“No sé por qué ocurrió la masacre de La Horqueta”

 

Una semana antes de que ocurriera la masacre, con mi amiga Magola, realizamos un campeonato de tejo para recoger fondos y llevar a los niños de las veredas a un centro de recreación que queda en la vía Bogotá - Girardot. Todo parecía ir bien, incluso el Ejército Nacional acampó en el sector por varios días, pero la noche del jueves 20 de noviembre, los militares se fueron.

Al día siguiente a las 5:30 de la mañana, mi perrito Wicho comenzó a ladrar muy fuerte. A mi esposo le pareció raro. Se levantó y salió a ver qué estaba ocurriendo. Cuando abrió la puerta de la habitación, había tres hombres vestidos de camuflado y uno de ellos encapuchado. Inmediatamente amarraron a mi esposo y se presentaron como miembros del Ejército Nacional.

— ¿Por qué amarran a mi esposo?

—Tranquila señora es solo por seguridad

Estaba un poco asustada, pero confiaba en que no eran malas personas. Les ofrecí tinto, y mientras se lo tomaban, me dijeron que si podía hacerles sancocho de almuerzo para aproximadamente 50 personas. A mis hijitos no los desperté para que no se asustaran. Una vez me dieron la orden, prendí la estufa y maté dos gallinas. Los tres hombres se quedaron cuidando la finca.

Ese día recuerdo que tenía una cita a las ocho de la mañana con Magola y su esposo Ricardo. Me estaban esperando en la carretera porque habíamos quedado de ir a Girardot a cotizar el valor de las boletas del centro recreativo. Al ver que no llegaba, decidieron subir a la finca para buscarme. Cuando entraron, amarraron a Ricardo y le preguntaron por su hermano. Como no quiso contestar le pegaron y lo trataron mal, después lo dejaron junto a mi esposo y a Magola la mandaron a la cocina para que me ayudara. Ya todos sabíamos que no se trataba del Ejército.

En la cocina, un paramilitar al que llamaban Efraín Homero nos vigiló todo el tiempo mientras preparábamos el almuerzo. En un momento, este hombre se sentó en una butaquita, estaba temblando mucho y yo le pregunté que si tenía sed y me dijo que sí. Pelé y piqué dos naranjas, cuando terminó de comérselas, le pasé un poquito de caldo y le dije que se lo tomara para que la tembladera se le pasara. Solo me miraba, de su boca no salía una palabra. Mientras cocinábamos se nos entraron a la tiendita para robarnos todo, también se llevaron platica y joyas que guardábamos en la casa.

Eran aproximadamente las 11 de la mañana y el sancocho ya estaba listo. Cuando nos disponíamos a servir en platos nos dijeron que mejor en ollas para comer en grupos. Comenzamos a repartir y nos iban diciendo: “Aquí para cuatro, aquí para seis, aquí para diez…”. Mientras iban terminando de comer, algunos bajaron hacía La Horqueta, otros se quedaron en mi finca.

Magola y yo nos sentamos en unas escaleritas a almorzar. Mientras tanto a mi esposo, a Ricardo y a unos vecinos los bajaron por la carretera. Sin piedad, después nos amarraron a nosotras dos. En ese momento Magola se salvó de que también se la llevaran junto con los demás porque dijo que estaba embarazada, así que la dejaron en la casa con mis tres hijitos. A mí sí me juntaron con el resto. Íbamos todos amarrados camino hacia la Horqueta, cuando llegamos a la mitad de la carretera nos encontramos con dos hermanitos, uno tenía 16 y el otro 18, a quienes, también cogieron. Ahí nos detuvimos.

