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Traición o muerte, el método ‘Montoya’

Leonardo Flórez, un desmovilizado preso, le contó a VerdadAbierta.com, cómo, mientras estuvo en las Auc, metió decenas de jóvenes señalados como guerrilleros en un campo de prisioneros. Ellos, para salvar sus vidas, tenían que unírsele a su causa. 
 
'Montoya' fue el segundo del Frente Sabanas en Sucre y Bolívar. Foto Semana  

Leonardo Flórez Rojas conocido con el alias de ‘Montoya’, llanero nacido en Granada, Meta, prestó el servicio militar en su región cuando el Ejército realizó en 1989 la Operación Colombia, una ofensiva contra la cúpula de las Farc en Casa Verde. De allí pasó al DAS y se retiró en 1999 siendo agente en Sincelejo. Precisamente en esta ciudad fue donde conoció a Salvatore Mancuso quien lo reclutó para las autodefensas.

En esta organización llegó a ser  jefe político del Frente Sabanas que impuso su arbitraria ley en tres municipios de Bolívar (Zambrano, Córdoba y Magangué) y en  parte de Sucre (San Pedro, Buenavista, Sincé y Galeras).

“Empiezo en Cartagena. Conozco al comandante ‘Cadena’ (Rodrigo Mercado Pelufo) en San Onofre,  también a ‘120’ (Sergio Ávila también conocido como ‘Caracortada’) que comandaba desde El Guamo hasta Cartagena y Barranquilla, con comandos especiales urbanos. Lo primero que hago es participar en un secuestro de un señor en Cartagena a quien se le señalaba de ser parte de una banda de secuestradores”, le contó a VerdadAbierta.com este paramilitar que se desmovilizó en 2006 con el Bloque Héroes de los Montes de María.

Flores Rojas aseguró que no fue extraño pasar de una agencia del Estado a la ilegalidad y a aliarse con paramilitares para cometer un delito. “Las causas se construyen en el camino. Cuando doy ese paso lo hago por necesidad, con identificación ideológica, por la cultura. En aquella época todo el mundo quería ser de las autodefensas”, explicó.

Después de este secuestro,  vinieron más acciones violentas, en su mayoría apoyando secuestros y asesinatos ordenados por el Frente Canal del Dique en Cartagena y Barranquilla. En esta última ciudad fue detenido por la policía en 2000,  cuando intentaba secuestrar a un empleado de la universidad del Atlántico.

“Solo duré preso un mes”, dijo. Los abogados de las autodefensas lograron liberarlo y de allí se refugió en la zona de Santa Catalina, al norte de Bolívar, en donde ese mismo año, Salvatore Mancuso, había empezado a organizar el ‘Frente Sabanas’, una célula paramilitar al mando de William Ramírez Castaño más conocido con el alias de ‘Román Sabanas’.

“Salgo y obviamente al monte. Llegué al mando del comandante ‘120’ haciendo censos en la región para la cuestión de finanzas”, cuenta el desmovilizado sentado en un sillón demasiado bajo–en  la improvisada oficina que montó para dar la entrevista a VerdadAbierta.com en la cárcel Modelo de Barranquilla.  

Con algo de experiencia en el bajo mundo paramilitar, ‘Montoya’, fue nombrado jefe político del Frente Sabanas. Tenía que ganarse a la población de la región después de que sus antecesores, comandados por  Francisco Robles, alias ‘Amaury’,  cometieran todo tipo de desmanes, desde la masacre de El Salado en febrero de 2000 hasta  el asesinato y desaparición de cinco agentes del  DAS, ese mismo año. Además, por supuesto, habían creado ese bloque para combatir al frente 37 de las Farc al mando de Gustavo Rueda, más conocido por su nombre de guerra ‘Martin Caballero’.

“Cuando llegó el Frente Sabanas había ocurrido la masacre de El Salado y por eso la guerrilla tenía a la gente a su favor; no los culpo”, explica ‘Montoya’. “La presencia de las autodefensas como la de la guerrilla es como una dictadura y el pobre civil, el pobre campesino, se siente arrodillado”.

