Mujeres víctimas de la masacre del Naya

El informe La verdad de las mujeres recogió varios testimonios de las habitantes de la zona del Naya que han sufrido la pérdida de seres queridos y diferentes tipos de violencia por parte de los grupos armados.
El conflicto narrado por mujeres


masacredelnayaLa vida en el Naya antes 
El diverso panorama étnico presente en la zona del Naya en el departamento del Cauca le imprime al territorio particularidades interculturales. La región del río Naya es un territorio conformado por comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas que arribaron a la zona en distintas épocas. A finales del XVII la comunidad afrodescendiente llegó como mano de obra esclavizada junto con el establecimiento del distrito minero de Barbacoas (Díaz, 1994:85; Mosquera & Aprile, 2001). A mediados del siglo XX se asentaron en la parte alta de la región familias indígenas Nasa que huían de la violencia en el departamento. Además, entre los años ochenta y noventa, las oportunidades económicas derivadas del cultivo de la hoja de coca incentivaron la llegada de comunidades campesinas. 


Desde el año 1990, la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) ingresa al territorio donde el control del mercado de la coca se disputó con la llegada del Ejército de Liberación Nacional (ELN). Desde el año 2000, las AUC tenían presencia militar en la zona plana del norte del Cauca y controlaban el acceso terrestre al Naya. Antes de la presencia de estas organizaciones armadas, la convivencia era muy placentera.

En el Naya había un resguardo indígena y una JAC [Junta de Acción Comunal], era una vida muy tranquila… Estaba la Junta de Acción Comunal, que era la que impulsaba el proceso. La vida en el Naya, se podía vivir al lado de la familia, de los amigos.

En dicha región, hace más de una década, se perpetró la masacre del Naya. Durante los días 10 al 13 de abril del 2001, cerca de 500 hombres de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) bloquearon el acceso a la zona y recorrieron el territorio, matando no menos de 40 personas, incendiando las casas, amenazando y obligando a huir a sus pobladores. Los hechos fueron realizados por paramilitares al mando de alias “HH”, comandante del Bloque Calima de las AUC quien fue extraditado a los Estados Unidos y sometido a la justicia de ese país con el resto de altos jefes paramilitares por narcotráfico. La incursión paramilitar afectó por lo menos 15 poblados de la región, dejó más de tres mil personas desplazadas y un número superior a 100 asesinatos. De esas víctimas asesinadas solo se han encontrado cerca de 45 cuerpos. Sus víctimas han manifestado públicamente que la intervención paramilitar fue alentada por sectores interesados en abrir la zona a la explotación minera.

Los desplazados huyeron hasta pueblos del norte del Cauca y la mayoría de las víctimas, mujeres, niños y niñas, permanecieron meses hacinados en varios centros de acogida, pero paulatinamente la mayoría de la población, en una decisión colectiva de resistencia decidió retornar al Naya poco a poco. Actualmente la mayoría de las mujeres indígenas víctimas de la Masacre del Naya se encuentran reasentadas en el resguardo de Kitek Kiwe, municipio de Timbío. De esta masacre y arremetida paramilitar, sólo han sido reconocidas por el Estado como víctimas a 42 personas, frente a las 100 que fueron denunciadas por la comunidad. Hoy en día más de 50 personas de la región del Naya permanecen desaparecidas.

Las mujeres sobrevivientes a la masacre identifican que con la extradición de los comandantes paramilitares se está perdiendo la verdad. Aunque el Consejo de Estado responsabilizó por omisión y falla en el servicio a la Fuerza Pública por no evitar la incursión paramilitar, ordenando al Estado reparar a las víctimas por daños morales y alteración grave de las condiciones de existencia, la justicia penal no ha avanzado en las responsabilidades de otros autores intelectuales y superiores, como políticos departamentales y nacionales, militares y empresarios, pese a las declaraciones dadas por “HH” en el juicio seguido contra el Bloque Calima.

El desplazamiento forzado causado por la masacre fue masivo, la mayoría de sobrevivientes de la masacre fueron mujeres que quedaron viudas, estuvieron desplazadas durante tres años en la Plaza de Toros del municipio de Santander de Quilichao, en graves condiciones de hacinamiento. La violencia contra los pueblos indígenas si bien ha sido un proceso histórico que viene desde la Conquista de América, no ha cesado, y los territorios que habitan actualmente aún siguen en disputa por la importancia geográfica y riqueza natural y mineral que contienen.

Los hechos de violencia se iniciaron con los asesinatos y amenazas a los líderes y lideresas de las comunidades. Durante el año 2000 el actor armado con mayor presencia y control en el territorio era el ELN.

La presidenta de la JAC, en octubre del 2000 es retenida por la guerrilla. No la dejaban salir de la zona. La guerrilla decía que como salía a Buenos Aires cada 15 o 20 días, que ella le daba información a las AUC. La sancionan y no la dejan salir del territorio.

 

Dos meses después, asesinaron al gobernador del cabildo y las mujeres y hombres líderes fueron amenazados y obligados a salir del territorio.

El 12 de diciembre de 2000 matan al gobernador del cabildo, la guerrilla del ELN. Como a eso de las nueve de la mañana más o menos, él estaba en un sitio llamado La Mina desayunando. De ahí lo sacaron y lo bajaron como unos 300 metros y en una cañadita lo mataron y le colocaron el bastoncito en la mano así pegado con una peña y un letrero que decía “eso le pasa a los sapos”. El secretario alcanzó a volarse… Esa noche de la velación, la guerrilla fue a buscarla a la casa [a la presidenta de la JAC] pero ella estaba donde un hermano, le dijeron a la mamá que le daban un día para que se fuera. Tenían que sacar a los líderes de la zona, caminaron toda la noche, en el Ceral la sacan en una camioneta, la mandan para Silvia [Cauca] lejos de su familia.

Uno de los motivos de la incursión paramilitar fue para expulsar la presencia del ELN en esta región del Cauca. En este orden de ideas, el sentimiento colectivo de una comunidad como la del Naya que vive en una zona de disputa territorial y convive entre el fuego cruzado sin la presencia efectiva del Estado, explica la necesidad de tomar partido por alguno de los actores en contienda, como medida de protección frente al contrario.

