Pastrana y 27 infantes de Marina. Uno de los mayores reveses de los que tenga memoria la Armada. Esa acci贸n dej贸 una marca indeleble en El Salado. En adelante, este ser铆a considerado un pueblo guerrillero, incriminado por no haber advertido a los militares la cruenta trampa que hab铆a tendido el jefe guerrillero 鈥楳art铆n Caballero鈥. El ataque tambi茅n fractur贸 la vida comunitaria. Mientras algunas personas manten铆an trato cotidiano con los milicianos de las Farc que permanec铆an en el pueblo, otras empezaban a sentirse agobiadas por los secuestros, las vacunas y las injusticias que comet铆an los guerrilleros. Pas贸 poco tiempo antes de que ocurriera la primera masacre. En 1997 un grupo armado, enviado al parecer por ganaderos de la zona, con lista en mano, asesin贸 a cinco personas, entre ellas a la maestra del pueblo. En cuesti贸n de horas El Salado se hab铆a convertido en un pueblo fantasma. Absolutamente todas las familias salieron desplazadas, con sus trastos y sus animales, a la espera de garant铆as para regresar. A los tres meses, la Armada se instal贸 por unas semanas en el pueblo y poco a poco las familias retornaron. Para entonces, El Salado qued贸 reducido a la mitad de lo que era. La guerra hab铆a tra铆do consigo la pobreza. Las tabacaleras se fueron y las incipientes exploraciones de petr贸leo y gas fueron suspendidas. La tensi贸n se hizo m谩s envolvente a finales de 1999, cuando los campesinos que trabajaban El Salado y sus alrededores vieron c贸mo las Farc arreaban unas 400 reses con la marca inconfundible de Enilse L贸pez, una poderosa empresaria del chance que para entonces ya era temida por todos en Magangu茅, ciudad a orillas del r铆o Magdalena, que quedaba justamente a espaldas de El Salado. La 鈥楪ata鈥, como la conoc铆an todos, se mov铆a como pez en el agua entre los pol铆ticos de Sucre y Bol铆var. Cuando su ganado desapareci贸 de la finca Las Yeguas, Polic铆a y militares emprendieron la in煤til b煤squeda. El ganado hab铆a pasado por El Salado, y de all铆 desapareci贸. La Polic铆a pensaba que las Farc lo hab铆an repartido entre los campesinos en lotes de cinco o seis reses, y compartido ganancia con ellos. En diciembre de ese a帽o, un helic贸ptero desconocido sobrevol贸 el pueblo y lanz贸 unos panfletos en los que dec铆a: 鈥淐贸manse las gallinas y los carneros y gocen todo lo que puedan este a帽o porque no van a disfrutar m谩s鈥. Y en enero, un campero fue detenido en la carretera, y asesinados sus cuatro ocupantes. Delcy M茅ndez, quien llevaba m谩s de una d茅cada como enfermera de El Salado, pens贸 que no aguantaba m谩s cuando recibi贸 una llamada de una amiga de Cartagena quien le advirti贸: 鈥淪alte de El Salado porque algo va a pasar鈥. Entonces cogi贸 su ropa y, sin pensarlo dos veces, se fue para Carmen de Bol铆var. Como en un cuento de Garc铆a M谩rquez, ella dice: 鈥淣o sab铆amos qu茅 iba a pasar, pero sab铆amos que algo estaba por suceder鈥. La tenaza 鈥楧ique鈥 hab铆a nacido en 1971 en C贸rdoba, en una familia campesina supremamente pobre. Siendo muy joven empez贸 a rebuscarse la vida como minero, hasta que ingres贸 al Ej茅rcito. De all铆 hab铆a salido en 1996 para vincularse de tiempo completo a una Cooperativa de Seguridad 鈥揅onvivir鈥 que hab铆an fundado los ganaderos de Sucre con apoyo de la Primera Brigada de Infanter铆a de Marina, apostada en Corozal, y cuyo jefe era 鈥楥adena鈥, un ex informante de los militares. Seg煤n cuenta el propio 鈥楧ique鈥, en 1997, cuando las Convivir fueron pr谩cticamente ilegalizadas, 鈥楥adena鈥 y sus hombres se apoderaron de San Onofre. Se hab铆an convertido en una estructura paramilitar que recib铆a 贸rdenes de Carlos Casta帽o y Salvatore Mancuso, que manten铆a fluidas relaciones con militares, polic铆as, ganaderos y pol铆ticos, y que estaba haciendo del narcotr谩fico por el Golfo de Morrosquillo el negocio m谩s jugoso de la regi贸n. 