Los años de Hernán Giraldo en la Sierra Nevada de Santa Marta

A la sombra de la marimba y la coca, Hernán Giraldo reinó sobre Santa Marta y la Sierra Nevada por más de tres décadas. Dinero, armas, amigos políticos y comerciantes garantizaron su feudo durante más de dos décadas.
Hernán Giraldo en el momento de su desmovilización. Foto Semana.

Una tarde de 1969, Hernán Giraldo Serna, un joven de 20 años de edad quien venía huyendo de la violencia bipartidista de su natal San Bartolomé, en Caldas, llegó a la estación de tren de Santa Marta, con unas cuantas pertenencias.
 
En los setenta muchos veían a Santa Marta como el nuevo Dorado. En la Sierra Nevada habían tierras disponibles y estaban alejadas de la violencia. Algunos colonos se dedicaron a la comercialización de madera y otros arrendaron sus brazos a la bonanza marimbera, que llegó con los guajiros y sus aliados samarios y barranquilleros a inundar de millones de dólares la región.

“La marimba ayudó en muy pocos años a la colonización de la Sierra, pero los sembradíos de café estaba por encima. La tierra optima estaba por encimas de los 1.500 metros. La población de las veredas se triplicó, eran regiones muy apetecidas por tener excelentes condiciones naturales y estar alejadas de la vigilancia policial”, cuenta un colono entrevistado en 1988 por el sociólogo Alfredo Molano.

La bonanza trajo muerte; muchos campesinos eran asesinados para robarle su carga, la misma suerte corrían  labriegos para no pagar sus jornales. Los Guajiros eran amos y señores del negocio, tenían los contactos, los puertos de embarque para enviar droga, el dinero y las armas. 

Los primeros pesos
En ese ambiente, Hernán Giraldo empezó ganándose unos pesos como recolector de café en fincas de la vereda Rio Piedras. Sin embargo ‘El Caldense’, como lo llamaban en ese entonces, rápidamente vio que el futuro estaba en la madera. Compró unos serruchos y motosierras y se internó en la Montaña. Con su primer pago compró un Toyota modelo 1970, que aún conserva su familia.  

Pero Giraldo era ambicioso, con algunos paisanos creó Los Chamizos, un grupo de vigilancia privada, que empezó a delinquir en el mercado de Santa Marta, en donde supuestamente le prestaba seguridad a los dueños de tiendas y abarrotes.

Lo primero que hicieron fue amenazar y asesinar a delincuentes comunes. De esta manera, Giraldo se impuso como ‘El Patrón’, el protector del mercado.

Esta imagen le sirvió para consolidarse en la Sierra, donde creó cooperativas entre los campesinos  del interior o ‘cachacos’, como llaman en el Caribe la gente del interior, que vendían sus productos en la plaza de Santa Marta.

Bajo esa sombra, las autoridades  iniciaron las primeras investigaciones judiciales en su contra. En 1989, en un operativo relámpago, el jefe paramilitar fue arrestado por el DAS. Pero sus días en la cárcel fueron breves. El paramilitar fue liberado gracias a sus contactos políticos y, según recuerdan muchos samarios, fue recibido en el aeropuerto de la ciudad por cientos de personas y una banda papayera, pagada por una de las familias más influyentes de la ciudad.

El camino a la Sierra

A su regreso de Bogotá, Giraldo y sus hombres estaban en la mira de la policía. Con varios de ellos se internó en la Sierra y empezó a enfrentarse con la guerrilla y con los Guajiros, capos de la marihuana, para apoderarse del negocio.

Las primeras veredas a las que llegó fueron el Mamey y Machete Pelao, ambas con presencia de las Farc. En el primer enfrentamiento con los guerrilleros, Giraldo asesinó él mismo a tres personas, supuestamente colaboradores de la guerrilla. Según le contó a VerdadAbierta.com una persona cercana a Giraldo, dejó a uno vivo, para que contara lo ocurrido y  dijera que habían llegado las Autodefensas del Mamey.

En una investigación de la Universidad del Magdalena, varios colonos que acompañaron a Giraldo desde finales de los setenta recordaron que ‘el Patrón’ empezó a ser temido por su participación en masacres en Buritaca y en Perido Aguado, dos veredas de la Sierra. Alias ‘Ramón’, un desmovilizado, contó que Giraldo “mandaba a buscar a los peces gordos y los citaba a reuniones y en esas reuniones los mataba. Así fue como  ‘el Patrón’ pudo ganar el poder y controlar toda esta vaina”.