Cuando en el Naya la guerrilla nos quitó todo, ay ahí sí quise como volverme loca y yo no me explicaba el por qué esa gente había tomado esa decisión. Así, sin tener un argumento real de porqué nos quitaba las cosas… Como eso fue antes de los paramilitares, como yo sabía que los paramilitares eran los que seguían la guerrilla, ¿sabe qué decía yo en mi ignorancia?: “no, yo me voy a meter a los paramilitares y les voy a decir dónde está la guerrilla en el Naya para acabarlos”.

Incursión paramilitar, masacre y atrocidades
Otro de los motivos del ingreso de las autodefensas estaba relacionado con el valor de los recursos naturales que existen en ese territorio. Las mujeres destacan la importancia de la tierra por las riquezas que contiene y el interés de apropiación por parte de los grupos armados al margen de la ley y por el propio Estado.

Entra un grupo de la Agustín Codazzi, para buscar unos sitios estratégicos, que para hacer pistas de aterrizaje. Ellos quieren hacer una represa allá, por la riqueza del territorio. Lo que es el agua, la fauna y la flora es muy rico en el Naya. El Naya, en primer lugar es como un sitio estratégico para los grupos armados que están allá, como es la guerrilla. También porque es una zona muy rica en minerales como es el oro, el agua, la misma biodiversidad que tiene. Estratégica también… para la explotación de la coca. Como de eso se lucran pues los grupos armados…

La masacre se efectuó porque el Naya es un sitio estratégico para los grupos armados para el cultivo de coca, es muy rico en minerales, agua y oro. Nadie tenía títulos de eso a pesar de que vivían 60 años allá, lo que querían era que el territorio quedara desocupado, por eso no lo dejan.

También las mujeres identifican cómo el ejército y los paramilitares actuaron de manera conjunta para producir el desplazamiento de la comunidad del Naya y conseguir que se abandonara el territorio.

El ejército en busca de los secuestrados de la María entra a la escuela, empiezan a preguntar que si sabían dónde estaba la guerrilla. Le decían que ella no quería avisarles, que hacía parte de ellos: “atrás de nosotros vienen otros y a ellos sí tienen que decirles”. Los retenían para preguntar cosas, les decían que algún día tenían que desocupar el territorio…

… desde el tiempo que llevaron unos secuestrados al Naya, desde allí empezó a complicarse la situación. Cuando entró el ejército a rescatarlos la cogieron a que se dejara fotografiar, ella no se deja y le dicen que esperara que llegaran sus primos. El ejército estaba cerca cuando entran los paramilitares.

Los habitantes de la región eran escépticos ante la llegada de los paramilitares, aunque era un secreto a voces. El fantasma del miedo y la zozobra rondaba al Naya antes de la incursión paramilitar, pero muchos pensaron que la presencia de los grupos guerrilleros impediría el ingreso de las AUC. Ese fenómeno se dio también en otros lugares del país en donde la falta de experiencia previa y el control de la zona a que estaban acostumbrados impedían tener una evaluación más realista de la situación, y donde no se imaginaban las actuaciones atroces contra la población civil por parte de los grupos paramilitares.

Digamos desde el 2000 se escuchaba que las Autodefensas estaban en Timba. Desde el 2000 se escuchaba. En el 2000 estaba el comentario que las Autodefensas se iban a entrar pa’l Naya, que iban a entrar pa’l Naya.

Eso ya tenía unos meses que estaba advertido que iban a entrar, que iban a entrar. Yo sí le decía a mi esposo “Dios mío, mire que esa gente va entrar”, “¿usted tiene mucho miedo?”, “yo sí, tengo miedo”, le decía. Porque fuera que ellos entraran y no le hicieran nada a uno, no lo mataran, mi marido me dijo: “pues de todas maneras el decir de la guerrilla es desde que estuvieran ellos, no pasaba nada”.

Las mujeres identifican que ante las advertencias del ejército de la llegada de los paramilitares ocurriría un desplazamiento forzado. Este se hizo efectivo cuando estos comenzaron la incursión en el territorio, cometiendo asesinatos y realizando amenazas. Las mujeres y sus familias se vieron obligadas a abandonar sus viviendas, enseres y animales, huyendo para proteger sus vidas y las de sus seres queridos.

Cuando entró esa gente ella estaba lavando, llegó su hermano corriendo, ellos vivían en la playa, vino a avisarles que entraba esa gente… Estaba asustada, no tenía aliento para caminar, iba con los niños, jalándolos. Los hombres iban a estar vigilando. La gente comenzó a salir, desplazándose por las fincas, día y noche caminaba gente. Vio que salía la gente, le decía al esposo que se fueran. El comentario era que estaban [los paramiliatres] por Pico de Loro que era el camino más feo. Ella le dice que se vayan, casi no comía, pensaba que en la noche les iban a llegar. Estuvieron 15 días así asustados, no se iban por falta de dinero. La gente se estaba albergando en el Cabildo del Diamante. Todo estaba oscuro, había barrialeros, se caían. Estuvo ocho días en el Diamante. Luego se va para Timba.

Tan pronto que empezaron los asesinatos, la orden de abandonar las viviendas era perentoria. Uno de los propósitos más evidentes de la masacre era desplazar a la población para copar y controlar el territorio.

Había ido a visitar a la hija que vivía en el Valle. Cuando se iban a regresar, llegaban dos cargas de revuelto [alimentos]. Por el día miércoles entró las AUC. En el Sereno, donde la hija, vio un muchacho que corría en pura carrera para abajo, bajó agitado y dijo que venían las AUC. El comentario estaba antes pero no creían. Cuando menos pensaron entraron las AUC. La hija había acabado de tener un bebé. Luego escucharon los tiros. Empezaron a ver gente que salía. Habían dicho que daban cinco horas para que salieran. Salieron a las siete de la noche. Veían los muertos por el camino a Palo Solo. Estaba lloviendo. Llegan a la Aguapanela y había más gente refugiada. Tenían mucho miedo. Decían que los muertos estaban amontonados.

Dijeron que según ellos venían a acabar todo el Naya, que ellos iban a hacer una limpieza grande en el Naya. Eso fue lo que contaron los muchachos que han visto matar esa gente… Han dado apenas cinco horas para que nosotros desocupemos este territorio y que los que no se van son porque son guerrilleros y los matan a todos.