鈥楯uancho Dique鈥 era el jefe militar de 鈥楥adena鈥, por eso era el comisionado para la misi贸n que hab铆an ordenado Casta帽o, Mancuso y 鈥楯orge 40鈥: entrar铆an a El Salado a desterrar a la guerrilla y todos los pobladores, y dejar铆an instalado all铆 un grupo de los paramilitares. La noche del 15 de febrero salieron de San Onofre en dos camiones por la carretera principal que conduce a Cartagena, y en la madrugada se encontraron cerca de Carmen de Bol铆var con otros dos grupos de paramilitares, todos estrictamente uniformados, con armas autom谩ticas, granadas de fragmentaci贸n en las cananas y munici贸n de sobra en las charreteras. Uno de los grupos ven铆a de Magdalena, enviado por 鈥楯orge 40鈥, y estaba bajo 贸rdenes de un paramilitar llamado 鈥楢maury鈥. El otro grupo de paramilitares ven铆a de C贸rdoba, al mando de 5-7. El jefe de toda la operaci贸n era un antioque帽o conocido como 鈥楬2鈥 o John Henao, cu帽ado de Casta帽o, cuya principal misi贸n, una vez ingresaran a El Salado, era recoger todo el ganado que encontraran, atravesar el r铆o Magdalena y dejarlo, seguramente, en las sabanas de ese departamento. Una vez reunidos los tres grupos, planearon la entrada por sitios diferentes. Un grupo entrar铆a a El Salado por la carretera principal de El Carmen. Otro har铆a el ingreso por Ovejas, siguiendo la v铆a Flor del Monte y Canutalito, y el 煤ltimo llegar铆a por un sitio conocido como La Reforestaci贸n. En total, unos 300 hombres, guiados por cinco desertores. 鈥淪eg煤n entiendo, se hab铆an entregado a la Infanter铆a de Marina, y de ah铆 se los entregaron a 鈥楥adena鈥欌, asegura 鈥楧ique鈥. Los camiones fueron abandonados en las carreteras grandes. El recorrido hasta El Salado, seg煤n el plan trazado, se har铆a a pie por los caminos veredales. De esa manera ir铆an recogiendo el ganado y matando a quienes encontraran a su paso. La orden era entrar sin piedad y hacer una tenaza sobre el pueblo. En cuesti贸n de pocas horas, el grupo de paramilitares que iba bajo 贸rdenes de 鈥楯uancho Dique鈥 y 鈥楥adena鈥 hab铆a matado a 19 campesinos, casi todos ahorcados con sogas, o degollados con cuchillos, para que el ruido de los fusiles no alertara a los vecinos. 鈥楥adena鈥 se ubic贸 en una finca conocida como La 18, y all铆 instal贸 una especie de hospital de campa帽a y de abastecimiento de armas y v铆veres que le traer铆an por helic贸ptero Mancuso y 鈥楯orge 40鈥. Amaury hab铆a entrado por la v铆a principal, dejando tras de s铆 una estela de terror y muerte. En la ma帽ana del 16 de febrero, los paramilitares detuvieron en la carretera a uno de los camperos que cada d铆a hac铆an el viaje entre El Salado y Carmen de Bol铆var. En el carro iban, entre otros, Edith C谩rdenas, una mujer l铆der y reconocida por todos en El Salado. Seg煤n testimonio dado d铆as despu茅s por Mar铆a Cabrera, promotora de salud que tambi茅n iba en el carro, los paramilitares miraron los hombros de Edith y los vieron marcados y asumieron que era una se帽al inequ铆voca de que la mujer cargaba morral, y que era guerrillera. En realidad, eran las marcas del uso de camisetas escotadas, para lidiar el calor de la zona. 鈥溌abla Edith, habla. No te quedes callada!