Protegiendo a sus paisanos ‘cachacos’ y amansando a bala a los capos de La Guajira, Giraldo, poco a poco, construyó su reino desde Palomino -en La Guajira-, hasta Guachaca, Calabazo, Buritaca, Machete Pelado, veredas cercanas de Santa Marta, puntos de contacto claves adonde llegaban caravanas de mulas cargadas de droga para encontrarse con lanchas que la sacaban al mar.

Las Farc contra Giraldo
La respuesta de la guerrilla a la incursión de Giraldo en la zona no se hizo esperar. La guerra trajo más violencia y Giraldo fue objeto de atentados en tres ocasiones, según le contaron personas cercanas del ex jefe ‘para’ a VerdadAbierta.com.

El primero fue planeado por un compadre de Giraldo. Aunque ‘El Patrón’ era padrino de una de sus hijas, no estaba de acuerdo con el enfrentamiento con las Farc.

El compadre se alió con unos familiares y amigos de la guerrilla y botaron un granada al carro donde se suponía que estaba viajando Giraldo. ‘El Patrón’ desisitió a último momento viajar y se salvó del atentado. Sin embargo unas gemelas de 10 años y otras dos personas murieron por la explosión.

La segunda vez que Giraldo sobrevivió atentado fue cerca de la vereda El Mamey. El paramilitar había estado bebiendo y decidió irse después de las nueve de la noche a dormir a una de sus fincas. La guerrilla había estado esperándolo todo el día junto a una quebrada. Cuando llegó la caravana de Giraldo emboscaron la caravana disparándole al primer carro, en el que se suponía siempre viajaba.

Pero ese día el vehículo en el que se desplazaba ‘El Patrón’ se quedó atascado en el barro y otro carro tuvo que adelantársele para jalarlo. La guerrilla mató a cuatro de sus guardaespaldas, pero a él no le pasó nada.

El tercer atentado fue mucho mejor preparado. La guerrilla plantó minas hechizas en la trocha que comunica las veredas de El Mamey y Quebrada del Sol para detonarlas a su paso. También instaló sus hombres a lado y lado de la carretera para que dispararan y evitar que escapara.

Los guerrilleros esperaron por tres días el paso de Giraldo. El santo y seña era aguantar el paso de la caravana para estallar los petardos y emboscar. El ruido y la metralla de las bombas dejarían confundidos a Giraldo y sus hombres.

Sin embargo, esa tarde tampoco sería el día de la muerte de Giraldo. En la caravana de tres camionetas Toyota Hilux, Giraldo iba en el medio, manejando. Al paso del primer vehículo uno de los guerrilleros detonó los explosivos, antes de lo planeado.

Giraldo, aturdido, logró escaparse por una quebrada junto a ‘Chaparro’, uno de sus hombres. Dos de sus escoltas y un guerrillero murieron en el combate.

‘El Patrón’ del mercado
En paralelo a sus negocios en la Sierra, Giraldo se volvió cada vez más cercano a un grupo de comerciantes del interior del país que dominaban el mercado de Santa Marta; ellos poseían los graneros más grandes y que tenían un gran poder económico  en la ciudad, donde no había supermercados. La alianza fue fundamental para que el paramilitar consolidara su poder.

La ‘marimba’ dejó, además, un legado que fue terreno fértil para las primeras autodefensas: una sociedad donde primaba la ley del más fuerte. Las élites y la fuerza pública, completamente permeadas por el dinero fácil y la corrupción, y cientos de colonos dispuestos a lo que fuera para ser ricos.

El comercio se agrandó y con la apertura del comercio con Venezuela y Aruba, comenzaron a llegar contrabando que transitaban sin problemas desde La Guajira, con la bendición de Giraldo, hasta Barranquilla. Además, según le contó a VerdadAbierta.com un desmovilizado, con la bonanza de la marimba y después de la coca, el caudal de clientes para los graneros del mercado creció. “Había más de nueve mil personas en la Sierra raspando, y 10 familias que tenían el monopolio comercial para alimentarlos”, aseguró.

Giraldo también tenía un interés estratégico para controlar el mercado. Un ex ‘para’ dijo: “los mercados son como las cárceles, todo se sabe: quién compra, para donde va y qué compra. Todos los jeeps que iban para las veredas con víveres, salían del mercado”.