 ‘Montoya’ le pidió permiso a su jefe, ‘Román Sabanas’ para desarrollar un innovador proyecto militar que él estaba convencido de que les ganaría dominio del territorio y sacaría a las Farc, reduciría homicidios y, al mismo tiempo, conquistaría el corazón de la dolida población civil. El experimento consistía en hacer un censo campesino, ubicar a los que, según les dijeran sus soplones, eran milicianos de las Farc, llevárselos al campamento paramilitar y obligarlos a rendirse.  Jugando a dios, él sabría  quién viviría y quién no.

‘Sabanas’ le dio el visto bueno y ‘Montoya’ salió a reunir a miles de campesinos de varios municipios del norte de Sucre y centro de Bolívar para decirles que las Auc habían llegado. Reunieron pobladores en La Tierrita, El Salado, Guaymaral, Sincelejito,  Santa Lucía, Tacamocho, Cucarachero, Davivienda, Cascajal, Frontera, Piñalito, Ventura, Paloquemao, Numancia, Providencia, Buenavista, Las Mercedes, Mateo Guasimo, entre otros, para darles el siguiente mensaje: “Quedan notificados de que llegamos, nos vamos a quedar y vamos a desenmascarar a quienes estén con la guerrilla. Les vamos a respetar la vida a los guerrilleros y a todos los que se acojan al proyecto político”.  

Quería venderle a las autodefensas la idea de que era mejor reclutar a los colaboradores de la guerrilla que seguir matando como lo había hecho ‘Amaury’, quien no había logrado con su estrategia sangrienta debilitar realmente a su enemigo. “La muerte como el recurso más lejano e inalcanzable… antes de llegar allá miremos qué podemos hacer para respetarle la vida a una persona y más si es de la región. Quien gana la población civil gana la guerra”, recuerda que les decía a sus hombres.
Ubicó a patrulleros urbanos en cada casco urbano y los envió a que fueran puerta a puerta, a cada casa campesina,  para realizar un intimidante y obligado censo.

“Los urbanos llegaban diciendo: ‘Buenos días, somos los urbanos del Frente Sabanas, hágame un favor, necesitamos hablar con el señor de la casa’. El señor de la casa se sentaba y como cualquier censo había un protocolo: su nombre, fecha, cuántos hijos tiene, dónde viven sus hijos, tiene más familiares en la región, qué hacen sus hijos si están fuera de la casa… Esa es una manera de empezar a investigar, de hacer inteligencia de quién es y quién no es”, explica ‘Montoya’.

Algunos se resistieron, pero los censos con fusil son eficaces y todo el mundo soltó la información privada de su hogar a los hombres de ‘Montoya’. Así supieron quién vivía en ese territorio, a qué se dedicaba y las propiedades y el ganado que poseía. Y como un para-Estado con plena libertad de poderes, comenzaron a cobrarle una cuota obligatoria a cada uno que tuviera algún ingreso para que financiara a sus nuevos gobernantes de facto.

Con el poder absoluto en sus manos, pronto empezaron a llegar los informantes que señalaban a éste o a aquél de ser colaborador de la guerrilla. ‘Montoya’ entonces mandaba a sus hombres a capturar con vida al supuesto miliciano. Les daba la “oportunidad” de cambiarse de bando, si  entregaban a otros milicianos e informaban dónde estaban y qué hacían los hombres de las Farc. Muchas veces esas personas entregaban a sus familiares y amigos.

¿Cómo saber que la gente aterrorizada no denunciaba a cualquiera con tal de salvar el pellejo?  “En ese contexto de guerra, se desprende la regular y la irregular”, respondió ‘Montoya’. “Existen equivocaciones y cosas lamentables que uno como comandante le provoca matar a todos los que hicieron una bestialidad”.

La técnica de pescar uno a uno no duró mucho. Un día ‘Montoya’ se dio cuenta de que, en un descuido de sus hombres, los guerrilleros habían conseguido sembrar de dinamita el campamento donde él y ‘Sabanas’ dormían. De milagro vieron las mechas y se salvaron.  Entonces ‘Montoya’ cuenta que salió como loco a buscar al miliciano que él creía era el responsable. Encontró a la novia y  la secuestró.