鈥, le gritaba Mar铆a, pero Edith no pudo hablar del miedo. La mataron. A ella y a los dem谩s. S贸lo Mar铆a y otro pasajero pudieron escapar por los rastrojos, corriendo desesperados para salvar sus vidas. Para entonces ya las Farc se hab铆an percatado de la incursi贸n y hab铆an salido hacia la carretera, a combatir con las autodefensas. Pero muy pronto se dieron cuenta de que los paramilitares eran muchos, ten铆an apoyo a茅reo y que los estaban cercando. Mientras tanto en el pueblo la inquietud crec铆a. Por una llamada telef贸nica alguien supo que el campero que sali贸 de El Salado nunca hab铆a llegado a su destino en El Carmen. Luego empezaron a llegar campesinos que hu铆an despavoridos de las veredas que los paramilitares estaban arrasando. Los habitantes de El Salado, llenos de p谩nico, se reunieron sin saber qu茅 decisi贸n tomar. Muchos emprendieron la huida sin pensarlo dos veces. Otros entendieron que el desplazamiento era inminente cuando vieron a los guerrilleros de las Farc corriendo en retirada. Hab铆an perdido hombres, ten铆an varios heridos y estaban buscando refugio en el monte. Uno de ellos alcanz贸 a decirles a los habitantes de El Salado: 鈥淐orran, corran que vienen a acabar el pueblo鈥. Teresa Castro y David Montes, una pareja que a pesar de los infortunios parece feliz, fueron de los primeros que emprendieron la retirada. 鈥淓n el camino a Arenas nos reunimos en un caney de tabaco como unas 100 personas. Los ni帽os lloraban de hambre y sed. Quer铆amos devolvernos, pero cuando o铆mos los tiros y supimos que estaban matando a la gente en los caminos, nos tiramos al monte. Duramos dos d铆as caminando sin nada que comer. Me desmay茅 y les ped铆 a los dem谩s que siguieran. Pero no me dejaron, y al fin pudimos salir鈥, cuenta Teresa. El camino fue tan tortuoso, que Helen Margarita Arrieta, una ni帽a de apenas 6 a帽os, muri贸 deshidratada mientras le imploraba a una vecina que le diera agua. Pero en esas tierras no hab铆a ni una gota de l铆quido. S贸lo el inclemente calor de la Costa. Por temor a morir de hambre y de sed muchos regresaron al amanecer del 17 de febrero. Unos a empacar sus enseres y salir definitivamente. Otros, apegados del viejo proverbio de que quien nada debe, nada teme. Una de las que regresaron fue Leticia1. 鈥淗ab铆amos dormido en el monte y mis hijas suplicaban por comida, as铆 que volvimos, despu茅s de que el lechero nos dijo que en El Salado no hab铆an entrado los paras鈥, recuerda. En medio de la zozobra por los disparos que se o铆an a lo lejos, pasaron las aproximadamente 200 personas que a煤n quedaban en el pueblo ese jueves 17 de febrero. La aparente calma se vino a romper el viernes a las 9 de la ma帽ana, cuando de repente vieron el pueblo lleno de hombres armados. No hubo tiempo de huir. 鈥淓stamos en El Salado 隆no joda!. Salgan, partida de guerrilleros, que todo el mundo se muere hoy鈥, grit贸 uno de los paramilitares, y Leticia, que estaba en el lavadero, empez贸 a llorar porque desde ese momento supo que la tragedia tan anunciada ya era inevitable. La muerte se cern铆a sobre El Salado. Org铆a de sangre Las s煤plicas de Leticia se vieron interrumpidas por el espect谩culo de Nayibis, arrastrada por la calle principal del pueblo. 鈥淟a guindaron de un 谩rbol y con las bayonetas de los fusiles la degollaron鈥, reconoce el paramilitar 鈥楧ique鈥 en su versi贸n libre. Mientras tanto, un helic贸ptero que volaba bajito ametrallaba las casas del pueblo. En una de ellas muri贸 destrozado por una bala Libardo Trejos, quien se escond铆a junto a varios vecinos, y cuya sangre ba帽贸 durante todo el d铆a a una ni帽a de 5 a帽os, que desde ese d铆a no ha vuelto a hablar ni se ha recuperado del trauma. Las v铆ctimas, seg煤n testimonios de los sobrevivientes recogidos por SEMANA, fueron elegidas al azar. Algunos porque fueron se帽alados por los desertores de las Farc. Otros, como Francisca Cabrera, porque ten铆an mucho miedo. Otros