La región del Naya fue cercada. La población no podía salir ni entrar al territorio, no podían circular libremente. Antes de ordenar el desplazamiento forzado, los paramilitares confinaron a los habitantes de la zona. Matar a los presuntos guerrilleros era más fácil prohibiendo la movilización de las personas. Los testimonios de las mujeres expresan el horror de la masacre y la constricción entre el desplazamiento y confinamiento.

Hace diez años, el 10 de abril entraron las AUC a masacrar la gente en el camino. Por todo el Cauca mataron los campesinos. Los que iban saliendo los iban matando y tirándolos al abismo. No entra ni sale gente del Naya. Pensaron que era la guerrilla. Vivió con su esposo 26 años. Sintió que algo le iba a faltar en la vida. Llegó la noche y no dejaban salir, ni entrar a nadie.

El desplazamiento forzado de la población civil en el Naya fue masivo. La manera permanente y continua de asesinar a sus habitantes fue la forma más eficaz de sembrar el terror y obligarles a abandonar su territorio. El desplazamiento se realizó a pie. La comunidad caminaba por las trochas y los caminos, y durante la ruta estuvo acompañada de asesinatos y de cadáveres durante el recorrido.

Desde el 2000 se escuchaban que las AUC estaban en Timba, que iban a entrar para el Naya. No creían que fueran a entrar, la gente decía que no entraban. El 24 de diciembre del 2000 fue el desplazamiento del Ceral y el 11 de abril fue el desplazamiento del Naya. Reunieron las comunidades y les dijeron que tenía unas cuantas horas para irse, que las casas tenían que quedar abiertas. Cogieron los niños como fuera, salieron, empiezan a salir y ven cadáveres al paso. Estuvieron en medio del enfrentamiento. En Alto Sereno habían matado a otros vecinos. En la Aguapanela, cogieron otra vez por la trocha con los niños en la mano. Más muertos por el camino. En la radio escucharon que mataron a Daniel Suárez en Patio Bonito. Caminaron dos días por la trocha, hasta llegar a un punto llamado la Silvia en que los recogía la chiva [el bus]. Iban alrededor de 100-150 personas. En el Ceral estaba el ejército y no los iban dejar pasar, no sacaron nada. Llegaron a Santander donde unos amigos por ocho días. Los líderes hablaron con el alcalde y les dieron albergue.

El relato de las mujeres sobre cómo sufrieron el desplazamiento, permite identificar la desesperación de las familias y las mujeres por sus seres queridos. Los paramilitares parecían estar en todas partes, pues la comunidad vivía constantes requisas y atropellos, que eran casi imposibles de evadir. Algunas mujeres sobrevivieron a los consecutivos tratos inhumanos y degradantes, otras fueron obligadas a presenciar la muerte de familiares y otras más fueron asesinadas.

Vio a alguien corriendo, era una señora y le dice que “entró las AUC, que vienen matando a todo lo que encuentre, adultos, ancianos, niños, todos”. Cuando sintió la balacera para el río Mina, estaba con tres nietitas. A las 4 – 5 de la tarde empezó a salir la gente del Playón, salieron por el mismo camino. Vio gente que cogía por varios caminos. No sabía cómo hacer solita. Se encomendó a dios. Decide quedarse, amanece sola con los niños, no le provocaba comer. Con niños pequeños y enferma, el hermano le trae la mula, cargan la remesita y salen por un filo. Donde una vecina amanecieron. Pensaba en la hija que salió cuando entró las AUC. Se escuchaba de la gente que habían matado. A los dos días entró la hija a buscarla con una amiga. Se albergaron con otras personas que salían. Salieron unos 20, con niños y adultos. Con los nervios de encontrarlos, llegan a Campamento a las siete. Era un lugar de paso. Al otro día cogen camino de nuevo, paran en algunas partes, los niños cansados, llegan al Diamante. En el camino a esperar la chiva que iba para Timba. Se quedan en la escuela en Timba. Allí se encuentra con la hija. Cuando la hija salía, llegaron las AUC y pararon a investigar a las personas, les requisaron las maletas, las dejaron ir. Corrieron a coger las maletas, robaron a las personas. Cuando iban corriendo, otro grupo de AUC la llevaron sola a un cuarto. Le movían la cabeza y le decían que ella era guerrillera. A lo último la dejaron ir pero antes la golpearon y le dijeron “piérdete”, y ella salió como tonta. Ella se va y allí cogieron el carro.

La brutalidad y barbarie que acompañaron la incursión paramilitar continúa siendo una huella indeleble de dolor y frustración en la vida de las mujeres. Los relatos dan cuenta de la crueldad y del mensaje de miedo que dejaban ante la comunidad. La forma en cómo algunas mujeres fueron torturadas y asesinadas muestra el terror ejemplificante y las crueldades de que fueron objeto. La mujer testiga de los hechos aún se encuentra con una profunda afectación.

Ella venía con una sudaderita verde y botas y a ella se la dedicaron, que si era guerrillera, que era guerrillera. A ella la golpeaban. Como ella tenía un cabello largo hasta por aquí, le cogían unos manojos de cabello y se lo arrancaban y le decían “ve gran hijuetantas, confesá que vos sos guerrillera”. Ella decía “no, yo no soy guerrillera, yo trabajo en el Naya, yo trabajo en Corinto” y ella les suplicaba, les decía “por favor no me vayan a matar”. Entonces le decía uno de los paramilitares, le decía “no, si usted está muy fresca pa’ nosotros” y la cogían, le tocaban los senos. Le dijeron que estirara el brazo así y la chuzaban como con unos ganchos. La chuzaban y le arrancaban los pedacitos de piel y esa muchacha lloraba y gritaba muchísimo. Hasta ahí fue la última vez que yo vi a la muchacha. Si, ella apareció después. Le mocharon la cabeza, le cortaron los brazos. Si, ella fue la que mataron en el Ceral. Le mocharon la cabeza y la cabecita se la metieron en una estopa y la tiraron para la carretera así pa’ abajo. La encontraron en la carretera.

Las acusaciones a la población de ser informantes y colaboradores de la guerrilla, fue uno de los argumentos que utilizaron los paramilitares para asesinar a decenas de personas. Algunas mujeres presenciaron las muertes de sus compañeros y de otros habitantes de la comunidad. Sobrevivieron a episodios de violencia y tortura y crueldades extremas perpetradas frente a ellas.

