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Betancurt cambió el fusil por las heliconias

Crónica de cómo Esaú Betancurt, habitante de la sufrida Trujillo que fue guerrillero del Eln, ahora cultiva flores y apoya a las víctimas de la guerra.

Por John Harold Giraldo Herrera, especial  para VerdadAbierta.com

        
Esaú de Jesús Betancurt Mejía, desmovilizado del Eln. Foto Rodrigo Grajales  

Esaú de Jesús Betancurt Mejía, un campesino de 52 años, que se vistió de camuflado, cargó armas y durante una década participó en acciones violentas con las guerrillas del Ejército de Liberación Nacional (Eln), es hoy un pacífico cultivador de flores en su finca El Diviso en una vereda en las montañas del municipio de Trujillo, Valle. Le puso ese nombre porque en las noches puede ver desde su patio, a lo lejos, las lucecitas titilando en Armenia, parte de Cali y  en Buga.

Lo entrevisté un día de diciembre cuando estaba preparando  un ramo de heliconias para llevarle a la tumba del padre Tiberio Fernández, un venerado sacerdote católico que fue torturado y asesinado por paramilitares al comenzar los años noventa.  A Fernández se lo llevaron el 17 de abril de 1990, quizás el punto más álgido de la violencia narco-paramilitar que durante años aterrorizó a los pobladores de Trujillo. Junto con él, los paramilitares asesinaron a 342 personas; a unos los desparecieron, a otros los colgaron en árboles y a otros más los masacraron  en la plaza pública. Así lo documentó en un informe muy detallado,  la Comisión Nacional de Reparación y Conciliación. Hoy ya no existe el paramilitarismo, pero según dijo un lugareño que no revela su nombre, “por acá no para la muerte”. Hasta noviembre de 2012 fueron asesinadas en este pueblo unas 200 personas. Por eso la valla que se ve a la entrada que reza  “Trujillo remanso de paz” es más una expresión de la esperanza de su gente que una realidad.

“Un ramo de flores se arma fácil, yo aprendí yendo a varios cursos”, cuenta Betancurt y me explica que su jardín tiene sobre todo heliconias. La que más le gusta es la antorcha olímpica, una flor que se abre luego de cortada.  Al verlo hablar de las flores y apreciar la belleza de su jardín parece como si nunca hubiera estado en combate, como si nunca hubiera sido guerrero.

Fue difícil para Betancurt no meterse a la guerra. Nacido en Cedeño, Antioquia, un pueblo montañoso y frío en el municipio de Yarumal, conoció la violencia  desde niño. Vino a parar a Trujillo con sus padres, quienes de arar la tierra y buscarse la vida en el campo, decidieron venirse a la población valluna con sus dieciséis hijos a ver si les iba mejor. Lo que encontraron fue la guerra que les arrebató dos de sus muchachos, uno muerto por el ejército y el otro desaparecido.   

Me cuenta que cuando llegó a Trujillo, él tenía 14 años y aprendió a cultivar la mora y la curuba, en el terreno que colonizó su familia en la montaña, por la vereda Chuscales, “a punta de serrucho, porque no había motosierra”.  Los Betancurt fueron socios de las cien cooperativas que promovió el padre Tiberio.

Por su trabajo destacado en las cooperativas, Esaú fue asumiendo un liderazgo grande en la comunidad.  Lo propusieron como su representante y llegó a ser presidente de la asociación de los cultivadores de mora. Cuando iba a la plaza de mercado de Santa Elena en Cali, a dónde vendían la mora, sentía que los policías de civil del organismo policial que en esa época se llamaba el F2 lo vigilaban. “Llegaron los guerrilleros”, murmuraban. Así los veían porque en su tierra vivía el Eln y porque ellos se habían organizado en las cooperativas.

En 1988 ya había indicios de que algo fuerte iba a suceder en Trujillo. Los narcotraficantes que prosperaban en esa época en el Valle querían poner al pueblo y sus corredores estratégicos bajo su dominio y por eso la guerrilla era también su enemigo. Y, al igual que la fuerza pública, veían a los campesinos organizados como subversivos y, por eso, empezaron a presionarlos. Los líderes de las cooperativas como Betancurt estaban de primeros en su lista negra.

Del otro lado la guerrilla les pedía lealtad. Un día el vecino de más arriba, Manuel Alarcón, le dijo a su hermano Iván, el mayor, que lo andaban buscando porque la guerrilla decía que él y sus hermanos les habían estropeado un camino por el que ellos pasaban. Ellos explicaron que era la curiosidad lo que los llevaba por ese pasaje.
 Eso fue por 1986. El llamado condujo a Esaú a conocer a los guerrilleros. Le pidieron el favor de que les trajera  unas remesas y les sacara a una gente. Él aceptó, y después les trajo y llevó otras personas; un trochador, llama la guerrilla. También les informaba de quién entraba y salía. Dos años más tarde ya estaba caminando con ellos esas trochas vestido de camuflado. “Como la finca de la familia quedaba por donde ellos pasaban y además habían amenazas del otro bando, yo ingresé al Eln. Si no hubiera ingresado, hoy no contaría el cuento”.