sin explicaci贸n, como Ever Urueta, que sufr铆a de retraso mental y fue torturado sin piedad para que supuestamente confesara que pertenec铆a a las Farc. Las muertes se produc铆an cada media hora. La gente estaba bajo el sol inclemente, de pie, viendo c贸mo se llenaba de cad谩veres la plaza, y como los paramilitares festejaban su 鈥榟aza帽a鈥. Los paramilitares sacaron los tambores, las gaitas y los acordeones, y con cada muerto, hac铆an un toque. Era un ambiente de corraleja, donde las fieras ten铆an la ventaja y las v铆ctimas estaban indefensas. Los paramilitares reci茅n reclutados ped铆an a sus superiores que les permitieran disparar, como si fuera un privilegio. 鈥淓llos me dec铆an: 鈥榙eme la oportunidad, quiero darle de baja a una persona...鈥欌, entonces yo se la daba, cont贸 鈥楯uancho Dique鈥. Como si fuera poco, violaron a una mujer varios hombres en fila. Se ensa帽aron en las mujeres. A algunas de ellas les metieron los alambres donde se seca el tabaco por la vagina. A todas las insultaron dici茅ndoles que eran las amantes de los guerrilleros. Mientras 鈥楧ique鈥, el 鈥楾igre鈥, el 鈥楪allo鈥 y el resto de los paramilitares se regodeaban en la humillaci贸n y el castigo a la gente, el comandante de la operaci贸n, 鈥楬2鈥, consumaba la tarea principal que se le hab铆a encargado. Ten铆a casi mil cabezas de ganado recogidas y empez贸 la marcha con ellas, guiado por el administrador de la finca Las Yeguas, de donde hab铆an sido robadas las reses de la 鈥楪ata鈥. Al caer la noche, en la cancha yac铆an 18 cad谩veres. El sol inflam贸 los cuerpos muy pronto y los cerdos, atra铆dos por la sangre, empezaron a devorarlos. Cuando los paramilitares dieron la orden de irse a dormir a las casas, muchos encontraron a sus familiares muertos en las calles o en los mismos ranchos. El n煤mero de v铆ctimas ese d铆a, s贸lo en la parte urbana de El Salado, ascend铆a a 38. Y en los alrededores ya llegaba a 28. Esa noche nadie durmi贸, nadie comi贸, nadie bebi贸. Y nadie habl贸. El silencio s贸lo fue interrumpido por las cigarras, el viento que levantaba los techos y las voces de los paramilitares que patrullaron toda la noche. Lejos se o铆an de vez en cuando disparos y risas. Al amanecer los paramilitares segu铆an all铆. Parec铆a que la pesadilla nunca acabar铆a. Parec铆a que se hubiesen quedado para siempre. Entonces, mordiendo el polvo, la gente sac贸 mesas para poner sus muertos, abrieron la iglesia y arrumaron all铆 los cad谩veres para salvarlos de los animales y del sol. Empezaron a cavar fosas en silencio, mientras los paras saquearon las tiendas y empezaron a beber y a bailar. Pasadas las 4 de la tarde se escucharon unos disparos al aire. Era la se帽al de la retirada. Empezaron a salir, borrachos, advirti茅ndoles a los sobrevivientes que deber铆an irse y no regresar jam谩s. A las 5 la gente pudo por fin llorar a sus muertos. Se abrazaban unos a los otros, gritando, revolc谩ndose en el suelo de tristeza. Maldiciendo y pidiendo castigo. Los perros, que hab铆an estado callados todo el tiempo, empezaron a aullar desesperados. El desplazamiento empez贸 de inmediato. Atr谩s dejaban un pueblo herido de muerte. 脡lida Cabrera, que acababa de enterrar a su hermana, s贸lo atin贸 a pensar: 鈥淐olombia es un pa铆s corrupto. En cinco d铆as no hubo nadie que nos ayudara鈥. Pa铆s corrupto Ledys Ortega, una joven l铆der de El Salado que ahora act煤a como inspectora de Polic铆a, fue una de las que encendieron las alarmas. 