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La fuerza expansiva de los derechos

¿Dónde no están los derechos humanos? Las universidades acogen expertos que los investigan y difunden. Muy distintas organizaciones de la sociedad civil actúan en su favor y se articulan en redes globales, nacionales y temáticas.
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Los Estados son los principales obligados a cumplir con los derechos humanos, dice Camilo Castellanos. Foto Semana.

Por Camilo Castellanos, Director de Derechos Humanos y Apoyo a la Justicia de la Secretaria Distrital de Gobierno -  Bogotá D. C.

Los movimientos sociales los integran a sus agendas. Los Estados los proclaman como su fin esencial y crean agencias de todo tipo para promoverlos. La comunidad internacional los define como su fundamento político e institucional. Hasta la iglesia católica, que los colocó en el listado de los errores contemporáneos, los predica y los reclama. ¿Cómo explicar que una razón de los débiles tenga fuerza tan incontrolable?

La historia de los derechos humanos es como los grandes ríos que a partir de pequeños afluentes configuran caudales cada vez mayores hasta conformar mares en movimiento como el Amazonas. El símil tiene movimiento y plasticidad pero es meramente acumulativo.  

A lo mejor la física podría suministrar una ilustración aceptable, porque en la física se encuentra la explicación de lo inescrutable, así no siempre se entienda todo lo que la física explica.

Podría pensarse que los derechos humanos son como el universo que tuvo su big bang primordial al que siguió una dinámica de expansión ilimitada. Parece de un optimismo discutible pues sugiere un progreso constante e infinito. Lo cierto es que a la humanidad no la abandona la barbarie, ni siquiera donde no pareciera tener espacio. En cada ser humano hay por lo menos una bestia en potencia que cohabita con un ángel en posibilidad.  En toda sociedad conviven y luchan, como en matrimonio mal avenido, la civilización, la cultura y todos las demás significaciones que se quiera poner en esta cadena de equivalencias, junto con la barbarie, la incivilidad y la violencia sin sentido. Lo que una vez se ganó en humanidad, en otro momento puede perderse pues se sabe que todo éxito es relativo y precario. Abandonemos pues el universo, el big bang y el expansionismo sin límites.

Acaso el fenómeno de la fisión pudiera servir a nuestro propósito. Una partícula infinitamente pequeña (un neutrón libre), menos que un átomo, lanzada a una velocidad adecuada, si encuentra una cantidad mínima de materia fisible (masa crítica) —fisible porque sus átomos se dividen por el choque con el elemento externo— pueden generar una secuencia de reacciones que se alimentan a sí mismas (reacción en cadena). Es el proceso de la fisión atómica, que puede ser espontáneo o provocado, controlado o sin control,  constructivo o destructivo. No  un proceso general y constante, sino que se reproduce por razón de su mismo dinamismo y por la misma razón encuentra fin, que surge en cualquier momento y en distintos sitios, pudiendo repetirse o no, y que a pesar de la reacción en cadena no necesariamente es acumulativo. Probemos con este símil, a ver si nos ayuda a comprender la dinámica de los derechos humanos.

La dignidad humana: el neutrón libre
Así parezca  pesimista, la historia de la humanidad está tejida de infamias. Lo que el ser humano tiene de bestia lo hace sujeto de relaciones oprobiosas derivadas del privilegio y del afán de perpetuarlo o acrecentarlo con codicia. Quien detenta el privilegio piensa que es humano precisamente por él. Los no privilegiados son menos humanos y en ocasiones poco menos que humanos, lo que explica que se  los pueda oprimir, explotar o discriminar.

Porque las cosas son como son o son porque siempre han sido así, el privilegio puede ser visto como natural, a tal punto que las prácticas que surgen de  esta naturalización se integran a las buenas maneras y se repiten por generaciones sin conciencia de su origen o de su significado y hasta hay sabios que apoyados en la ciencia, la religión o el prejuicio, las idealizan, fundamentan y defienden. Aún más devienen en leyes a las que el Estado respalda con el peso de su fuerza y de las instituciones.