Guillermo estaba sentado en el barranquito… cuando él se iba a parar, ya los teníamos ahí en la casa… y le pusieron el fusil acá atrás y le dijeron: “ya te ibas a volar”. Lo trataron mal, lo patearon… A mí se me entraron a la cocina, me pusieron el fusil aquí, aquí en el pecho me lo pusieron para que yo dijera dónde estaba la guerrilla. A él lo tuvieron amarrado en el palo y lo patearon y todo eso… Entonces ellos llegaron dos trabajadores a comprar una gaseosa ahí y… los cogieron a los dos muchachos… y los amarraron juntos con Guillermo, con el esposo mío… De ahí llegaron ellos y cogieron todo. Lo que no se comieron ellos lo tiraron al suelo, lo dañaron. La ropita mía, los colchones los dañaron a ver si había armas de guerrilla. Yo le dije: “señor, aquí no estamos enseñados ni acostumbrados a guardarle armas a nadie”… Ahí mismo cogieron y desamarraron a Guillermo, desamarraron a los otros muchachos y a mí me echaron para adelante. Entonces dijo: “la señora no la deje adentro porque ella va y le avisa a la guerrilla”. Entonces un moreno alto me sacó, dijo: “camine, vamos doña que aquí no hay que dejar cabo suelto”. Entonces ahí fue cuando ya nos sacaron a todos y a mí, a mi nietecita. La casa así abierta. Me llevaron a todo el filo para que viera matar a mi esposo y a Wilson y a este otro muchacho. De ahí, para mí se me acabó la vida, desde el 10 de abril para mí se me acabó la vida, se me acabó todo. El vivir con él. Todo se me derrumbó. Después de que él se murió, todo se me fue al suelo… A él le pegaron un tiro en la boca, y como él no podía morir, como él no moría, entonces lo apuñalearon también. A los otros los hicieron con motosierra.

Las mujeres fueron obligadas a cubrir las necesidades de alimentación contra su voluntad a grupos paramilitares. Algunas de ellas fueron obligadas a cocinarles a los paramilitares, mientras eran acusadas de ser las cocineras de la guerrilla. Hechos a los que se les sumaron actos de saqueo y pillaje, como dejarlas indocumentadas para arrebatarles el reconocimiento de ciudadanas.

Les sacaron las cosas de la tienda y las pisoteraron… Les mandaron a hacer las comidas a ella y a la hermana con las cosas de la tienda y se llevaron las cosas. Cogieron las gallinas para cocinar… Les requisaron la casa, les picaron la ropa, la cédula, les robaron dinero. Uno hacía preguntas y el otro hacía daños, y les dejaron toda la comida. Ellas del miedo no iban a comer. Ellos decían “vámonos”. Se llevaron una olla con comida. Les decían que se fuera con ellos para servir la comida.

La memoria de lo que ocurrió en el Naya no se agota en los hechos acontecidos entre el 10 y 13 de abril de 2001. Además de la masacre y el desplazamiento forzado, se suma la disputa por los territorios ancestralmente ocupados por comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas, ahora en disputa por la Universidad del Cauca y el Incoder. “Mientras desde 1999, el Consejo Comunitario de la Cuenca del Río Naya, le solicitó al extinto Incora la titulación colectiva de las tierras que ocupaban las comunidades de esta región, solicitud que empezó a dar trámite esta entidad. A la par la Universidad reclamó en 2003 su derecho a la propiedad privada, según documentos que así lo prueban y que datan de 1827”.

Después de la masacre nos vinimos a enterar que las tierras del Naya donde toda la vida hemos vivido que supuestamente son de la Universidad del Cauca. Entonces yo digo que de pronto la misma Universidad o el mismo gobierno se hicieron ese complot para que los paramilitares entraran a desalojar la gente de allá, porque eso era lo que ellos querían que el territorio quedara desocupado… Unos casi dos o tres meses, el territorio casi quedó solo pero después de eso nosotros dijimos “así nos toque morirnos, nosotros volvemos a la región, porque esa región no la vamos a entregar, así como se dice, en bandeja de plata”. Nuestros abuelos lucharon mucho para fundar esa región.

Impactos en las mujeres indígenas
Los hechos que se vivieron en el Naya marcaron la vida de las mujeres, quienes en su mayoría salen desplazadas y con el reto de reconstruir su proyecto de vida en espacios ajenos a su territorio. El territorio es la primera de las pérdidas, elemento que no solo encierra un simple valor económico sino espiritual sobre todo para los pueblos indígenas.

La tierra es como la madre de uno, porque es el sitio de vida del ser. O sea como pueblo indígena, para mí significa mucho dejar la tierra… si voy al bosque y con solo mirar que en el Naya son esas montañas mientras que acá hay es bosques muy reducidos… Uno siente como que allá se le quedó el ombligo, como parte de la vida de uno. Entonces yo pienso que cuando uno cambia de un territorio a otro, lógico uno siente ese desarraigo porque es como la madre de uno que se le queda, pues como en el sitio de origen… Todo un sacrificio, un esfuerzo que uno ha hecho durante todo un ciclo de vida donde ya tenía como dice un plan de vida.

Deja todo lo que uno tenía ya en su cultivo, deja todo y la tierra allá… O sea acá también hay territorio pero la tierra de allá es incomparable a la de acá, una tierra muy fructuosa como para uno trabajar en la agricultura. Es una tierra con más calcio en su tierra que las de acá porque estas tierras de acá ya están explotadas, ya tienen un ácido y allá son unas tierras muy buenas. Es como si uno dejara un hijo o una mamá porque lo que más le duele a uno separarse de uno un hijo y una madre, una persona muy cerca de uno.

A la privación del territorio debe sumarse la pérdida de otros bienes. Las pérdidas materiales significan un perjuicio para cualquier víctima.

Salimos solamente con la ropa. Como quien dice así, como estamos aquí así. Salimos, sin nada. Los que de pronto pudieron tener lo del pasaje, pero lo demás todo se quedó allá.

Pues yo acomodaba, era lo más principal papeles. Así la ropita lo que más yo podía. Porque de verdad eso todo se queda, dejamos puertas abiertas y nos fuimos para arriba. Los que tenían sus pollitos así criando se los iban llevando porque eso uno no puede salir para la finca si esa gente se riega. No puede salir uno ni a buscar. De resto todo se quedó, animales, todo se quedó.