鈥淓l alcalde no nos escuch贸. Por el contrario, cerraron la carretera y no dejaron pasar a nadie鈥. La troncal de la costa empez贸 a taponarse por las decenas de familiares que se agolpaban all铆 buscando desesperadamente entrar por sus propios medios a El Salado, y ver qu茅 estaba pasando. La Cruz Roja, los noticieros de televisi贸n, todos estaban all铆. Pero nadie pudo pasar. Los militares simplemente dijeron que la carretera estaba minada. Y que no ten铆an helic贸pteros disponibles para una operaci贸n a茅rea. El viernes 18 de febrero a las 8 de la noche, cuando ya la masacre estaba consumada y los paramilitares llevaban tres d铆as cerrando su tenaza sobre El Salado, en la gobernaci贸n de Sucre se hizo por fin un consejo de seguridad, encabezado por el entonces coronel de la Armada Rodrigo Qui帽ones y el gobernador encargado, Humberto Vergara, reuni贸n que bien puede pasar a los anales de la historia como la conjura de la infamia. Seg煤n reposa en el acta, el primer punto tratado fue la informaci贸n del DAS sobre el robo de 500 reses pertenecientes a Miguel Nule Am铆n y a la esposa del ganadero Joaqu铆n Garc铆a, en la zona rural de San Onofre. Tanto el gobernador, Eric Morris 鈥揾oy condenado por pertenecer a grupos paramilitares鈥, como el senador 脕lvaro Garc铆a Romero 鈥揹etenido y acusado de paramilitarismo y de la haber participado en la masacre de Macayepo鈥 y el propio Nule Am铆n 鈥揳liado de los paramilitares鈥 le hab铆an pedido a la Armada, seg煤n testimonios de los oficiales, que movieran tropas para buscar un ganado que nunca se encontr贸 y de cuyo hurto tampoco hubo denuncia formal. Hoy muchos de estos oficiales piensan que el robo nunca existi贸 y que s贸lo fue una coartada para desviar la atenci贸n de los militares y la Polic铆a. En el tercer punto (en el acta falta el segundo) del consejo de seguridad se informa que el 16 de febrero, cuando empezaba la incursi贸n a El Salado, la Polic铆a vio un helic贸ptero Bell, azul y blanco artillado, cerca del r铆o Magdalena y que por acci贸n de la Armada y la Fuerza A茅rea este fue inmovilizado, que los tripulantes se identificaron como miembros de las AUC y que luego incineraron el aparato. El helic贸ptero llevaba munici贸n, y quienes lo piloteaban nunca fueron capturados. Hoy se sabe por testimonios de los desmovilizados que el piloto era Andr茅s Angarita, ex oficial de la aviaci贸n del Ej茅rcito, que lleg贸 a tener un alto rango en las autodefensas, y que ya fue asesinado. El otro, seg煤n testimonios, era 鈥楯orge 40鈥. Lo que nunca se ha sabido es por qu茅 no fueron capturados, si es que el aparato fue inmovilizado, ni c贸mo lograron sobrevivir, si es que fue derribado, como dice la Armada. Ese mismo mi茅rcoles 16 de febrero, cuando se empezaron a ver movimientos de paramilitares y cuando ya hab铆a en varios corregimientos cad谩veres de campesinos degollados, la Polic铆a hab铆a reportado estas muertes que, por sus caracter铆sticas, eran propias de una masacre. Sin embargo, en el consejo de seguridad se advierte que 鈥渆l n煤mero de levantamientos que hizo el CTI es de nueve y no se descarta que aparezcan m谩s muertos producto del enfrentamiento entre las AUC y el 37 frente de las Farc鈥. El consejo de seguridad se cierra con una conclusi贸n demoledora: 鈥淟os delincuentes de las AUC emplearon en sus actos delictivos a guerrilleros de las Farc que los guiaron hasta los campamentos del Frente 37鈥... 