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Foto Rodrigo Grajales  

Cuando era guerrillero recuerda que las organizaciones armadas de izquierda de la época intentaron unirse bajo la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar y después empezaron a dialogar con el gobierno. Aunque él era apenas un miliciano raso, la idea de una alianza lo convencía y  creía en una Nación para los desposeídos.  A la par, los grupos de narcotraficantes aliados con  paramilitares asesinaban líderes. En 1989 más de tres mil campesinos salieron a marchar en protesta por las muertes y reclamando tierras. Pero la trinca entre narcotráfico y paramilitarismo era más fuerte,  la gente abandonó las cooperativas que promovió el padre Tiberio y el miedo se apoderó de Trujillo.

El Eln asignó a Betancurt al frente Luis Carlos Cárdenas en una célula que llegó a tener 45 personas,  todos milicianos que, además de enfrentarse con el Ejército cuando tocaba, acompañaban a los movimientos sociales y contaba con un grupo considerable de campesinos simpatizantes. La estrategia de los ‘elenos’ era estar bien comunicados. Betancurt recuerda que confiaban más en los correos humanos  que en la tecnología, y no tenían radios, ni teléfonos; todo era con mensajes que se enviaban a través de personas.

De todo lo que hizo como guerrillero, no se arrepiente de haber intentado matar a un narcotraficante, cuyo nombre se reserva.  “Fue el tipo que manejó la camioneta donde llevaban a quince personas de La Sonora que fueron luego asesinadas de las formas más crueles, la motosierra fue lo menos que usaron”, dice. Lo siguieron dos meses y cuando sabía que pasaría entre Riofrío y Salónica –dos municipios del Valle cercanos a Trujillo- lo atacaron. El les disparó cinco tiros con su arma, pero los cálculos fallaron y el narco y sus acompañantes salieron ilesos.

Al oficio de cultivar flores llegó por placer y por pasión, y no por obligación como cuando se fue a la guerrilla. Entonces le tocó vivir lo que él llama “La Gran Pelea”. La comunidad se solía reunir en su vereda, por un sitio llamado Las Petaqueras. Una vez, antes de encontrarse, se enteraron de que  miembros del Ejército al servicio de los narcotraficantes de la zona, Henry Loaiza, alias ‘El Alacrán’, Diego Montoya, alias ‘Don Diego’, y los hermanos Iván, Julio y Luis Alberto Urdinola planeaban masacrarlos en plena reunión. Como la comunidad cambió de sitio, cuando llegaron los soldados –aliados en ese entonces de los paramilitares- se encontraron fue a la guerrilla, 7 soldados fueron asesinados ese 27 de marzo de 1990. El ejército y los paras desataron su furia y masacraron a muchos, aún a los inocentes. En una batida cayó el hermano  menor de Esaú, Guillermo Antonio. “Mataban a todos los que iban en jeep, sólo por vivir en la zona”, cuenta Betancurt.

Allí empezó la larga masacre de Trujillo que duró años, los asesinatos selectivos a civiles, las desapariciones forzadas, todos los crímenes por los cuales años después el presidente Ernesto Samper pediría perdón a los trujillanos y reconocería la responsabilidad del Estado.

El gusto por las flores le nació de observar los claveles tan lindos que tenía en su jardín su vecino Manuel, el mismo que lo contactó con la guerrilla. Fue él, el que le trajo semillas de flores, cuando Betancurt recién se había salido de la guerra. “Y las seguí sembrando”, dice.

Mientras recorremos su finca, me cuenta que se retiró del Eln en 1995 porque ya no creyó más en que la guerra cambiaría las cosas. “También fue por no estar de acuerdo con ciertos métodos que estaban empleando”, recuerda. Siempre que habla, la palabra que más se le escucha es “oportunidad”; es un convencido de que la vida otorga opciones, alternativas, y que, pese a lo adverso, ofrece posibilidades.  Su ejemplo es la hermana Marizé Trigos, con más de 20 años acompañando las víctimas en Trujilllo,  “transforma la vida con esa sensibilidad social y ecológica”.

