La semana negra de julio

De cerca de 60 personas masacradas en Mapiripán, sólo 13 han sido identificadas por su nombre, pero se piensa que los desaparecidos pueden ser 100. Muchos de los muertos no eran conocidos por la gente del pueblo, pues eran raspachines que pasaron por allí. 

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Durante cinco días los paramilitares asesinaron alrededor de 60 personas que sindicaron de ser supuestos colaboradores de la guerrilla.

Un centenar de paramilitares de Córdoba y Urabá (Accu) llegaron a Mapiripán –municipio por ese entonces de mil habitantes- el lunes 14 de julio de 1997 a las seis de la mañana, unos por el río Guaviare en lanchas voladoras que les quitaron a los pobladores, y otros en camionetas por la trocha ganadera. “Llegaron como siempre llegan a los pueblos, encapuchados, de camuflados, llenos de rabia y de odio, dando órdenes y ejerciendo su poder”, dijo a VerdadAbierta.com el sobreviviente Claudio Tique.

Ocho días antes, dos hombres del grupo paramilitar Los Buitragueños (al mando de Héctor Buitrago) habían visitado al pueblo haciéndose pasar por guerrilleros. Pidieron colaboración, para ver quienes tenían la disposición de ayudarle a la guerrilla. Y así armaron su lista negra. También hicieron retenes en Cooperativa, el pueblo vecino.

Según una investigación del Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo, que lleva el caso de varias de las víctimas de la masacre, los paramilitares tuvieron otros informantes: el inspector de policía, Luis Hernández Prieto, el director de la Umata, Anselmo Trigos, y el alcalde Jaime Calderón, quienes ocho días antes de la toma, se fueron de Mapiripán. El juez Iván Cortés Novoa fue la única autoridad que quedó en el pueblo. Sobrevivió después de recibir seis tiros y hoy está exiliado. 

“Hubo gente del pueblo que nos acusó de guerrilleros, que pertenecíamos a un grupo u a otro y así mataron a muchos”, dice Sonia, quién se fue del lugar unos meses después de la masacre. Con la infame lista negra, escrita en una hoja de cuaderno escolar, los paramilitares fueron casa por casa, al billar, a la escuela… rompiendo puertas, gritando, y sacando a patadas a cada señalado. Cuenta Claudio Tique que lamían una pomada que parecía drogarlos, y los volvía el diablo.

Planeación estratégica
Todo empezó el 12 de julio cuando lasAUC del Urabá aterrizaron en San José del Guaviare en dos aviones militares –un Antonov y un DC-3- que venían de Necoclí y Apartadó, en el Urabá Antioqueño. Cerca de 200 hombres fueron recogidos en camiones por miembros del Ejército y coordinados por el Comandante Lino Sánchez, según investigación realizada por el Colectivo de Abogados.

La planeación fue sistemática y fríamente calculada. Según el testimonio del paramilitar Pedro Alex Conde Anaya, el ‘Mono’ Mancuso dijo, meses antes en una reunión de planeación de la masacre entre comandantes de las autodefensas y oficiales activos del Ejército: “esos maricas van a dar candela en el Meta, Putumayo, Caquetá, a donde esté la guerrilla”. Conde agregó que ellos tenían tanta influencia en la cúpula militar del Ejército, que cuando se ofrecía una emergencia, el Ejército los apoyaba tanto con tropa como con material bélico y transporte. 

Conde también declaró que: “oí decir que el sargento Gamarra también colaboraba para sacar material de guerra o intendencia para las autodefensas… ellos lo hurtan en la Brigada o en el Batallón, cada cartucho o munición lo venden a 900 pesos, las granadas de mano, las de mortero a 180.000 cada una, y los uniformes a 30.000 pesos”.

Fue una clara estrategia de toma de territorio. Por los días en que ocurrió la masacre, Carlos Castaño dijo a los medios de comunicación que lo acontecido en Mapiripán fue el combate más grande que han tenido las autodefensas en su historia: “Nunca habíamos dado de baja a 49 miembros de las FARC ni recuperado 47 fusiles. Va a haber muchos más 'mapiripanes'”.