La apariencia es la de un orden que no puede cambiarse. Una realidad que unos disfrutan y otros padecen,  pero que para quienes la sufren pueden llegar a ser un agravio porque esa realidad los priva de algo que les pertenece, los despoja de algo que les es debido. En el agravio hay un componente de sentimiento —desazón, indignación, ira— pero existe también un componente cognitivo —la noción germinal de que se presenta una falsedad fáctica: seres iguales viven en la desigualdad—, en uno y otro palpita la dignidad humana. Momento que se concreta en el lema elemental de los participantes en el movimiento por los derechos civiles en los Estados Unidos: “Soy un ser humano”, que tiene el implícito de exijo que se me trate como tal.

En el agravio se presenta una relación negativa, en la que a una parte se le impide o niega la posibilidad de ser lo que es o de llegar a ser lo que podría ser y debería ser. A esta realidad negada corresponde una realidad negadora: la que anula o impide la realización del sometido. Por ello, al sentimiento de agravio sigue el juicio de la situación, es decir, la constatación efectiva de que tal circunstancia es privación, disminución o negación de la condición humana (denuncia), juicio que es posible sólo si se contrasta con una positividad: el presupuesto de la igualdad o de la existencia de un derecho deseable, posible y exigible (utopía, en cuanto es lo que aún no es pero a lo que es legítimo aspirar) y que bien puede entenderse como la concreción de la justicia y la verdad negadas en la situación agraviante.  Para Ignacio Ellacuría son dos dimensiones del mismo proceso que se potencian una a otra: “La denuncia sin utopía es, hasta cierto punto, ciega, pero la utopía sin denuncia es prácticamente inoperante, más aún, eludidora del compromiso real” .

Queremos destacar que es la dignidad  (nuestro neutrón libre), afirmación por parte del débil en el contexto de la relación negativa, lo que desata el rompimiento del orden aparentemente inmodificable. Las afrentas a la dignidad pueden ser muy variadas, como distintos pueden ser los contenidos de la dignidad no solo por las diferencias culturales sino porque también pueden aparecer afrentas inéditas. Lo que pudo considerarse indiferente en un momento, en otro puede considerarse contrario a la dignidad de las personas. Manteniendo un significado de base, la dignidad actualiza su significación de manera permanente.

La dignidad es, pues, un concepto surgido de la realidad sufriente de las víctimas que enfrentan al verdugo, a pesar de la incertidumbre de la victoria y con el solo argumento del agravio injustificable.  Es “el andar erguido” que dijera Ernst Bloch, y que nos acompaña como posibilidad desde la inicial hominización y que lleva a decir no a lo inadmisible.   

La masa crítica
Pero por justa que sea la sensación de agravio, por más que la constatación de la privación sea irrefutable, por poderosa que sea la aspiración a transformar la realidad oprobiosa, nuestro neutrón libre  será irrelevante si no choca contra material fisible y si éste no existe en la cantidad requerida (masa crítica).

Una parte del material fisible estaría constituido por las relaciones negativas, relaciones que enfrentan el fuerte y el débil y en el que la parte débil afronta el reto de transformarlas.  Pero también lo es la acción colectiva que el agravio puede suscitar. Siendo que las reacciones ante el agravio pueden ser innumerables, sólo empezarán a ser significativas si se van agregando hasta configurar una acción colectiva orientada a transformar la situación en la que se inscriben, es decir si constituyen un movimiento social.  

La semilla de los derechos reside en quienes han sido privados de su disfrute, total o parcialmente, siempre y cuando avancen a formas de acción colectiva. Por esto, sin la acción colectiva de los agraviados no habrían surgido los derechos humanos, ni se habrían ampliado y menos consolidado. Allí está la fuerza capaz de  interpelar a toda la sociedad y de arrancar al poder político el reconocimiento de los derechos.

En el conjunto de la sociedad, la acción colectiva surgida frente a la relación negativa debe ser aceptada en grado considerable   para lo cual se  allegan razones favorables —éticas, políticas y jurídicas— desde ámbitos ajenos a los agraviados. De este modo, se suman quienes asumen solidariamente una causa,  investigan sobre las situaciones en las que se inscribe la relación negativa, crean opinión favorable, promueven precedentes judiciales, entre  otras acciones posibles.  Los derechos humanos que nacen de la acción de las víctimas, son, también, una creación de toda la sociedad.

La conjunción de la acción colectiva de los agraviados y las dinámicas de deliberación, difusión de la situación y de las reivindicaciones propias del colectivo que reclama, los litigios judiciales, todo este conjunto de acciones conforman la masa crítica en capacidad de generar reacciones en cadena.