鈥淟a modalidad de realizar actos delictivos de civil por parte de los bandoleros de las Farc les permite confundirse con la poblaci贸n civil y pasar a ser campesinos en el momento de un enfrentamiento armado鈥... Hab铆a evidencias de que estaban asesinando civiles y de que era una masacre escalofriante. Aun as铆, todas las autoridades all铆 reunidas prefirieron creer que se trataba de combates entre grupos armados. Basados en esta hip贸tesis 鈥搊 cortina de humo鈥, no hicieron nada diferente a esperar. Teor铆a que nadie, excepto ellos, crey贸. Por eso finalizan la reuni贸n diciendo: 鈥淟os medios de comunicaci贸n, por su af谩n de tener la primicia, no manejan informaciones oficiales; por el contrario, multiplican el drama de las familias y desinforman a la opini贸n p煤blica鈥. En los precarios y manipulados procesos judiciales nunca se ha probado la complicidad de autoridades civiles y militares, o de ganaderos en esta matanza. En cambio s铆 hay muchos testimonios y documentos que demuestran que hubo complicidad, sobre todo en la retirada. 鈥楯uancho Dique鈥 narra as铆 el repliegue: 鈥淪alimos en tres camiones como Pedro por su casa... 鈥楥adena鈥 ya ten铆a todo arreglado鈥. No sobra decir que la justicia nunca encontr贸 pruebas para vincular con la masacre a nadie que tuviera rango militar o poder pol铆tico. S贸lo ahora, cuando en las versiones libres de Mancuso, 鈥楯uancho Dique鈥 y el 鈥楾igre鈥, y los testimonios a煤n temerosos de las v铆ctimas, se empieza a conocer que en esta matanza convergieron intereses econ贸micos de gamonales que ve铆an amenazado su patrimonio por las acciones de las Farc, de narcotraficantes que quer铆an controlar el territorio que un铆a el sur de Bol铆var con el mar Caribe y que era clave para sus negocios, intereses de autoridades que quer铆an derrotar a las Farc mediante la guerra sucia, y de pol铆ticos que ya ten铆an en curso un plan de control total de la Costa. Todo esto junto hizo posible esta barbarie sin l铆mite. El frente 37 las Farc se mantuvo en la zona rural de El Salado hasta el a帽o pasado cuando 鈥楳art铆n Caballero鈥 muri贸 en combates con la Infanter铆a de Marina. El balance final es que en El Salado y sus alrededores hubo 66 muertos. Las v铆ctimas saben que m谩s all谩 del ganado o de la disputa de territorio entre guerrilla y paramilitares, hab铆a intereses estrat茅gicos de mucha gente sobre El Salado. Acto de contrici贸n A El Salado han retornado cerca de 400 familias que saben que su pueblo jam谩s volver谩 a ser lo que fue. Otro tanto de personas se han postulado como v铆ctimas para ser reparadas y siguen de cerca las declaraciones de los paramilitares que cometieron los cr铆menes m谩s atroces contra ellos. Pero las heridas son profundas y dif铆ciles de curar. La guerra en todo caso acab贸 con una comunidad que ten铆a en la tierra una promesa de progreso. Algo que seguramente podr谩n disfrutar otros. Pero no quienes nacieron y vivieron all铆. Desde el a帽o pasado, una empresa de s铆smica busca gas y petr贸leo en El Salado, seg煤n dicen los especialistas, con buenas perspectivas. La muerte de 鈥楥aballero鈥, la seguridad democr谩tica y el retorno han revalorizado las tierras. Empresarios y ganaderos antioque帽os ya han comprado m谩s de 15.000 hect谩reas para ganader铆a o biocombustible. Curiosamente, un mes despu茅s de la masacre, en marzo del a帽o 2000, en otro consejo de seguridad las autoridades locales reportan que la zona ha recobrado la calma. Y que hab铆a buenas noticias. Inversionistas estaban viendo en la regi贸n un gran potencial para sembrar palma de aceite. Cultivos que al parecer nunca llegaron. Quiz谩 tenga raz贸n Eneida Narv谩ez, l铆der representante de las v铆ctimas de El Salado, quien en su silla de madera, con algunos manojos de tabaco sec谩ndose a sus espaldas, dice con toda convicci贸n: 鈥淭odos los desplazamientos los hace la tierra鈥. Publicado en Semana.com 08/30/08 |
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Comentarios
ESTE GOBIERNO SIGUE PREMIANDO PARAMILITARES Y PREMIANDOLOS POR DECLARAR ATROCIDADES COMO ESTA, HASTA CUANDO...?
