El silencio del otro como testimonio

“Quien retiene su palabra también lo hace como una manera de gestionar su identidad, como una manera de darle sentido en la intimidad a aquello que ha impactado la dignidad”.

debate bojaya jp arangurenReflexiones de Juan Pablo Aranguren Romero, profesor del departamento de Psicología Universidad de Los Andes.Es difícil estar situado ante el dolor del otro. Acoger sus voces y sus silencios; una historia que se fractura en la catástrofe misma del lenguaje, en la imposibilidad de encontrar palabras para representar el horror. ¿Cómo narrar con pudor y dignidad los hechos que han denigrado la humanidad del otro?

Estar situado ante el dolor del otro es difícil. Y obliga a repensar el lugar de enunciación. Convoca a una revisión tanto del imperativo de la “justa distancia” ante el ‘objeto’ de estudio propio de los emprendimientos científicos, como del compromiso activo y el involucramiento sin límites convocados desde nuestra necesidad de ayudar y no ser solamente agentes pasivos ante el sufrimiento de los demás.

Pero estar ante el dolor del otro también es difícil porque lo que habilita la posibilidad de su enunciación no es solamente una cuestión de encontrar las palabras justas para narrarlo, ni de elaborar una experiencia traumática. Se trata, también, de la presencia de quien escucha o pregunta y de lo que ella facilita o limita. Sentirse convocado a hablar de una experiencia de dolor y sufrimiento supone entender que lo indecible se erige también como resultado de no encontrar en el otro nada que autorice moral y socialmente a contar. Lo no-dicho se entreteje con los marcos sociales en los que se inscribe su testimonio. Quien retiene su palabra también lo hace como una manera de gestionar su identidad, como una manera de darle sentido en la intimidad a aquello que ha impactado la dignidad, como una estrategia para hacer frente a la imposibilidad de encontrar en el otro a alguien que realmente escuche su experiencia.

Algunos de ustedes recordarán que poco después de la creación de la CNRR y del Grupo de Memoria Histórica, varias organizaciones de víctimas expresaron su rechazo a la propuesta de estas instituciones de trabajar con ellos para la elaboración de los informes que hoy en día son reconocidos como una de las fuentes más significativas sobre el conflicto armado colombiano. Un caso destacado fue el de la Asociación de Zonas Humanitarias y Zonas de Biodiversidad de Jiguamiandó y Curvaradó, que enviaron una carta al presidente de la CNRR expresando su rechazo ante el interés de la Comisión de adelantar un trabajo de investigación sobre la memoria de los hechos de violencia acaecidos en dichas zonas. ¿Por qué rechazar a la CNRR y al GMH? Los habitantes del Jiguamiandó y Curvaradó no reconocían en el Estado colombiano, representado en este contexto por el GMH, a un interlocutor válido para compartir sus testimonios. Pero en este caso, no se rechazaba a los integrantes del GMH, de hecho se les valoraba por su compromiso en el trabajo académico sobre el conflicto armado colombiano, se rechazaba la institucionalidad que representaban por entonces.

El silencio también testimonia y a veces cuesta entender que la negativa del otro para hablar (me) es, en realidad, una forma de narrar. El desespero del saber académico ante el silencio del otro, ha terminado por acallar lo que en este se narra.  

El silencio y los secretos también son maneras de gestionar la identidad. Han sido, históricamente, formas de enfrentar el riesgo de ganar visibilidad a costa de perder la potencia y la fuerza que puede, en todo caso, suponer mantenerse al margen de lo público, fuera de la institucionalidad, de la academia o de un discurso oficial. Es una manera de mitigar el daño que conlleva la puesta en escena de lo íntimo, de hacer frente al riesgo de los discursos que filtran, jerarquizan u ordenan.

Y la jerarquización, el orden y la filtración son, en la mayoría de los casos, los efectos de nuestros discursos y nuestras prácticas.

El imperativo al que nos obliga nuestra presencia ante el dolor del otro, supera entonces la vieja discusión entre compromiso y distanciamiento. No se trata simplemente de erigir nuestra postura ética sobre la base de nuestro compromiso con las víctimas, sino también de entender los efectos de poder que recorren nuestro saber disciplinar o nuestra profesión. Y aun cuando se fundamente en el pensamiento crítico –en el que se nombra a sí mismo comprometido– no por ello hay que desdibujar sus efectos de poder y verdad.

Es entonces necesario, preguntarnos ¿qué fuerza tiene el saber del otro por sí mismo? ¿Qué nos dice el silencio del otro acerca de su sufrimiento? ¿Qué nos dice acerca de nosotros?

Estas preguntas han recorrido la investigación La ética de la escucha que emprendimos hace tres años con profesionales en psicología y derecho, periodistas, fotógrafos, fotoperiodistas, forenses, actores y actrices de teatro que de diferentes maneras se han situado ante el dolor provocado por la guerra y la violencia política en Colombia. De la mano de sus historias personales y profesionales hemos querido aprender a cómo establecer una relación ética con el dolor del otro.

Sea esta una ocasión para seguir aprendiendo.

*Profesor del departamento de Psicología
Universidad de los Andes
https://laeticadelaescucha.uniandes.edu.co/