La reacción en cadena
Este es el momento de la fuerza expansiva y transformadora de los derechos humanos, que se presenta en oleadas según las coyunturas nacionales e internacionales y cuya descripción podría ser tema de otra tentativa.

Una primera reacción es la transformación de los agraviados en sujetos de derechos. De objeto del poder devienen en sujetos de su propio destino, actores de su historia, productores de sociedad y no meros productos de la tradición y de la inercia. En los últimos decenios, junto con la proliferación de nuevas causas, se han diversificado los sujetos de derechos, porque otro derecho esencial y universal es el de procurar la realización y la ampliación de los derechos humanos.  

La globalización ha permitido configurar amplísimas redes de mujeres, LGBT e  indígenas, de afrodescendientes y  personas en situación de discapacidad, entre otros, que unifican agendas y reaccionan de manera conjunta. Aunque es preciso reconocer que esta diversificación conlleva el riesgo de una visión sectorializada que solo ve por los derechos específicos que les son más próximos.

Una segunda, es el cambio en la mentalidad colectiva y, en general, en  la cultura. Los derechos humanos convertidos en sentido común, suscitan que cada vez más vastos sectores de la sociedad los asuman como causa general, como su causa.  Es el  milagro de centenares de miles de personas comunes y corrientes –amas de casa, empleados, profesionales--  que sacrifican recursos y tiempo en asuntos lejanos a su cotidianidad. Algunos califican este fenómeno como una ampliación de la conciencia humana.

Es, igualmente, la transformación de prácticas cotidianas, de relaciones  y estructuras,  a veces sin el carácter de las revoluciones,  pero que constituyen pequeños cambios que sumados van moldeando nuevas formas de convivencia social. Para poner un sólo ejemplo, el reconocimiento generalizado de las mujeres y los niños como sujetos de derechos, sin duda, ha dado paso a modificaciones en las relaciones familiares de amplio impacto histórico. Así,  los derechos humanos no apuntan exclusivamente a la protección de individuos o grupos particulares, sino que adquieren una dimensión general.    

En tercer lugar, como dimensión estructurante de la sociedad de nuestro tiempo, los derechos humanos generan cambios de fondo en el conocimiento científico. No existe campo del saber que les sea ajeno o indiferente, ni siquiera las áreas más puras y abstractas. Si, valga el caso, las ciencias de la salud se orientan efectivamente a asegurar la salud como derecho humano universal, han de transformar la investigación y el ejercicio de las profesiones que les conciernen. No será entonces, el derecho a la salud, un asunto de litigantes, sino que habrá de ligarse a una concepción del bienestar y de la enfermedad en conexión con al conjunto de los derechos, a las condiciones sociales y materiales que los hacen posibles, para no hablar de sus implicaciones en la administración pública y de los servicios de salud.

Es una paradoja, pero en el área en la que es más urgente un cambio de paradigma, es en la del derecho, que hoy, ha perdido su norte. El derecho ha devenido en una mera técnica de control para asegurar un orden satisfactorio para la propiedad y el curso de los negocios. De este modo se sacrifica la justicia, que no sería otra cosa que dar a cada uno lo que le corresponde, esto es, una existencia acorde con la dignidad humana. Acaso, un desafío fundamental de nuestros días es promover un  giro copernicano en el campo jurídico, que en lugar de la propiedad y la seguridad, debe poner su centro en los derechos humanos, lo que significa reconceptualizar el derecho privado y el público y las relaciones entre los Estados.

Para algunos, el campo de los Estados es el terreno exclusivo de los derechos humanos.  Hegel decía que la filosofía llega con la noche como el búho de Minerva,  al derecho positivo le va peor, llega casi siempre cuando ha terminado la fiesta.  Es que los Estados obedecen más que a nociones abstractas de justicia, a los imperativos que les imponen los cambios en las correlaciones de fuerza,  que luego vendrán los teóricos a racionalizar los cambios forzados por la realidad social.  

Por esto, la cicatería en el reconocimiento de los derechos disfrazada a veces de fingida responsabilidad o de rigor doctrinario. Sin duda, los Estados son los principales obligados a cumplir con los derechos humanos porque son ellos quienes los reconocen o los consagran y este es su compromiso ineludible.

Sin embargo, como siempre, los Estados son hoy la principal amenaza para los derechos humanos, como efecto de los cambios en la sociedad, la economía y la política contemporáneas.

