Confesión no significa reconciliación

Leigh A. Payne ha analizado confesiones de victimarios en todo el mundo, incluida Colombia. Cuestiona si en Colombia se está dando el debate sobre lo que sucedió bajo el terror paramilitar de manera que le convenga a la reconciliación.
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La voz de las víctimas tienen que escucharse más para que la democracia colombaian se fortalezca dice Leigh Payne.

Como una cruda advertencia a sus lectores Leigh A. Payne, politóloga norteamericana, previene que “las confesiones de los criminales de lesa humanidad no llevan a la reconciliación”. La tesis que desarrolla en su libro Testimonios perturbadores, cuya traducción en español se lanza este viernes en la Universidad de los Andes, analiza cómo los testimonios de grandes violadores de los Derechos Humanos en Argentina, Chile, Brasil y Sur África pueden crear un debate vital para los proceso de transición democrática.

A la luz de estas conclusiones, analiza las confesiones de los paramilitares, el peso de su verdad frente a la de las de las víctimas y otros actores civiles que las contradicen, y su efecto sobre el futuro de la paz para Colombia.

Según esta investigadora de la Universidad de Oxford, los acuerdos de transición no deben cerrar el debate sobre lo ocurrido, ni generar consenso, ni tranquilizar a las víctimas o a sus familias. Estos testimonios tienen que provocar discusiones intensas, acaloradas, confrontaciones entre visiones muy opuestas de lo que sucedió: las de los victimarios y sus cómplices, y las de las víctimas y otros actores independientes de la sociedad.

Este estado de debate franco y duro, es lo que ella llama “coexistencia contenciosa” y, argumenta, que sólo cuando se alcanza, la sociedad podrá comprender qué acciones no tienen justificación bajo ninguna circunstancia y cómo se puede construir un presente y un futuro frente a un pasado de violaciones generalizadas de los derechos humanos.

En este sentido advierte que por la forma como se ha venido desarrollando el proceso de Justicia y Paz hay dos graves obstáculos a que la sociedad logre esta “coexistencia contenciosa”.

El primero, que ha sido demasiado hermético para generar una verdadera discusión en la sociedad. Ni el público en general y en pocas ocasiones, los medios tienen acceso a las confesiones de los paramilitares; las víctimas tienen que registrarse para confrontar a sus victimarios; y no hay transmisiones en vivo de las confesiones. Por eso Payne resalta que sólo el 12 por ciento de las 204.000 víctimas registradas han acompañado el proceso.

La segunda gran limitación a que se dé una diálogo franco que sacuda a la sociedad sobre lo sucedido, es el hecho de que el proceso se esté dando en medio de un conflicto que no ha acabado y que por lo tanto amedrenta a víctimas y testigos que temen hablar libremente sobre lo sucedido. La violencia presente restringe e intimida una discusión libre sobre el pasado.

Con estas limitaciones graves para víctimas y otros relatos críticos, los paramilitares “aumentan su poder sobre la forma cómo se recuerda el pasado y su significado sobre la vida política”. Y a pesar de una ley para desmovilizar las autodefensas, todavía hay violencia, control político, social y económico en Colombia.

La conclusión de Payne, es que si Colombia realmente quiere confrontar democráticamente los crímenes de los paramilitares (y en su momento, los de la guerrilla), hay que reforzar la publicidad y divulgación de las confesiones de los ‘paras’ para estimular un debate público sobre el significado del paramilitarismo en Colombia.

Verdadabierta.com y Semana.com presentan el prólogo de Rodrigo Uprimny, director de la ONG DeJuSticia y profesor de la Universidad Nacional, a la edición en español de Testimonios perturbadores.