“Una vez cogida, ella me entrega a su hermano y a otros dos guerrilleros. En un secreto absoluto los recogíamos en camionetas donde vivían y los llevábamos al campamento. Allí había un salón grande y les construí una reja y todo el que iba capturando lo iba metiendo allí”, dice, como si no se diera cuenta que lo que está describiendo es una especie de campo de concentración de sospechosos. El campo de prisioneros lo montó en Guaymaral (Bolívar).

 ‘Montoya’ asegura con energía que allí no había inocentes; que en esa redada decomisó celulares, revólveres y radios de comunicación. Al final de unos días, cuando tenía allí a 70 jóvenes, les anunció: “Aquí la vida depende de cada uno de ustedes, yo no soy un asesino”.

Comenzó a llamar a cada uno de los supuestos guerrilleros. Los sentaba en frente suyo con solo una mesa de por medio y les daba las alternativas a escoger. “Uno, trabajaba para mí y dos, me entrega en menos de 24 horas tres golpes contra las Farc. O,  tres, la muerte”.  Hasta hoy ‘Montoya’ cree que ese era un trato leal con el enemigo porque les daba la opción de arrepentirse y volverse paramilitar.

 “No lo voy a torturar porque no me gusta la tortura”, dice que les decía a sus víctimas. “No le voy a meter una aguja ni nada de eso de lo que hablan de las autodefensas”. Y ahora explica: “Decían que los cortaban con motosierra y yo  les dije: ‘No, no sé si hay comandantes que actúan así. Yo no lo hago así’”.

Después de la advertencia, les ofrecía una gaseosa y les decía: “Le garantizo que le respeto la vida suya y la de su familia si automáticamente usted me dice dónde está su familia y ya mismo le mando un camión y le consigo vivienda, comida y bienestar y estudio para sus hijos”. Y les daba diez minutos para que decidieran. Dice ‘Montoya’ que eso se llama terrorismo psicológico.  

‘Montoya’ asegura que él repitió el ejercicio setenta veces, a lo largo de varios días. Los capturados esperaban en la cárcel improvisada que les construyó el paramilitar  sin saber si iban al patíbulo. “No me gusta la tortura”, repite ‘Montoya’. Y reflexiona que lo que él hizo era mucho menos cruel que lo que hicieron sus sanguinarios antecesores.

‘Montoya’ dice que en ese momento se sentía como un cazador, y que, de hecho, había leído varios libros sobre el tema y que lo que estaba haciendo era parte de la guerra. “De esos se hicieron matar tres milicianos, porque en la guerra hay gente que se olvida de la familia y de todo el mundo”, dice. Y aunque él mismo los asesinó, insiste en que fueron ellos mismos los que se hicieron matar porque no resolvieron unírsele a su causa.

A uno de los que mató por rebelde y que se declaró guerrillero lo respeta –dice – porque no quiso traicionar a su gente. La mayoría de los setenta se volvieron informantes de las Autodefensas; una joven, incluso se volvió su amiga. ‘Montoya’ resiente que sus jefes no lo dejaron hacer más por la gente. Él quería ganarse a la población ayudándoles a construir escuelas. Él cree que la educación es lo único que nos saca de esta barbarie.

Según ‘Montoya’, en su paso por el Frente Sabanas, además de las tres personas a las que él mismo fusiló porque no pasaron su prueba  terrible de diez minutos, fue el responsable de otras cuatro muertes. Su grupo, dice, cometió otros veinte asesinatos por orden de sus superiores.

El Frente Sabanas al que perteneció Flores Rojas (‘Montoya’)  se desmovilizó como parte del Bloque Montes de María, el 14 de julio de 2005, en Maríalabaja (Bolívar). Tenía 150 hombres, quien sabe cuántos de ellos se les habían unido en ese campamento de prisioneros en Guaymaral. Según los registros de la Unidad de Justicia y Paz de la Fiscalía, ese frente dejó 1.700 víctimas en esos pueblos pobres de gente buena en Sucre y en el medio Bolívar.