GOBIERNO CORRUPTO Y PARAMILITAR...
Ahora "La gata" aport贸 plata para el referendo reeleccionista y nada pasa.
Por supuesto las Farc, no se salvan en su responsabilidad por lo que sucedi贸, pero y las v铆ctimas QU脣....la tristeza de quienes sobrevivieron, QU茅!??? , el silencio de los que jam谩s van a volver a ser felices Qu茅?!!. Esto es catratr贸fico ya no hay quien aguante la situaci贸n de este pa铆s..para d贸nde nos vamos? que va a ser de nuestros hijos? con qu茅 valores los vamos a educar??? solo nos queda llorar y llorar. No hay salidas, todo es desilusi贸n!
EN TODO CASO NO TODO LO QUE BRILLA ES ORO Y AUNQUE SUCEDA EN EL GOBIERNO QUE SUCEDA.... TODOS LO SABEN Y LES IMPORTA LO MISMO.....
AVERIGUE DON SABIONDO DE QUIEN ES EL NEGOCIO DE LOS BIOCOMBUSTIBLES Y DONDE QUEDA EL SALADO...... LEA TAMBIEN LA MASACRE DEL SALADO Y SEA MAS RIGUROSO...... NO TENEMOS REY!!!
CON ESA ELITE MORBOSAMENTE CARNICERA Y SINICA, QUE APROVECHA TUS COMPLEJOS PARA SEGUIR CON SU POLITICA DE MENTIRAS Y MUERTE.
SOLO VOTAN POR ELLOS DIZQUE PORQUE PUEDEN IR EN CARRO A LAS FINCAS PERO RESULTA QUE NO TIENEN CARRO Y MUUUUCHO MENOS FINCA
LEVANTATE POBRE VERGONZANTE Y LUCHA AL LADO DE LOS TUYOS
D铆game, le parece a ud JUSTO, las miles de muertes confesadas por estas organizaciones criminales, le parece JUSTO los miles de DESAPARECIDOS, de DESPLAZADOS FORZADOS que viven en su misma COLOMBIA, que murieron en su misma COLOMBIA? SI LE PARECE JUSTO Y/O SI LE ENCUENTRA ALGUNA EXPLICACI脫N A LO QUE PASA EN ESTE PA脥S, LO COMPRENDO... LO ENTIENDO, PORQUE SE QUE UD AUN CREE EN LAS NOTICIAS DE LA TELEVISI脫N Y EN LAS EDITORIALES DE LOS PERI脫DICOS, PORQUE SE QUE SE LE HACE DIF脥CIL COMPRENDER QUE TODO LO QUE CONOCE HA SIDO UNA MENTIRA.
LO QUE NO ENTIENDO, ES QUE SEA CAPAZ DE SEGUIR CREYENDO EN LAS MENTIRAS DE LAS QUE VIVEN "ELLOS" LOS DE ARRIBA A LOS QUE LAS MUERTES INOCENTES LES LLENAN LOS BOLSILLOS
Basta con ver las noticias escalofriantes de Noticias Uno, en este fin de semana para corroborar C脫MO DESDE EL MISMO PALACIO PRESIDENCIAL, EL DAS, Y TODO EL APARATO REPRESIVO, INCRETEMENTADO POR URIBE, han pasado de agache en los otros medios.
Hoy el partido de la U est谩 plet贸rico de criminales o para criminales quienes se han escudado en las toldas del paramilitar "caudillo" y as铆 mantener a la opini贸n p煤blica embobada y descrestada con los tres "emblemas" de su gobierno:
1. La seguridad democr谩tica
2. La confianza inversionista y
3. La cohesi贸n social
Carretazos que SOLO SE LOS TRAGAN LOS CORRUPTOS Y ANTI-DEM脫CRATAS QUE MANEJAN EL PODER PARA SU PECULIO PERSONAL.
Colombiano que no traga entero
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