Según varios samarios consultados por VerdadAbierta.com, el mercado era también donde la gente iba a poner quejas, a denunciar, a cobrar deudas o incluso a buscar sicarios.

De la ‘marimba’ a la ‘coca’
En los noventa Hernán Giraldo era ya el hombre más respetado de la Sierra Nevada, era ‘El Patrón’, ‘El Viejo’. Sin embargo, con el impulso que le dio el tráfico de cocaína, sus tentáculos se extendieron mucho más allá.

En 1995 cambio de nombre a sus Autodefensas del Mamey y las rebautizó como las Autodefensas Campesinas del Magdalena y La Guajira (ACMG), por su incursión a este departamento, logrando rodear la Sierra, desde Dibulla en La Guajira, hasta Minca. Un cinturón de ‘paras’, que logró mantener la guerrilla alejada de Santa Marta, un sector de la sociedad no sólo lo veía como un capo, sino como el protector de sus fincas, plantaciones de café y banano y complejos turísticos.

Un desmovilizado, de acuerdo con la investigación de la Universidad del Magdalena, explicó que la bonanza ‘marimbera’ ya había dejado todo listo: las redes de transportes, los puertos de embarques y las pistas clandestinas. 

Así, en poco tiempo, Giraldo ganó mucho dinero, no sólo cultivando y cuidando laboratorios de ‘coca’, también escoltando envíos que venían de otras regiones.

En 2001, fuentes de inteligencia calcularon que el 40 por ciento de las exportaciones de cocaína pasaban por el territorio de Giraldo por un valor de cerca de 1.200 millones de dólares anuales.

La conquista política
En la década del noventa su poder era tal que además controlaba la política en la Sierra y sus alrededores. Tenía dólares, armas y miles de votos de las veredas y corregimientos de Santa Marta que dominaba.

En una  investigación de la Corporación Nuevo Arco Iris, "Ilegalidad, control social y paramilitar en el Magdalena", analizó que, con la Constitución de 1991 y las primeras elecciones para alcaldes y gobernador, se consolidó indirectamente el control de Giraldo en el departamento: “las autodefensas necesitaban tolerancia y apoyo político y los candidatos requerían unas elecciones sin sorpresas electorales”. 

“Inicialmente los políticos iban a la Sierra en busca de votos. Después yo me reunía con las juntas de acción comunal, discutíamos unos nombres y entre todos escogíamos un candidato por quien votar”, indicó Hernán Giraldo en una versión libre de septiembre de 2007.

Entre la lista de políticos que entregó el ex jefe 'para' y varios desmovilizados de su estructura, está gran parte de la dirigencia samaria de los noventa: los ex gobernadores Miguel Pinedo, José Domingo Dávila y Trino Luna; los ex alcaldes Hugo Gnecco Arregocés y José Francisco Zúñiga Riascos; los ex representantes a la Cámara Edgardo Vives Campo, Enrique Caballero Aduén, Alfonso Campo Escobar y Luis Eduardo Vives Lacouture; y ex concejales como Euclides Gómez, Guillermo Rueda Vesga y Romualdo Macías.

La violencia de los ‘paras’ golpeó sindicalistas, miembros de la Unión Patriótica, militantes comunistas y ambientalistas. El dominio feudal que acumuló Giraldo llegó a su apogeo a finales de los noventa. Tenía un poder casi ilimitado en la Sierra, controlaba zonas neurálgicas en Santa Marta, tenía un peso determinante en la política local y llegó a ser considerado por la revista estadounidense Newsweek como “El próximo Escobar”.

En la capital de Magdalena aún recuerdan el asesinato el 23 de diciembre de 1992 de Ricardo Villa Salcedo, abogado defensor de derechos humanos, columnista y dirigente político del Partido Liberal y luego de la Alianza Democrática M-19. Llegó a ser concejal, diputado y en sus últimos años congresista. Sus denuncias por la ocupación ilegal de tierras en la zona turística de Pozos Colorados en Santa Marta lo opusieron a numerosas familias tradicionales de Magdalena.

Pero su ambición se estrelló cuando cambió el siglo con los intereses de peces más gordos que él: la máquina de guerra de los Castaño, Salvatore Mancuso y Rodrigo Tovar Pupo, alias ‘Jorge 40’, lo doblegaron en una guerra en la que perdió su soberanía y muy poco pudo hacer por mantener su hegemonía.