El desplazamiento forzado no significaba simplemente la pérdida del territorio y de unos bienes sino que en algunos implicó la desintegración familiar, ya que unas personas no abandonaron la región viviendo en condiciones de precariedad e inseguridad.

Al dejar el territorio es algo muy profundo porque de todas maneras uno deja un territorio. No solamente queda la tierra, queda la familia allá, la mayor parte de la familia.

La sensación del desarraigo para la población indígena del Naya implica la desconexión con sus vínculos ancestrales, que representan modos de vida y modos de entender la realidad. En el caso de las mujeres, cortar con esa relación implica asumir nuevas prácticas culturales y otros roles sociales en espacios desconocidos.

A uno le hacía falta su comida, lo que era el plátano... la comida propia… la arracacha, todas esas cosas. Uno al comerse unas lentejas sin plátanos, sin papa, un agua de lentejas, eso era arroz no más… Cuando yo llegué nos daban una colada de bienestarina [tipo de harina enriquecida], y era una bienestarina que ya se había pasado, un sabor todo maluco y que le tocaba a uno comerse esa comida… Mis hijos se enfermaban mucho, eso les daba mucho daño de estómago y vómito, y yo con semejante barriga [embarazada] con ellos enfermos. Porque a mí me tocó lidiar a mi sola, como le digo. Ya mi otra hija se fue a trabajar a Cali, dijo “no mamá, para nosotros vivir esta vida así, yo me voy a trabajar para ayudar” y ella se fue a trabajar a Cali, y yo me fui a luchar ya con mis otras hijas.

Esos nuevos escenarios implican procesos de difícil adaptación que se suman a las graves situaciones de pobreza y violencia vividas en sus territorios de origen. Mujeres, hombres, niñas y niños víctimas del desplazamiento forzado se enfrentan a varios procesos de discriminación en los diferentes lugares de asentamiento. Espacios donde en muchas ocasiones se les criminaliza y revictimiza.

El campo, la libertad del campo que había allá, que uno salía cuando quisiera a jugar… Uno allá podía salir, cuidábamos las gallinas, las vacas, que mi abuela tenía. Ahora en la escuela lo miraban a uno y dicen ahí vienen los desplazados. Claro, a uno lo hacían sentir mal. Entonces no compartía con los demás niños de la escuela, por eso porque era solo con los de la plaza de toros que nosotros andábamos… Que teníamos que ir con uniforme, yo le decía a mi abuela que no, que “yo no quería ir más a estudiar’. Nosotros no íbamos con uniforme, sino con ropa así normal. Eso era lo más duro de la escuela, que lo discriminaran mucho a uno, eso es lo que más me acuerdo.

Al principio todo el mundo nos miraban con desconfianza. Todo el mundo nos decían que éramos guerrilleros, que por algo nos habían sacado de allá. Que por nada no estábamos ahí. Que estábamos pagando, lo que supuestamente éramos nosotros de allá donde vivíamos. Si había mucha gente solidaria con nosotros, llegaban así ayudas en cuanto a remesa, botas, pero había mucha gente que si nos miraban como con desprecio, como que nosotros éramos el estorbo de ahí de Santander. Me acuerdo tanto que un día que eran unas ferias decían que: “por esos maldingos desplazados que están ocupando el coliseo no vamos a poder organizar las ferias”.

Yo decía, no es que esa palabra desplazado, esa palabra a mí me chirriaba los oídos. Yo no la quería escuchar, yo no quería saber de eso. Cuando a uno lo discriminan, ve esos desplazados, ¡uy! me provocaba coger agua y tirarles, para que no dijeran así. Eran palabritas que lo molestaban a uno. Nosotros decíamos: “población víctima”. Fuimos población víctima sin culpa o que nos tocó pero no lo aceptamos. A nosotros nos toca asumir la carga de las demás familias porque éramos pues las personas que liderábamos.

Estos acontecimientos terminan por manifestarse física y emocionalmente. El miedo constante, la rabia, las enfermedades continuas y la sensación de un proyecto de vida destruido, forman parte de las consecuencias del desplazamiento. También son parte de un duelo cultural de quienes han sido despojados violentamente de sus raíces, su forma de vida y su cultura. Un territorio en el que la inseguridad y el miedo contrastan con la experiencia previa de las mujeres en sus territorios y aumentan la sensación de pérdida.

Yo tengo más miedo salir así a Timbío, le tengo pavor. Yo voy a Timbío y yo me vuelvo otra vez pa’cá porque a mí me da mucho miedo. Sin embargo, yo en el Naya cuando salía, cuando salía con mi esposo y todo, a mí no me daba nervios, no me daba miedo… pero cuando salgo aquí, si al caso de que yo me voy de aquí pa’ allá, pa’ Timbío a pie, yo siempre quien me va a coger quien me va… ¡Ay Dios mío! a mí me da mucho nervios, mientras que allá en el Naya no me daban nervios.

La esperanza de vida que a mí me daban era muy mínima, porque supuestamente a mi familia le habían dicho que uno recuperarse eso era mejor dicho era un milagro... Pasé más o menos como unos seis meses que a mí me programaron para una cirugía. Yo no me quise hacer la cirugía. El día que me tocaba la cirugía me fui para el Naya, no me presenté. Como a los veinte días me tocaba un control y yo fui. Entonces el médico me dijo que por qué no había ido el día de la cirugía. Yo le dije: “yo le tengo pavor de que me rajen un pedacito de mi cuerpo, yo no quiero quedar con cicatrices y entonces por eso yo más bien le huí a la operación”. Como que la vida mía está en el Naya, cuando fui al Naya fue como si hubiera vuelto a nacer. Era como que necesitaba ese oxígeno nuevo de allá.

Los impactos de la violencia han sido tales que muchas mujeres han requerido un acompañamiento psicológico para tramitar sus duelos. No es fácil asumir la muerte y los horrores sufridos por sus seres queridos, así como la pérdida de los proyectos de vida por el desplazamiento forzado.