Por lo que alcancé a escuchar, en la vereda de La Horqueta había otro grupo de vecinos amarrados. Mientras les pedían los papeles de identificación los tiraron al suelo. El comandante de los ‘paras’, alias Pantera, estaba haciendo unas llamadas en el Telecom. De un momento a otro se escuchó un tiroteo. En ese instante un paramilitar subió corriendo hacía donde estábamos nosotros, y dijo:

—Hijueputas, hijueputas, mataron a Pantera. Maten a todos esos hijueputas —gritó señalándonos a los seis que estábamos amarrados. Al grupo que estaba en La Horqueta ya los habían matado.

Ese momento todavía lo revivo a diario. Solo pensaba en mis hijitos, no podía creer que tan solo con 13, 7 y 6 añitos se iban a quedar huérfanos. Le rogué a Homero que me soltara, le gritaba que tuviera piedad de mis niños. No sé cómo se conmovió, pues se dirigió hacia la persona que traía la razón de que nos mataran para convencerla de que me dejaran libre.

Creo que fue mi ángel de la guarda. Me desamarraron, con dolor en el alma miré a mi esposo y me dijo sus últimas palabras: “Mamita la amo mucho, cuide muy bien a mis hijos”. No alcancé a dar tres paso cuando escuché los tiros”. El paramilitar que me dejó ir me dijo que no volteara a mirar, ni a llorar, porque me mataba.

Llegué a mi casa, apuré a mis hijos para que se vistieran porque nos teníamos que ir de la finca. Magola me ayudó a ponerle llave a las puertas y salimos volados en un camión que pasaba en ese momento. Al volver a pasar por La Horqueta ya no había ni sombra de los otros paramilitares, solo quedaban los muertos. Pude ver el cuerpo de Pantera tirado en un charco de sangre.

De mi casa salimos sin nada. Lo único que pude guardar y que hasta el momento tengo, es la ropita que nos pusimos ese día. A La Horqueta no quise regresar por miedo a que otra masacre volviera a suceder. No quería vivir intranquila. Solo volví, junto a mis familiares, al día siguiente porque entregaban el cuerpo de mi esposo, pero a él ni siquiera lo enterramos allá, pues trasladamos el cuerpo hasta Bogotá.

Me tocó llegar a la casa de mis papás a un cuartico, porque ni siquiera tenía para pagar un arriendo y la finquita que teníamos en la Horqueta la perdimos. Llegué a Bogotá a la de Dios. El único trabajo que pude conseguir fue en una empresa que prestaba servicios de aseo y desinfección hospitalaria. Me dio muy duro porque no tenía experiencia trabajando y además tuve que limpiar sangre, orines y vómitos.

A mis hijos pude ayudarlos con el estudio hasta el bachillerato. Ahora están trabajando. El mayor es conductor, el segundo es vendedor en una agencia de viajes y el menor es operador en una fábrica de plásticos. Pero de los tres solo el segundo, con mucho esfuerzo, está estudiando en la universidad.

Pedí ayuda al Estado pero en los 17 años que han pasado luego de la masacre, no he recibido nada. Siento que me están engañando, porque me prometen una plática y nunca me ha llegado. La vivienda, el estudio de mis hijos y el subsidio que nos prometieron, a todas las víctimas, también quedó en veremos. Incluso, las razones por las cuales sucedió lo masacre todavía no las sé”.

Yo sobreviví al conflicto es un proyecto de periodismo testimonial y participativo que le da continuidad a las Rutas del Conflicto, proyecto de Verdad Abierta y el Centro Nacional de Memoria Histórica, y que busca que las víctimas cuenten su propia historia sobre hechos poco visibles. Usted puede mandar su testimonio a Tu memoria cuenta www.rutasdelconflicto.com.

Durante la documentación de la masacre de La Horqueta, el proyecto Rutas del Conflicto de Verdad Abierta y el Centro Nacional de Memoria Histórica contactó en octubre de 2014 a varias víctimas para que contaran su versión de estos dolorosos hechos. El nombre de las personas mencionadas en la historia fue cambiado por razones de seguridad. En mayo de 2013, varias víctimas pidieron en un tribunal de Justicia y Paz que se aclare la participación de militares en esta masacre.

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