La subordinación de toda la vida social a la economía lleva a colocar al mercado en el centro de todo, haciendo que la satisfacción de los derechos dependa de la mano invisible del mercado. Como se ve en el caso de las migraciones, una comprensión neoliberal de la vida social es tan ajena a los derechos sociales y a la larga de los derechos humanos, como lo fuera el nazismo de los derechos civiles y políticos.

La constitución de la seguridad como razón de ser del Estado y la elevación de la guerra al  antiterrorismo a la condición de objetivo fundamental de la acción estatal hace que los derechos humanos pasen a ser pieza secundaria, un ornamento del edificio institucional. Los limbos jurídicos, la tortura como recurso de guerra, los Guantánamos, las cárceles en alta mar amenazan llevarse de calle los derechos humanos.

Como telón de fondo tenemos la consolidación del fascismo social, como lo ha denominado Boaventura de Souza Santos.  La sociedad se ha dividido entre triunfadores y perdedores. Los primeros explican la biendandanza porque son superiores. La desgracia de los segundos se comprende por su inferioridad congénita o adquirida. Una sociedad de desiguales no puede ser una sociedad democrática, menos cuando la ventaja se entiende como privilegio.  De aquí proviene el renacimiento de las peores formas de colonialismo,  la configuración de sociedades segregadas y el recurso a la violencia para asegurar el orden injusto y, lo que es peor,  la legitimación de su uso por los particulares.

Como último tipo de reacción en cadena, tenemos las repercusiones en las relaciones entre los Estados y los pueblos en cuanto comunidad internacional. El reconocimiento de que la barbarie nazifascista se originó en el olvido de la dignidad humana invitó a pensar que  un mundo en paz no podría consolidarse sino sobre la centralidad de este principio de principios, valor de valores, como ha escrito Gregorio Peces Barba, lo que condujo a que la comunidad internacional definiera la centralidad de los derechos humanos en la compleja trama de instituciones creadas luego de la segunda guerra mundial y en consecuencia a la considerable producción de instrumentos que los desarrollan.

De conjunto esta consideración de los derechos humanos ha implicado para los Estados un desplazamiento en su protagonismo. Ya no son sólo los Estados sujetos del derecho internacional, ahora deben compartir el escenario con las personas, como sujetos de derechos. Ya no son sólo los funcionarios estatales los actores en la creación del derecho, sino que se ha abierto la compuerta para que las sociedades civiles participen en su definición y en la vigilancia de su cumplimiento. Ya la diplomacia no es monopolio exclusivo  de los Estados sino que en la salvaguardia de la paz, no sólo se ve conveniente la intervención de las sociedades civiles sino que esta se considera un derecho a ser reconocido.

A no dudarlo, estos son cambios que están lejos de ser procesos concluidos. Sin embargo, el principal déficit está en asegurar los mecanismos efectivos para que los derechos humanos pasen de la promesa a la realidad, para que no se los viole con impunidad. Hay hechos esperanzadores: la Corte Penal Internacional o el proceso del Protocolo Facultativo del PIDESC. Con todo, hay Estados que configuran en su provecho una suerte de fuero que los resguarda de cualquier responsabilidad, la misma que reclaman con rigor e hipocresía de los demás.

Por último, habría que resaltar que la positivización de los derechos humanos aún no recoge ni la forma de contrarrestar los riesgos señalados, ni las demandas de la sociedad de nuestros días ni los sólidos aportes de la doctrina y la jurisprudencia. Por ello, se está en mora una actualización de la Declaración Universal que responda a las urgencias de nuestro tiempo.

La potencialidad de los derechos humanos, como se ha podido observar, está lejos de haberse agotado. Hay todavía muchísimos neutrones libres, porque las afrentas a la dignidad humana están lejos de ser cosa del pasado.

Si  los derechos humanos pudieran apreciarse como un solo texto, serían una obra abierta. No en el sentido de que pueda ser objeto de variadas interpretaciones, que lo es. No en el sentido de una narración con diferentes desenlaces posibles, uno de ellos la incerteza de un final feliz, que también lo es.  Sino como una obra en curso, obra de múltiples actores que le imprimen variadas significaciones y cuyo texto, siempre provisorio, jamás conseguirá encerrarse en una versión canónica.