Consiguió que el Eln lo dejara ir, sin violencia. Pero apenas llegó a Trujillo lo amenazaron: “Tiene quince días para irse y si no lo matamos”, le dijeron. Él  no se fue, y esperó porque quería ver que se hiciera justicia por la muerte de su hermano a manos de los soldados. El crimen sigue en la impunidad, dice la hermana Trigos, pero el fallo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos sobre la masacre de Trujillo de 1994 ordenó la indemnización de las víctimas. Y el Estado ya ha cumplido con 34 familias, entre ellas indemnizó a los familiares del padre Tiberio y del Guillermo Antonio Betancurt.

Saltar de las armas a las flores parece un cuento de la ficción, pero en Trujillo nada es ficción. Esa tierra ha vivido un inventario abominable de crueldades, decapitaciones, torturas, amenazas.  Pero también ha visto a decenas de familias campesinas organizadas produciendo mora y curuba en las cooperativas del buen padre Tiberio y ahora ve florecer cuarenta variedades de heliconias en el jardín de Betancurt.

 Él sabe ahora de flores como antes le tocó saber de la muerte de su gente. Cuenta que entre sus preferidas está  la gardenia por su color, entre azul y morado con fondo amarillo, y por su finura. Crió a sus dos hijas, con el mismo cuidado con que cultiva sus flores. Su mujer se fue y él fue padre y madre de las niñas. Ahora ellas se tuvieron que ir porque las han intimidado. Sueña con que sean profesionales  y “lleven el amor en la lengua y en la mano para poderlo compartir”.

Es difícil ver florecer las heliconias, me dice mientras sigue recogiendo las flores para su ramo, se demoran entre 12 y 15 meses, y me explica que existen más de cien variedades. De un lado coge un heliconia rostrata, la flor insignia de Bolivia; del otro, corta una ginger con unas hojas-flores bien pulidas. No quiere tener nada en monocultivo, de modo que a cada lado de la casa ha regado semillas de diversas flores y tiene sembradíos de frijol, arboles de pan, papayas, mandarinas, naranjas, zapotes, frambuesas, lulo, guanábana, bananos, platanitos bocadillo, piña, granada. “Acá no se madruga a hacer café, sino para ver qué fruta está madura para hacer el jugo o chupar”, dice sonriendo.

De repente, al bajar hacia un caño, dice: “La plata de las flores no es permanente, depende de las festividades, como día de la madre o el día del amor y de la amistad”. Poca plata le dan para vivir, una docena de cañaguate de jardín cuesta en el mercado trece mil pesos y él la vende por dos mil, así que hay que juntar muchas docenas para poder sobrevivir. “Mejor las hago por encargo y para llevarle a la gente que me quiere y me quiso”, dice.

Por eso, si los floricultores trabajan según las temporadas, Betancurt cultiva las flores todo el año y sobre todo las colecciona porque son hermosas.  “Me hacen sentir un contacto muy cercano con la naturaleza, me dieron la oportunidad de alejarme de la guerra”, dice.

Pronto estará listo el ramo para la tumba del padre Tiberio. Alista un velo de novia, una flor blanca, más otros follajes, pues según él, por cada flor deben ir cuatro hojas verdes. En agosto le había llevado otro, cuando se hizo la XI peregrinación que conmemora  haber superado el silencio de las víctimas. Es una fecha para hacer memoria de lo que pasó, una manera de resistir con dignidad lo que aún sucede. “Soy un aliado más de esta causa. Afavit  (que agrupa las víctimas de Trujillo) es como la familia que ya no tengo”, dice.  

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La violencia de hoy en la región corre por cuenta de la banda armada ‘Los Rastrojos’. Dicen las autoridades que muchos de los muertos son pugnas entre grupos de la misma banda. En los quince años que lleva en paz, cultivando en su terruño, a  Betancurt también le ha tocado su dosis de violencia.  Una vez en 2000 unos narcos convivieron cerca de su finca y en otra ocasión  agentes del extinto DAS intentaron endilgarle cargos por procesamiento de cocaína. Y por ser de la Asociación de Víctimas, alguien que desconoce  le mandó decir que se cuidara, “que él tenía su pasado”.

Pero nada de eso le ha roto su voluntad.  “Gracias a Dios, en medio de tanta dificultad, me siento feliz con lo que hago. Aprendo de la vida estando solo y disfrutando con los demás”, dice. El ramo quedó listo. Está bellísimo, flores de todos los colores y por cada una cuatro hojas verdes, como debe ser.  Mientras se prepara para ir al parque a dejar su ofrenda, comenta sobre las negociaciones con las Farc: “muchos piensan que es como que se acabaran las guerrillas, que con los diálogos mejorarán cosas; pero en las regiones  ¿dónde van a quedar los grupos de extorsionistas?”. Se sube en Pamela, la yegua que le ayuda en la finca. Se despide diciendo que “ni el sonido de las armas, ni los mensajes que le mandan a uno nos harán desistir”. Tiene fe y no se siente solo.