A mí me ha afectado todo eso de ver como mataron a mi marido. De ver como mataron la gente ahí en el Naya. De ver como sacrificaron los dos señores. La salida a mí me dio más duro porque yo no salí con ningún familiar, yo salí fue con mi hija, con mi nieta que tenía cinco añitos y que vio matar al abuelo y vio matar la gente ahí. Hace 12 años y yo todavía tengo esto aquí grabado en la cabeza de ver cuando pisé los muertos, de ver que me tocaba pararme así para un ladito para no caerme abajo. De ver lastimadamente como estaba destrozada esa gente de allá del Naya. Yo todavía estoy con psicólogos porque todo eso me ha afectado a mí y sigo afectada de eso…

Las afectaciones de las víctimas se mueven en el plano de lo personal y lo colectivo. Es particular en estos escenarios de conflicto el interés de los actores armados por romper con toda expresión comunitaria que permita procesos de unidad para la reclamación de los derechos. El asesinato de los líderes y lideresas y la fragmentación de las familias son los instrumentos utilizados para romper el tejido social.

Pues para nosotros organizativamente con la muerte del gobernador ahí se puede decir paró un proceso, porque ya los demás que como que trabajábamos con él nos tocó abandonar también la región. La comunidad quedó ya como se dice una comunidad huérfana porque no había quien tomara el liderazgo, quien dijera “bueno, vamos hacer esto o hagamos acá”, porque no había quien nos guiara. O sea se desintegró tanto la comunidad como las familias. Hubo muchas familias que salieron y no pudieron reunirse todos, porque el uno se iba para Planquisa donde un amigo porque no quería vivir allá en ese coliseo de ferias, que uno dormía y el agua le corría por debajo de las costillas. Entonces mucha gente buscaba de pronto irse a pagar un arriendo o donde un amigo. Hubieron familias que pasaron por ahí hasta por unos tres meses. No se sabían si eran… del mismo núcleo familiar, porque el uno estaba por allá, el otro por Jamundí, el otro en Timba, el otro en Santander, en Corinto. Entonces eso se generó una distanciación, una rotura familiar y comunitariamente.

En el caso específico de las afectaciones de las mujeres, el testimonio colectivo da cuenta de un proceso marcado por las condiciones históricas de discriminación, a los que se suman los eventos tras la reubicación en Santander de Quilichao. Así como nuevas manifestaciones de rabia y agresividad no solo de los varones cercanos (esposos, padres y hermanos), sino también por parte de otros con quienes comparten y cohabitan en el nuevo espacio.

Los hombres de por sí yo digo que ellos han sido valientes y sobre todo nosotras como mujeres en este caso fuimos valientísimas. Pero los hombres han sido como que si les pasan las cosas y ya, como que se les olvidó y ya, yo los notaba así. Eran rústicos conmigo, conmigo era “¡vea, vaya! y con gritos. Yo lo único que quería decirles era no griten, no me griten. Otras compañeras decían, “ve, este por qué me grita”. Comenzaban pues los conflictos, porque los gritos venían de los hombres hacia las mujeres. Muchas no estaban acostumbradas a que otro señor que no fuera el marido o el papá las vengan a gritar. Claro, ellas se enojaban. Esas eran las peleas diarias ahí, pero eran por los gritos de los hombres… Comenzando del qué hacer, del diario del almuerzo y las mujeres nos fuimos volviendo, uno diría acostumbrándonos a aguantarnos eso.

Las mujeres en muchas ocasiones optan por callar y “seguir aguantando”. Permanecer en silencio representa para ellas una estrategia de protección para sí mismas y para su familia. La precariedad de condiciones para la tramitación de los duelos, el miedo continúo y la permanente sensación de estar en peligro, se acompañan de la incredulidad para construir nuevas relaciones afectivas con hombres. El miedo y el dolor también se trasladan a este espacio de la vida de las mujeres, recreando de esta forma el impacto que sufre el proyecto de vida femenino en escenarios de conflicto armado.

Lo único que digo es que hace 10 años voy a decir a todas las mujeres que están aquí, hace 10 años que perdí a mi esposo. Voy a decir que soy cobarde, pero en 10 años a mí me da miedo, me da miedo volver otra vez a recuperar otra vez mi hogar, me da miedo conseguir otro hombre. De que yo vuelva a tener otro hombre sabiendo que el que yo tenía era el primero ya para mí, el primero era mi hombre, mi marido, mi esposo. Para yo volver a conseguir otro, a mí me daría mucho dolor, me daría mucho miedo. Entonces eso se lo puedo decir a cualquiera, se lo puedo decir a los psicólogos. A mí me da miedo volver a relacionarme otra vez con otro hombre.

A mí me da mucho miedo, me da mucho temor yo tener que volver otra vez a que mi cuerpo lo use otro que no era mi marido. Entonces esas son cosas, como le digo, de viuda de 11 años. Para mí no se me llega esa cosa, como yo de tener un hombre.

Los testimonios de las mujeres dan cuenta de cómo aun aquellas que regresan con sus compañeros sufren afectaciones en sus relaciones de pareja. La vida íntima y los procesos familiares se ven trastornados al tener que compartir el espacio sin privacidad, y las experiencias de vida colectiva en los lugares de albergue. Las expresiones de violencia se exacerban, se expresan y tramitan en lo público. El consumo de alcohol por parte de algunos hombres en esas condiciones está asociado al maltrato a las mujeres y es un indicador del deterioro de la convivencia, la salud mental y la propia violencia contra las mujeres.

Había una familia que el esposo llegaba pues borracho ¡ay que pecado! y se ponían a tener la relación. Entonces prendían la luz y todo eso se miraba, claro hacían bulla y los vecinos de enseguida pues se le levantaban a mirar porque estaban en la acción y eso afecta mucho también… Además a uno qué ganas le van a dar a ahí, claro con esa sensación de que lo vayan a ver… los vecinos, los hijos. Fuera de eso, si la mujer no cedía, le pegaba o tenía agresiones, entonces ella tenía que ceder.