Días interminables

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De camino a Mapiripán, la tropa asesina entró a la Inspección del municipio de Charras, donde reunieron a todos los pobladores en la plaza principal y les dieron la revista “Colombia Libre”, en la cual se anunciaba el origen del Frente Guaviare de las Auc. Pasaron también por Guanapalos. Caño Jabón y la inspección de La Cooperativa, del mismo municipio de Mapiripán, en donde asesinaron a una persona.

Un habitante de Charras recuerda que trataban a la gente con frases azarantes: “que éramos unos guerrilleros y de ahí fuimos sacados de la canoa encuellados y amenazados de que nos iban a matar. Me preguntaron por la guerrilla y yo le dije que yo no transportaba guerrilla, que ellos vivían en libertad. Fui ultrajado con malas palabras, me amenazaron de muerte. Se identificaban como autodefensas Convivir del Urabá y el comandante se llamaba ‘Despresador’".

Una vez en Mapiripán, ese primer día, los paras hicieron un cerco en el casco urbano para controlar todo lo que pasaba dentro y fuera del pueblo. Los habitantes pensaban que se trataba del Ejército Nacional por la forma como iban vestidos. Pero fueron los grafittis los que los identificaron como las AUC del Urabá.

Desde el primer momento empezaron a recolectar a las personas registradas en la lista negra. Golpeaban en la casas, los hallaban y se los llevaban. “A las 7:30 de la noche todos los días hacían apagar la planta de energía y ordenaban un toque de queda. Por las rendijas de las puertas, muchos vieron pasar a la gente secuestrada, amarrada y amordazada hacia el matadero. Se escuchaban gritos de las personas que eran torturadas, pidiendo auxilio”, recuerda un habitante de Mapiripán.

Ese macabro desfile diario se dirigía al matadero municipal, donde las personas fueron torturadas y desmembradas. Recién iniciada la masacre sacaron a los habitantes del pueblo que coincidían con el listado, los pusieron en fila, requisaron y a Álvaro Tovar lo amarraron y le propinaron cinco disparos en la cabeza.

Desde el martes 15 de julio, el Batallón Joaquín París de San José del Guaviare se enteró por el juez Cortés Novoa de la presencia de los paramilitares en Mapiripán, pero nada sucedió durante los siguientes 5 días que permanecieron en el lugar.

Testigos cuentan que el miércoles los paramilitares se ausentaron del casco urbano, y los habitantes aprovecharon ir al matadero de reses, donde encontraron una cabeza y unas prendas de vestir. Luego, encontraron flotando en el río el cadáver de un joven campesino de La Cooperativa. Cuando intentaban rescatarlo, llegaron los paramilitares y lo impidieron con amenazas de muerte.

Ese mismo día interceptaron en el río a otro joven que provenía de Puerto Alvira, los paramilitares le pidieron sus documentos de identidad y al no presentarlos lo acusaron de ser guerrillero y también terminó en el matadero de reses.

Jueves, viernes y sábado los ‘paras’ se desplazaban a las zonas rurales del municipio, en las noches regresaban al casco urbano, quitaban de nuevo la luz y ordenaban a los pobladores no salir a las calles. En la penumbra iniciaba el peregrinaje fatal al matadero.

Uno de los perseguidos fue Antonio María Barrera, apodado 'Catumare', un comerciante de víveres conocido como fundador del pueblo. Un habitante recuerda que luego de apagar la planta escucharon como lo martirizaban: “!Ay! vea no me martiricen de esa manera, mátenme, si me van a matar, pero no me hagan todo esto”, decía.

“El sábado todo el pueblo amaneció callado. Unos muchachos curiosos que pasaron cerca del Río Guaviare, vieron el cuerpo sin vida de 'Catumare'. Le habían arrancado los testículos, lo habían vuelto pedazos, ahí estaba todo acunado. Pero igual, no pudieron hacer nada porque corrió la orden de que si lo tocaban, los mataban”, relata un sobreviviente.

Entre la noche del sábado y la madrugada del domingo, y antes de que los paras abandonaran el casco urbano de Mapiripán para dirigirse a La Cooperativa, ejecutaron a otras tres personas. Esa misma noche, en la víspera del final de la masacre, los victimarios se acercaron a la casa de Sinaí Blanco y lo sacaron por la fuerza, frente a su familia.