Lo que viví cuando estaba allá se me multiplicó más acá, porque cuando nosotros salimos del desplazamiento él no se adaptó y no se sacrificaba por salir a delante y se dedicó mucho a tomar. Él se dedicaba a eso y usted sabe que para la persona también que le gusta, allí donde él empezó a tomar mucho y llegaba así borracho a obligarla a uno y uno no quería y ahí él le pegaba a uno. O sea muchas veces, más en palabras, entonces yo le decía pues que respetara, porque ya teníamos así niñas, ya estaban como de 12 años, de 11 años. Allá en Santander se daba eso, porque yo creo que pues él en sano juicio no lo podía hacer y allí pues perdía la vergüenza, pero uno de mujer le tocaba. Uno ahí se daba cuenta de todo. Había otra familia, había otros jóvenes que recién se estaban ajuntando, qué pecado entonces, se ponían en la acción y la abuela los regañaba públicamente.

Las huellas de la masacre y el desplazamiento forzado se conservan de manera traumática en la memoria de las nuevas generaciones. Las niñas y niños sentían miedo y peligro con ver simplemente un uniforme, en este caso portado por miembros de la fuerza pública o de la policía aunque no fueran los autores materiales de los hechos de violencia.

Lo que más me dolía era ver los niños. El mal que ellos tenían en su mente era de solo ver un uniforme. O sea mirar un policía, un soldado era para ellos terrible. Los niños se escondían, corrían. Mi hija, apenas veía así alguien uniformado decía “!mami escondámonos que nos vienen a matar!”. Se metía debajo de las camas, donde ellos pudieran esconderse. O sea el temor de ellos era terrible… Pues uno de adulto, aunque no era fácil, lo asimilaba más rápido pero los niños no porque ellos sentían ese temor. Un día los líderes le dijeron a la policía y al ejército que por allá no se acercaran, por seguridad, porque los niños les tenían mucho miedo.

Organización, crecimiento, identidad
Estas situaciones terminan dibujando un cuadro que pone a las víctimas, y especialmente a las mujeres, en una situación de extrema vulnerabilidad frente a nuevas violencias, y teniendo que afrontar la constante amenaza de peligro y la búsqueda de una reparación de los derechos conculcados.

Por medio de los problemas, dificultades, nosotras nos hemos superado gracias a Dios. A veces yo pienso que desde el desplazamiento ha sido como para bien, en lo personal yo respeto todo lo que pasó allá, pero en últimas me ha servido primero porque acá yo ya me siento como en una organización. En el Naya la vida pero éramos muy desarticulados, mientras acá estamos aprendiendo a vivir como en unidad. Uno como que ha recuperado muchas cosas que debe tener uno como pueblo indígena.

En el caso de las mujeres indígenas se observa cómo desde lo étnico se han venido creando escenarios de participación aun con perspectiva de género. La apertura a procesos organizativos desde lo indígena, sumado a la apuesta de los grupos feministas, han permitido esa apertura. Se da también una afirmación de la identidad indígena asociada a la capacidad de resistencia como mujeres.

Uno aprende en este proceso que uno hasta se desgasta. Yo nunca me imaginaba que uno organizado podía crecer en autonomía. De una organización como la indígena lo que más resalto es que nosotras casi la mayoría pues no sabía si era india, si era gringa o si era campesina o qué era. Al organizarme me di cuenta que yo era indígena. Claro yo pienso que sí, porque nosotras las mujeres tenemos más la capacidad de asimilar, como de superar los problemas, porque ya sabemos que nosotras somos capaces de tener un hijo, ahora cómo no vamos a ser capaces de superar problemas.

Estas mujeres han encontrado en los procesos organizativos una estrategia de afrontamiento personal y colectivo, que ha permitido no solo empezar a reconstruir el tejido social, sino el fortalecimiento de la identidad que sentían cada vez más desdibujaba. La solidaridad, además de ser un sentimiento que se desarrolla desde la organización, es un instrumento de protección frente a la violencia, la pobreza y la incertidumbre.

Pues en el caso mío yo me siento contenta pues ya me he adaptado aquí. ¡Qué más puedo hacer! porque volver al Naya, ya no tengo tierra allá… Yo me siento contenta… porque en el Naya no vivíamos así organizados como aquí. De pronto podemos vivir organizados. Uno aprende como a vivir así en esa unidad, como pues sintiendo a veces la necesidad de la otra persona… Si a una persona, pues un amigo, un vecino, una vecina le está pasando algo pues uno también como que se compadece, sentir el mismo dolor que le pasa al otro. Pues estoy aquí amañada en este territorio y de aquí creo que ya no me iré. Me metí un poquito más en lo que es de los derechos humanos. Aprender de las mujeres. Yo empecé a darles las charlas a las mujeres de lo que yo me enseñaban, yo se lo explicaba a ellas y ellas todas se sentaban. Allí no tocaba llamarlas, ni irlas a buscarlas al cambuche. Todas llegaban y decían: “hay tan bueno que usted habla, ayúdenos”. Entonces así comencé.

Incluso las mujeres expresan que tras el desplazamiento forzado lograron en algunos casos adquirir derechos que en sus lugares de origen les fueron negados. Esta deconstrucción del orden social supone en ocasiones una oportunidad para la transformación cuando las mujeres como en este caso se organizan para cambiar sus vidas. Los procesos que afrontan en el marco del desplazamiento se constituyen como una oportunidad de resarcir los derechos que históricamente se les habían negado.

Yo en el Naya ni había terminado la primaria y a raíz de todo esto hice el bachiller, hice un técnico y pues ahorita estoy trabajando. Entonces yo digo que sí se puede en medio de lo que le haya pasado a uno, sino que hay que tener ese espíritu de hacer algo.

Para enfrentar la masacre y el desplazamiento las mujeres crearon oportunidades para fortalecer objetivos comunes frente al restablecimiento de los vínculos identitarios como pueblos y mujeres indígenas.

Desde que estábamos en los albergues dijimos donde nos reubiquen, primero que los profesores sean de la comunidad. La idea es seguir fortaleciéndonos en eso porque yo pienso que la idea de la educación es como una estrategia de supervivencia para los pueblos… A nivel de toda la organización del movimiento también se está tratando de consolidar lo del SISBEN para la salud y nuestro SISPI indígena que eso es como el fortalecimiento dentro de las comunidades… O sea darnos identidad, volvernos a recuperar en eso. En cuanto a la medicina propia, yo pienso que como organización es muy interesante, porque de acuerdo a nuestra cosmovisión se dice que cuando nosotros como indígenas cada tres meses debemos estar haciendo las armonizaciones para que no haiga un desequilibrio.