Su cadáver degollado fue hallado al día siguiente en una calle. También a esas horas fue sacado de su vivienda en presencia de su esposa e hijos, José Roland Valencia, despachador de aviones, empleado de la Alcaldía, quien fue degollado y su cadáver arrojado a la pista de aterrizaje y jugaron fútbol con su cabeza.

Carmen Johana, hija de Sinaí Blanco Santamaría, otra de las víctimas, dice que cuando lo encontraron, “mi papá tenía cortaduras en la cara, lo habían amarrado con un nylon negro, yo dije por qué lo amarraron si él no era malo… él era muy bueno, ayudaba a la gente que no tenía qué comer…”.

Sonia, otra de las víctimas cuenta hoy: “A nosotros nos agarraron las autodefensas, nos llevaron hacia la pista, nos golpearon y cuando el jefe se destapó la cara, yo lo conocí, era un sargento de apellido Valencia, era moreno. No pudieron desaparecernos porque yo llevaba los niños. Nos dijeron que no habláramos nada”. En la masacre Sonia perdió a su padre, quien salió a reclamar un repuesto al pueblo y no volvió. “Fue la última vez que lo vi. A los seis meses lo encontramos a la orilla del río Guaviare, a 100 metros del matadero del municipio. Nunca pusimos la denuncia ni nada porque nos decían que corríamos con la misma suerte”.

Al amanecer del domingo cuando “ya toda esa gente se había ido”, como lo narran los sobrevivientes, algunas personas del pueblo fueron a ver si podían sacar los cuerpos del río, los jalaban con palos, tratando de alcanzarlos, pero no podían. Algunos cadáveres tenían el estómago rajado y con piedras, los paras decían que ni siquiera querían que los enterraran.

“A la orilla del río, uno de los días dejaron como cinco cuerpos a la vista, uno de ellos abierto por la mitad. Nosotros sacamos uno del río, pero los paras regresaron y nos regañaron, nos tocó volver a echar el cadáver al río. Todos estaban degollados. Decían que no iban a gastar ni un tiro para matar sapos de la guerrilla”, narra un testigo de la masacre.

Poco a poco los pobladores se fueron enterando de los asesinatos y en la misma noche del domingo, los pobladores empezaron a huir en avión o por carretera hacia Villavicencio y por el río hacia San José del Guaviare. El pueblo quedó prácticamente desocupado. Se había ido el 70 por ciento de la gente. Cifras de la Cruz Roja dicen que el 19 de julio más de 300 personas salieron del municipio. El 23 de julio llegó el Ejército al pueblo. 

Según Eduardo Carreño, abogado que lleva el caso por parte del Colectivo de Abogados, se calcula que al final 2.700 personas huyeron de la zona desplazadas tras la masacre. La mayoría de la gente de esa época se fue. Mapiripán y las zonas aledañas fueron repobladas porque hay mucho trabajo para raspachines.

"Yo me quedé", afirma Sonia, “pero años después no aguanté más tantos atropellos y abandonamos todo y todas las pertenencias y llegando a Villavicencio a sufrir y a pedir. Ojalá que castiguen a los asesinos y caiga todo el peso de la ley sobre ellos para que esto no siga ocurriendo”.

Uno de los sobrevivientes reflexiona que en las filas de los paramilitares hay gente que no sabe por qué hace lo que hace: “los mandan a matar gente y se acostumbran porque les pagan un sueldo que hoy está como por 600 mil pesos”.

Para Tique, también muchos lo hacen por venganza y por odio. “Eso así no se arregla, yo no puedo matar que porque me mataron a mi hijo. Todos tienen el mismo odio. Uno ya no sabe si está hablando con un guerrillero mechudo, un soldado, un ‘para’ o un policía. Este conflicto no lo entiende nadie”.

* Víctimas de la masacre de Mapiripán que han sido identificados plenamente: José Rolan Valencia, Sinaí Blanco Santamaría, Antonio María Barrera alias 'Catumare', Álvaro Tovar Muñoz alias 'El Tomate', Gustavo Caicedo Rodríguez, Jaime Riaño Colorao, Enrique, Luis Eduardo, Jorge y José Alberto Pinzón López, los menores de edad Hugo Fernando y Diego Armando Martínez, Manuel Arévalo.