Reparación colectiva y superación de la marginación
Aunque existen dificultades para que las mujeres indígenas identifiquen qué es la reparación, sí logran precisar que las políticas orientadas a la reconstrucción del tejido social y el reconocimiento a las víctimas deben diseñarse y estar dirigidas sobre todo hacia lo colectivo. Esta dimensión colectiva está asociada a los planes de vida de las comunidades y mujeres indígenas.

Reparación, a veces esa palabra como que lo piensa, pues con el respeto, esa palabra es como si se fuera a reparar algún objeto o no sé, una bicicleta. Bueno yo diría que de acuerdo a lo que el gobierno viene planteando sería que nosotros como pueblos indígenas, que haya unas medidas pero colectivas, que sea colectivo y de acuerdo al plan de vida de cada pueblo. Tenemos, que desde ahí es que uno puede recuperar lo que uno ha perdido, pensaría que haya algo pero colectivo.

Como desplazadas que perdieron sus tierras y sus haberes, la restitución de esos bienes y de la tierra es parte de sus condiciones de vida materiales, su cultura e identidad. Si bien el retorno al lugar para algunas de ellas no es una alternativa viable, la reparación colectiva debe ofrecer alternativas para recuperar esa vida en los territorios concertados con las víctimas.

Entonces yo, para mí digo es una casita, y ojalá tierra suficiente, así como tenía en el Naya. Suficiente en donde uno trabajar. En donde tener lo que se dijo, agricultura aparte. Tener como bestia o vaquitas, tener un potrero suficiente y como quien dice tener donde que anden los animalitos, las gallinas, marranitos porque eso era lo que teníamos allá en el Naya, porque allá había comida suficiente para tener marranos, gallinas… Eso sería que tal vez por esa parte me sentiría un poco alivio, porque todo lo que se perdió allá, es difícil recuperar, pero de pronto confiando en Dios, él nos puede ayudar y recuperar las pérdidas.

Resolver la situación jurídica de los territorios indígenas también es una demanda de las mujeres. La legalización tanto de los territorios nuevos como de los usurpados es una medida de rehabilitación señalada por las mujeres.

Para mí lo más importante en este momento es que este territorio, el Kitek Kiwe, el cabildo, nos lo legalicen. También lo de los Nasa porque el Naya es el territorio colectivo más grande que se puede existir en esta comunidad.

Además, las mujeres piden facilidades para el acceso a las medidas de reparación. Desde la diferencia cultural y las condiciones de marginación social que viven las mujeres indígenas, se exige facilitar el acceso a las medidas de reparación de forma que no se conviertan como frecuentemente sucede en nuevas formas de victimización de las mujeres.

Yo quiero que la reparación mía sea legal, que sea cierta, que no nos enreden con tanta cosa, con tanto papel, con tanta cosa, con tanta mentira. Porque yo ya llevo 10 años con tantas mentiras que he escuchado que “vaya aquí” que “vaya allá”, como cuando me mataron a mi marido. Cuando lo mataron en el Naya nos pusieron a voltear en tanta oficina. Que yo llegue y que me digan “bueno doña señora, que usted es la señora que va a tener su vivienda, sus animales que no va a tener su marido porque nosotros no lo podemos revivir”, pero que de todas maneras que se le vean a ellos, no con tantas mentiras. Yo ya llevo 10 años con “reparaciones”.

El respeto del derecho a la vida para los líderes y lideresas, es otra demanda de las mujeres, como una mínima garantía para el ejercicio de los derechos humanos.

Yo diría ahí que pues por lo menos, que cuando uno sale a hacer gestiones, o sale a esas ruedas de prensa, mire, que es cuando uno toma un liderazgo, que al menos se les respete la vida.

También la verdad es importante para las mujeres. Reclaman el derecho a saber por qué ocurrieron los hechos, pero se trata de una verdad no solo frente a lo ocurrido en la masacre en sí, sino que se puedan determinar las causas estructurales de la incursión paramilitar.

La verdad para mí es que se cuente y se diga realmente el por qué la incursión. Por ejemplo, decir había oro, había plata… porque el territorio es rico en muchas cosas. El tema de la biodiversidad del territorio hablándolo allá en el Naya, se está quedando muy quieto, porque los paramilitares solo están diciendo “es que nosotros íbamos a crear el Bloque Calima, el Bloque Pacifico”.

Que también se cuente la verdad de las personas que tiraron en el abismo porque nosotros siempre lo hemos dicho. Por ejemplo, yo cuento mi verdad, la que yo vi, la que yo sé hasta el sitio donde yo estaba. Pero mis otras compañeras, mis otros compañeros, han dicho que más abajo en tal parte había ropa, botas, habían cosas, habían malos olores. Entonces, mire que esas cositas no se iban quedando en estas versiones pasadas. Entonces lo que queremos es que digan si en tal parte, o por lo menos que se acuerden entonces esa parte de la verdad.

La garantía de la no repetición pasa para estas mujeres por la salida de los actores armados, legales e ilegales de las zonas donde habitan los civiles, así como la erradicación de los cultivos ilícitos por ser una de las causas de la violencia. Una propuesta para garantizar la paz en sus territorios.

Pues como para que no vuelva a pasar… aunque será un poco difícil pero yo creo que nunca imposible, que es que los grupos armados se salieran del terri273 La dimensión colectiva de la violencia contra las mujeres torio donde vive la población civil. Porque gran parte de esas masacres, sobre las muertes selectivas que hubieron, yo creo que ha sido por culpa de los grupos armados, llámese guerrilla, llámese ejército, llámese policía, llámese bandas criminales, lo que sea, todo lo que es con el tema de las armas. Limpiando nuestro territorio de esas utilizaciones de armas, creo que la comunidad vendría teniendo un poquito de seguridad porque la violencia ha venido es por el uso de las armas. Lo otro que yo digo es que también los cultivos de ilícitos eso atrae mucha violencia. Entonces en las comunidades ya se está llevando también este tema como en los indígenas, se está llevando este tema y se está dejando el trabajo a las autoridades. A la misma comunidad decirle si usted trabaja con coca ya no lo hagan, busquemos proyectos productivos, busquemos otra cosa, otra forma para sacar la familia.

Historias seleccionadas del informe La verdad de las mujeres:

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Espere mañana otra historia del conflicto armado narrada por mujeres.